26-02-2007, 12:07:32
Gracias a vosotros. 
En cuanto al debate sobre las dos culturas, que ayer leí muy por encima, y sin intentar menospreciar ningún tipo de formación, yo voy a defender la mía. Creo que una persona que ha pasado por una carrera de ciencias debería saber distinguir falacias en un argumento. Para ello le entrenan, para ser crítico. Y para hacerlo no es imprescindible conocer a fondo todas los campos sobre los que se realizan ciertas afirmaciones taxativas (yihadismo, Ley de Enjuiciamiento Criminal). Basta con observar la metodología y detectar la inconfundible huella de un razonamiento falaz.
No hay nada que predisponga a un científico a ser crédulo en campos que no sean de su especialidad. Todo lo contrario. Pocos científicos creen en poderes paranormales, por ejemplo. Saben que los magufos hacen afirmaciones falaces con sólo leerlas. No tienen que constatar que las psicofonías no existen. En ese sentido, Ortega se equivocaba, y mucho, porque la especialización no conduce por sí misma a ningún tipo de limitación intelectual. Lo que sí limita, a mi juicio, es no entender de lo que se habla, cosa que a los filósofos, con la ciencia, les pasa mucho. Ortega no fue la excepción. Alguna de las cosas que escribió sobre relatividad, por ejemplo, demuestran que a pesar de un loable esfuerzo por entender, cometía bastantes errores.
Dicho esto, hay personas como Adam Selene, que tiene formación científica y sabe y admite sotto voce que la mayoría de los argumentos de los conspiracionistas son absurdos. Ha intentado justificarlos sosteniendo que, entre tanta tontería, encontrarán ALGUNA verdad, comparándolos increíblemente con los filósofos griegos que a veces acertaban en sus afirmaciones sobre la realidad física a pesar de sus errores metodológicos. En otras palabras, Samaniego, el burro y la flauta.
Pero es que el argumento de Adam es absurdo. Evidentemente se puede tocar la flauta por casualidad. La cuestión es determinar cuándo se ha tocado la flauta y cuándo no. Y para ello es imprescindible el rigor. Porque si no habría que aceptar volver a los juicios de ordalías o tirar por la ventana 300 años de metodología científica. Total, alguna vez acertaremos...

En cuanto al debate sobre las dos culturas, que ayer leí muy por encima, y sin intentar menospreciar ningún tipo de formación, yo voy a defender la mía. Creo que una persona que ha pasado por una carrera de ciencias debería saber distinguir falacias en un argumento. Para ello le entrenan, para ser crítico. Y para hacerlo no es imprescindible conocer a fondo todas los campos sobre los que se realizan ciertas afirmaciones taxativas (yihadismo, Ley de Enjuiciamiento Criminal). Basta con observar la metodología y detectar la inconfundible huella de un razonamiento falaz.
No hay nada que predisponga a un científico a ser crédulo en campos que no sean de su especialidad. Todo lo contrario. Pocos científicos creen en poderes paranormales, por ejemplo. Saben que los magufos hacen afirmaciones falaces con sólo leerlas. No tienen que constatar que las psicofonías no existen. En ese sentido, Ortega se equivocaba, y mucho, porque la especialización no conduce por sí misma a ningún tipo de limitación intelectual. Lo que sí limita, a mi juicio, es no entender de lo que se habla, cosa que a los filósofos, con la ciencia, les pasa mucho. Ortega no fue la excepción. Alguna de las cosas que escribió sobre relatividad, por ejemplo, demuestran que a pesar de un loable esfuerzo por entender, cometía bastantes errores.
Dicho esto, hay personas como Adam Selene, que tiene formación científica y sabe y admite sotto voce que la mayoría de los argumentos de los conspiracionistas son absurdos. Ha intentado justificarlos sosteniendo que, entre tanta tontería, encontrarán ALGUNA verdad, comparándolos increíblemente con los filósofos griegos que a veces acertaban en sus afirmaciones sobre la realidad física a pesar de sus errores metodológicos. En otras palabras, Samaniego, el burro y la flauta.
Pero es que el argumento de Adam es absurdo. Evidentemente se puede tocar la flauta por casualidad. La cuestión es determinar cuándo se ha tocado la flauta y cuándo no. Y para ello es imprescindible el rigor. Porque si no habría que aceptar volver a los juicios de ordalías o tirar por la ventana 300 años de metodología científica. Total, alguna vez acertaremos...
[A los creyentes] les competerá difundir lo que otros han acuñado; ya que ningún hombre suelta y expande la mentira con tanta gracia como el que se la cree.
