15-10-2007, 10:14:43
Éste es el lugar correcto para esta crónica del 11 de octubre en Barcelona.
Pues hoy me he pasado por la Plaza San Jaime (conocida por casi todo el mundo como Plaça Sant Jaume) hacia las 20:00 h. Me he encontrado a los habituales: unas cincuenta personas ocupando un rincón de la plaza frente al Palau de la Generalitat. Ni rastro de los energúmenos que predecía Del Pino y que, lógicamente, sólo se presentaron en la Diada, porque andaban por ahí. Dichos energúmenos ni siquiera sabían hace un mes qué era un Peón Negro, y visto lo visto, siguen sin saberlo; se manifestaron contra la bandera de España. Y es que el pensar no es actividad que ejerciten los radicales de ningún bando. Afortunadamente para los peones y desafortunadamente para la explotación victimista de COPEs y Libertades Digitales, de los energúmenos independentistas, ni rastro.
El caso es que en esta ocasión los PPNNLL de BCN decidieron traer un humorista para amenizar el acto. En efecto, este señor, con el rostro más serio que Eugenio, se acerca al micrófono y dice: "Los Peones Negros de Barcelona no tenemos ni ideología ni intereses políticos; las ideologías caducan, la verdad y la libertad, etc, etc. Sea usted de la ideología que sea, si busca la verdad es bienvenido en los PPNN". Tengo que confesar que aunque hasta ese momento había guardado la compostura, no pude menos que descojonarme. Hay impulsos más fuertes que la más férrea voluntad. No sé si fue inconciencia o morro, pero el humorista dio paso al discurso de un señor que fue presentado como doctor en Filosofía, catedrático y sabio.
El doctor comenzó a leer con buena dicción el discurso que llevaba preparado. Yo imaginaba que se trataría de algún sesudo escrito sobre la mochila de Vallecas o sobre las probadas relaciones entre el terrorismo islamista y ETA. Nada más lejos de la verdad. El doctor se despachó con una larga diatriba contra Educación para la Ciudadanía, el aborto, la eutanasia, los nacionalismos (salvo presumiblemente el suyo) y otras amenazas. El grueso de su discurso estuvo dedicado a una exaltación de los valores cristianos.
En un momento dado no pude contenerme y exclamé en voz alta, a unos metros de la concentración: "Pero qué tendrá que ver el cristianismo con la verdad sobre el 11-M". Una señora de chupa deportiva lila y edad provecta clavó sus ojos como dagas en mí. Y eso que podría haber sido un poco más faltón. Por ejemplo, interrogándome retóricamente sobre la relación entre el culo y las témporas.
En fin, que le sostuve la mirada y me encogí de hombros. Un chico que pasaba por ahí se descojonó y me dijo: "tranquilo, son cuatro gatos".
Seguía el catedrático: "pero a pesar de todos los desastres y desgracias, todavía hay esperanza". Sí, me dije, y se apellida Aguirre, no te jode...
El filósofo terminó su discurso, que había sido interrumpido con vivas a España y aplausos más de una vez, con un Viva España y Viva la Virgen del Pilar, coreados con precisión militar. Seguía yo sin entender qué pintaba tan ilustre Señora en el esclarecimiento de la verdad sobre el 11-M; pero sobre todo, lo que más me gustó fue el carácter 100% apolítico y libre de ideología del discurso del sabio. Ganas me dieron de aproximarme y decirle al ilustre doctor: "soy ateo y anarquista; desayuno dos bebés crudos con nata, pero no me creo la versión oficial; ¿puedo ser peón?"
Seguí rondando la concentración a distancia prudente, haciendo algunas fotos, con la mirada de la señora de edad provecta clavada en mi espalda, hasta que llegó la dueña de mis pagas. Estuvimos un rato más por ahí, al lado de un par de Mossos d'Esquadra, con una sonrisa de sorna. Una chica se acercó a preguntarnos quiénes eran ésos. Se lo explicamos. Comprobamos que la mayoría de la gente que pasaba por ahí no tenía ni idea de qué iba aquello: la peonización ha sido un sonoro fracaso, al menos aquí. Algunos se acercaban, movían la cabeza con incredulidad y seguían su camino. Otros se reían abiertamente. Las reacciones iban de la incredulidad a la mofa, pasando por la indiferencia.
Los peones no peonizaban. Hacían piña, mirando hacia dentro. Si dirigían alguna mirada hacia afuera era de desconfianza; yo me gané más de una de ellas. La edad media diría yo que estaba en los sesenta. Gente joven había una media docena, que no prestaba la menor atención a los discursos.
Daban algo de pena, tan aislados, tan en su mundo, tan ajenos al trajinar de la vida a su alrededor y a la estampa, un tanto patética, que presentaban a los transeúntes. Nos fuimos sobre las ocho y media. Barcelona vivía una tarde otoñal. Entramos en un bar, bromeamos con el camarero y nos olvidamos del mundo negro en el que creen vivir los peones. Había música de mis tiempos y cerveza irlandesa. Y la vida siguió su curso, feliz y clara, humilde, ajena a supuestos heroísmos, indiferente a las paranoias de unos pocos.
Pues hoy me he pasado por la Plaza San Jaime (conocida por casi todo el mundo como Plaça Sant Jaume) hacia las 20:00 h. Me he encontrado a los habituales: unas cincuenta personas ocupando un rincón de la plaza frente al Palau de la Generalitat. Ni rastro de los energúmenos que predecía Del Pino y que, lógicamente, sólo se presentaron en la Diada, porque andaban por ahí. Dichos energúmenos ni siquiera sabían hace un mes qué era un Peón Negro, y visto lo visto, siguen sin saberlo; se manifestaron contra la bandera de España. Y es que el pensar no es actividad que ejerciten los radicales de ningún bando. Afortunadamente para los peones y desafortunadamente para la explotación victimista de COPEs y Libertades Digitales, de los energúmenos independentistas, ni rastro.
El caso es que en esta ocasión los PPNNLL de BCN decidieron traer un humorista para amenizar el acto. En efecto, este señor, con el rostro más serio que Eugenio, se acerca al micrófono y dice: "Los Peones Negros de Barcelona no tenemos ni ideología ni intereses políticos; las ideologías caducan, la verdad y la libertad, etc, etc. Sea usted de la ideología que sea, si busca la verdad es bienvenido en los PPNN". Tengo que confesar que aunque hasta ese momento había guardado la compostura, no pude menos que descojonarme. Hay impulsos más fuertes que la más férrea voluntad. No sé si fue inconciencia o morro, pero el humorista dio paso al discurso de un señor que fue presentado como doctor en Filosofía, catedrático y sabio.
El doctor comenzó a leer con buena dicción el discurso que llevaba preparado. Yo imaginaba que se trataría de algún sesudo escrito sobre la mochila de Vallecas o sobre las probadas relaciones entre el terrorismo islamista y ETA. Nada más lejos de la verdad. El doctor se despachó con una larga diatriba contra Educación para la Ciudadanía, el aborto, la eutanasia, los nacionalismos (salvo presumiblemente el suyo) y otras amenazas. El grueso de su discurso estuvo dedicado a una exaltación de los valores cristianos.
En un momento dado no pude contenerme y exclamé en voz alta, a unos metros de la concentración: "Pero qué tendrá que ver el cristianismo con la verdad sobre el 11-M". Una señora de chupa deportiva lila y edad provecta clavó sus ojos como dagas en mí. Y eso que podría haber sido un poco más faltón. Por ejemplo, interrogándome retóricamente sobre la relación entre el culo y las témporas.

En fin, que le sostuve la mirada y me encogí de hombros. Un chico que pasaba por ahí se descojonó y me dijo: "tranquilo, son cuatro gatos".
Seguía el catedrático: "pero a pesar de todos los desastres y desgracias, todavía hay esperanza". Sí, me dije, y se apellida Aguirre, no te jode...
El filósofo terminó su discurso, que había sido interrumpido con vivas a España y aplausos más de una vez, con un Viva España y Viva la Virgen del Pilar, coreados con precisión militar. Seguía yo sin entender qué pintaba tan ilustre Señora en el esclarecimiento de la verdad sobre el 11-M; pero sobre todo, lo que más me gustó fue el carácter 100% apolítico y libre de ideología del discurso del sabio. Ganas me dieron de aproximarme y decirle al ilustre doctor: "soy ateo y anarquista; desayuno dos bebés crudos con nata, pero no me creo la versión oficial; ¿puedo ser peón?"
Seguí rondando la concentración a distancia prudente, haciendo algunas fotos, con la mirada de la señora de edad provecta clavada en mi espalda, hasta que llegó la dueña de mis pagas. Estuvimos un rato más por ahí, al lado de un par de Mossos d'Esquadra, con una sonrisa de sorna. Una chica se acercó a preguntarnos quiénes eran ésos. Se lo explicamos. Comprobamos que la mayoría de la gente que pasaba por ahí no tenía ni idea de qué iba aquello: la peonización ha sido un sonoro fracaso, al menos aquí. Algunos se acercaban, movían la cabeza con incredulidad y seguían su camino. Otros se reían abiertamente. Las reacciones iban de la incredulidad a la mofa, pasando por la indiferencia.
Los peones no peonizaban. Hacían piña, mirando hacia dentro. Si dirigían alguna mirada hacia afuera era de desconfianza; yo me gané más de una de ellas. La edad media diría yo que estaba en los sesenta. Gente joven había una media docena, que no prestaba la menor atención a los discursos.
Daban algo de pena, tan aislados, tan en su mundo, tan ajenos al trajinar de la vida a su alrededor y a la estampa, un tanto patética, que presentaban a los transeúntes. Nos fuimos sobre las ocho y media. Barcelona vivía una tarde otoñal. Entramos en un bar, bromeamos con el camarero y nos olvidamos del mundo negro en el que creen vivir los peones. Había música de mis tiempos y cerveza irlandesa. Y la vida siguió su curso, feliz y clara, humilde, ajena a supuestos heroísmos, indiferente a las paranoias de unos pocos.
[A los creyentes] les competerá difundir lo que otros han acuñado; ya que ningún hombre suelta y expande la mentira con tanta gracia como el que se la cree.
