03-11-2007, 15:01:56
(This post was last modified: 03-11-2007, 15:02:25 by morenohijazo.)
Y pongo el segundo. También es de la misma periodista:
Quote:“La sentencia era un hito que teníamos que superar, pero no es el paso final. No es el fin del dolor, ni el fin de las ausencias. Quizás nos ayude a encontrar algo de paz”, afirmaba a esta revista unos días antes de conocer la decisión de los jueces Pilar Manjón, presidenta de la Asociación 1 1-M Afectados por el Terrorismo, que agrupa a la mayoría de las víctimas.
Tras escuchar el fallo judicial en la misma sala donde siguió las 57 sesiones del juicio oral, Manjón anunció que recurrirá la sentencia. “Creemos que había pruebas para condenar con penas más altas a todos los procesados”. No obstante, reconoce que la resolución servirá de bálsamo para mitigar lo que han sufrido durante estos tres años y siete meses cada vez que oían hablar de ”agujeros negros” y teorías conspirativas. “La teoría de la conspiración, como la autoría de ETA, estaba ya muerta, pero ahora ha quedado enterrada”, subraya.
Pilar es una de las madres que perdió a su hijo, Daniel Paz, de 20 años, en el tren que estalló en la estación de El Pozo. Desde entonces, dedica su vida a luchar por las víctimas. Se considera sólo una superviviente de la tragedia, pero mira al futuro.”Nos quedan por afrontar las causas judiciales pendientes, seguir peleando para que las víctimas logren nuevas prótesis que mejoren su calidad de vida y puedan afrontar su recuperación total”. Hoy todavía queda una víctima hospitalizada, Laura Vega, que está en coma vegetativo. “Hemos logrado, por fin, las pensiones de viudedad para las 15 parejas de hecho de los atentados”. Y seguirá reclamando para que los afectados por el 1 1-M tengan “ofertas laborales a la medida de sus circunstancias, porque no todas quieren ser camareras o vendedoras, y los mismos pisos del Ivima que los que han entregado a los familiares de las victimas de la T-4”.
Mirar al frente. “Yo fui víctima del 11-M, pero ya no lo soy”. Esta es una frase que, según Menchu Bernal, la asistente social que en nombre de la Oficina de Apoyo a las Víctimas, del Ministerio del Interior, ha acompañado a más de un centenar de supervivientes de los trenes. Esta profesional dice que, salvo algún caso de “duelo patológico”, donde no se acepta la pérdida del hijo o la pareja, las víctimas han rehecho sus vidas. Adoración Majali, de 37 años, es un ejemplo de esfuerzo y coraje. “Fue una casualidad que yo estuviera en aquel tren”, afirma. Tres días antes de los atentados la habían contratado en una empresa de siniestros ubicada en Madrid. “Por fin —pensó—, dejaría el coche y los atascos y viajaría en transporte público!”. Pero aquel fatídico 11 de marzo, su primer periplo en tren quedó brutalmente interrumpido en Atocha. Salvó la vida gracias a que dos hombres muy corpulentos que viajaban junto a ella le hicieron de escudo. Tuvieron que amputarle una pierna y la otra le quedó malherida. Desde entonces ha pasado diez veces por el quirófano y aún no ha terminado porque sigue teniendo trozos de metralla que rechaza su cuerpo.
Pese a la gravedad de las heridas, recuerda que cuando se despertó en la UVI del hospital pensó que era el momento más feliz de su vida.”Estaba viva!”. Tenía 33 años y un hijo de 3, Alejandro. El fue una de las razones que le hicieron volver a sonreír. “Sentí que tenía otra oportunidad”, afirma. Y no la desaprovechó. Decidió dar un giro en su vida y afrontar todas sus asignaturas pendientes. La primera, estudiar Derecho, un deseo que hasta entonces no había podido cumplir por motivos económicos o laborales. Y la segunda, recorrer mundo. El primer viaje que hizo fue a Venecia, cuando estaba en silla de ruedas. Y encaró la crisis por la que atravesaba su matrimonio. Se divorció, cambió el chalé con escaleras por un piso muy luminoso y se casó con Javier. Hace 14 meses volvió a ser madre y dio a su hijo Alejandro el hermano que le pedía insistentemente.
Adoración ha aprendido a vivir con sus limitaciones físicas. Tuvo que dejar la compañía en la que trabajaba, pero dio un giro profesional y se hizo empresaria. Hoy regenta junto a su marido cinco franquicias de salones de peluquería repartidos por otros tantos puntos de España. Del atentado ya sólo recuerda el “olor a bomba, a plástico y metal”, que vuelve a su memoria “cuando veo el betadine cada vez que entro en el quirófano”. Pero para ella es ya un caso cerrado.
La empleada modelo. El día de los atentados, Mónica Sánchez, de 32 años, se desplazaba desde su domicilio en Vallecas a Alcobendas, donde trabajaba como telefonista en la multinacional holandesa Lease Plus. En Atocha le pilló de lleno uno de los artefactos explosivos. La bomba le reventó los tímpanos y la vesícula, le destrozó un pie, además de provocarle un encharcamiento de los pulmones y graves quemaduras en la cara. Mónica estaba embarazada, pero no lo sabía. Cuando se lo confirmaron, los médicos le dijeron que si quería seguir adelante, la tenían que ingresar en una unidad de alto riesgo o retirarle la medicación que tomaba. Decidió abortar, “Para mí ese día no hubo 191 víctimas sino 192, porque los terroristas mataron a mi hijo, me obligaron a abortar, aunque no figure en la lista oficial”. Su hija Carla, que entonces tenía 14 meses, fue el motor que le ayudó a levantarse de la silla de ruedas. Para superar el dolor por la pérdida de su bebé, al año del atentado se quedó embarazada de nuevo y nació su hija Aitana. “una niña especial” que cumplirá 2 años en diciembre. Hace cinco meses, dio a luz a Nayara, la benjamina de la familia.
Mónica tiene dificultades para respirar y oír, pero se resiste a ponerse los sonotones porque le recuerdan al atentado. “Me vienen las voces que oía, los olores y el frío que sentí”. Ahora piensa mucho en la muerte. “Me aterra morir porque no volvería a ver a mis hijas, aunque ya sé que morir no duele. Yo tenía el pie destrozado. las vértebras rotas y la cabeza abierta, y no sentía nada”, recuerda.
Durante un tiempo, Mónica quedó marcada en su barrio de Vallecas como “la chica del atentado”. Para superar esa etapa, decidió trasladarse con su familia a Talamanca del Jarama, un pueblo situado a una hora en coche de Madrid, donde ellas y sus hijas respiran” aire puro y no llega el tren”. Sus jefes le regalaron un coche con cambio automático y la trasladaron al departamento financiero porque la pérdida de audición no le permitía seguir como telefonista. Su marido fue despedido de la compañía en la que trabajaba debido a sus ausencias para atender a Mónica mientras estuvo hospitalizada. Pero Lease Plus, la empresa de Mónica, lo fichó en su departamento de chófer de VIPS. No es extraño, por tanto, que Mónica afirme que “el 1 1-M me ocurrió una cosa muy mala, pero desde ese mismo día también me han ocurrido otras cosas buenas”. Ahora da más importancia a otras cosas: “He aprendido que las cosas hay que decirlas en vida. Por eso, jamás dejo que mi marido se vaya de casa sin darle un beso o sin decirles a mis hijas lo que las quiero”.
La boda de Raquel. “Lo que más echo de menos es no poder bailar”, dice Raquel Gómez, quien antes del atentado, cuando salía el viernes de trabajar se iba con sus amigas por la noche a la discoteca y”no regresaba a casa hasta el sábado por la mañana”.
El 11-M, Raquel iba a trabajar al Hotel Trip Centro Norte y cogió el tren en la estación de Entrevías. Al llegar a Atocha Renfe,”se abrieron las puertas, se bajó la gente y, al cerrar de nuevo, estalló la bomba”.”Sentí un pitido fuerte y me quedé planchada con las manos encogidas y la mandíbula desencajada. Cuando me fui a levantar vi que me faltaba una pierna.., y perdí el conocimiento”, dice. Estuvo ocho días en coma y al despertarse en la UVI fue consciente de lo que le había pasado. Raquel aceptó con resignación lo que cree que era su destino: “Ese día me encontré a una vecina que trabajaba en el mismo hotel y me ofreció llevarme en coche, pero le dije que no. Luego, ya en el andén, dejé pasar el primer tren que no tenía la bomba por esperar a una amiga y cogí el siguiente...”.
Raquel se casó el pasado 16 de junio con Miguel Ángel, a quien conoció tras el atentado en Fresnedilla de la Oliva, el pueblo donde ella veranea. Lo conocía de vista pero nunca habían hablado hasta que él se le acercó para preguntarle cómo se encontraba. Así empezó una relación que ha supuesto un cambio en su vida.
Lo que peor lleva Raquel son los dolores que le provoca la prótesis y que la obligarán a volver a pasar muy pronto por el quirófano. En el hospital le dijeron que iba a salir todo bien y que podría volver a hacer las cosas que hacía antes. Ahora sabe que no es así.”No aguanto mucho de pie y me molesta el muñón, pero los médicos me dicen que tengo que aprender a vivir así”. Ella no se resigna, cree que puede mejorar su calidad de vida, volver a trabajar. “No quiero ser sólo una víctima, no quiero cambiar la vida que tenía antes”. Cuando mira a otros afectados por atentados terroristas, como Irene Villa, se pregunta por qué no puede ella tener la misma suerte. Por ello pelea ahora.
Nueva familia. Isabel Casanovas perdió a su hijo Jorge y a su ex marido en los atentados, Tiene tres hijos más: dos de su primer matrimonio y una niña de su actual pareja. “Pero Jorge, que tenía 22 años, era especial.Yo le contaba mis cosas y él me aconsejaba. Siempre estaba pendiente de todos y luchaba contra la violencia. Salió con su pancarta en la manifestación contra la guerra de Iraq...”, recuerda su madre.Ya no siente rabia, ni odio, como otras madres del 11-M está pasando por una fase en la que ha empezado a aceptar que “no voy a volver a abrazar a mi hijo”.
La vida de Isabel también ha dado un giro de noventa grados. Trabajaba cuidando a una niña, pero tras el atentado no se sintió con fuerzas para continuar. En la Asociación 1 1-M Afectados por el Terrorismo ha encontrado a su nueva familia. Antes tenía otras prioridades, pero ahora”la primera es irme a mi asociación para ver qué puedo hacer por las otras víctimas, o simplemente, para hablar con ellas, reír... o llorar. Eso es más importante que un viaje o tomar el vermut”.
Su hijo mayor, Javi, que estaba muy unido a su hermano, es el que peor lleva la ausencia de Jorge. Javi nació un 11 de marzo y no ha querido volver a celebrar su cumpleaños ni que lo feliciten. Pero su madre, desde el primer momento, ha tratado de que la vida siga adelante.
Isabel vive en Alcalá de Henares. Para ella ha sido muy duro tener que soportar las reuniones de los Peones Negros todos los días 11 de cada mes en la plaza de Cervantes diciendo, mientras se celebraba el juicio, que “esos pobres moritos están en la pecera sin haber hecho nada”. La semana pasada, cuando escuchó la sentencia sintió “un escalofrío y se le encogió el estómago. Fue una sensación contradictoria, entre la alegría de sentir que se cierra ese capítulo, y la tristeza porque es el final... Pero sobre todo, alivio porque la teoría de la conspiración, que tanto daño nos ha hecho, se ha derrumbado”.
Una fecha marcada. Luis Alberto Ahijado trabajaba como informático en el edificio Windsor de Madrid y preparaba las oposiciones para bombero hasta que el tren que cogió en Entrevías saltó por los aires al entrar en la estación de Ato- cha. Ahora intenta recuperar los sueños rotos aquel día. Ha vuelto a prepararse para ser bombero pese a las secuelas de la explosión, que le provocó quemaduras en las córneas, perforación de los oídos y fisuras en la cara y en la mandíbula.”Este año me he montado por primera vez en los trenes”, confiesa con orgullo. Y se considera un afortunado por haber sido ”uno de los pocos supervivientes de mi vagón”. Dice que el día 11 es una fecha que ha marcado su vida.”Nací un día 11, a los dos años de vida, otro día 11 me operaron del nudo que tenía en los intestinos, un 11 de julio tuve un accidente de coche en el que me fracturé tres vértebras, un 11 de noviembre me rompí un brazo y por poco pierdo la vida en el quirófano porque se complicó la anestesia”. Sus amigos, que hace poco descubrieron que los números de la matrícula de su coche suman la cifra de once, bromean sobre ello a su costa, pero él hace una lectura optimista: “He sobrevivido a todo lo que me ha pasado los días 11”.
Luis Alberto no fue a escuchar la sentencia. “Para mí una condena justa hubiese sido que se condenase a todos y con penas altas. De todas formas —dice con esperanza—, quedan más juicios”.
Homenaje a sí mismo. Antonio Miguel Utrera, un estudiante de Historia de 21 años, iba en un vagón del tren de la calle Téllez en el que los terroristas hicieron explotar cuatro bombas. La deflagración le causó dos coágulos en la cabeza que le provocaron tres infartos cerebrales que le paralizaron el lado izquierdo de su cuerpo y le produjeron sordera y visión doble. Su coraje le ha ayudado a recuperar de una forma sorprendente su hemiplejía.
Las peores secuelas han sido, sin embargo, las psíquicas, que le obligan a tomar pastillas y le han convertido en un misántropo. Desde el primer momento tuvo clara una cosa: “No quería convertirme en una muestra, en una víctima a exhibir”. Siguiendo las recomendaciones de sus psicólogos, decidió mirar al frente y seguir con sus estudios “como homenaje a mí mismo y para evitar convertirme en una doble víctima”. Hoy, orgulloso de que los terroristas “no hayan podido” con él, está realizando un curso puente entre el primer y segundo ciclo de Historia y estudia idiomas. En el juicio del 1 1-M pidió responsabilidades para quienes gobernaban el país cuando se produjo la masacre, aunque es consciente de que en ese proceso no se les juzgaba. Por eso ha decidido respaldar la plataforma que lucha “para que juzguen a Aznar por nuestra participación en una guerra ilegal como la de Iraq”.
Recuerdos en el cajón. El 11 de marzo de 2004 Ángel Zurinaga tenía 61 años y soñaba con la jubilación. Esa mañana iba a sacar su coche para ir al trabajo, pero el día salió nublado y cambió de opinión. Cogió el tren que estalló en la calle Téilez. La explosión le dejó graves secuelas fisica en los oídos y los pulmones, pero las peores fueron las psíquicas. En 2005 le dieron la incapacidad total y un año después le llegó la jubilación. Hoy todavía sigue haciendo terapia, pero poco a poco intenta olvidar lo que pasó:”Lo he guardado en un cajón, para pasar página, aunque a veces saltan los recuerdos”. Para Angel, “la sentencia no será justa si los asesinos no cumplen íntegramente las condenas y no se pudren en la cárcel”.
Volver a bailar. María López perdió a su hijo Sergio, de 17 años, el 11-M-. Llevaba un mes trabajando para sacarse el carné de conducir porque no quería cargar a sus padres con esos gastos. Le pilló la explosión en el andén de la estación de Atocha esperando el tren que iba en dirección contraria al que llevaba las bombas. Desde entonces, durante mucho tiempo Maria ha estado”metida en el agujero”, sin querer aceptar la pérdida de su hijo hasta que un día decidió ponerse de pie y luchar. Superado el duelo y lavadas las heridas, la prioridad de Maria ahora es luchar para que “se haga justicia y que los que nos mintieron pidan perdón”. Para ella una sentencia justa hubiese sido que condenasen a todos los procesados, que se reconociese que los atentados se debieron a nuestra participación en la guerra de Iraq y que la foto de las Azores fue la sentencia de muerte de nuestros seres queridos”.
María ha logrado dejar el tratamiento psicológico hace muy poco tiempo.”Estoy a prueba para intentar caminar sola”, señala. Dice que la ayuda de los psicólogos y el cariño y la unión que ha encontrado en otras víctimas le han ayudado a”aceptar lo inaceptable”. María volvió al trabajo al año del atentado, pero luego cayó en una depresión. Ahora se ha tomado un periodo sabático”para estar al pie de cañón en los juicios”. Está convencida de que con el tiempo, “cuando se nos haga justicia, volveremos a recuperar la normalidad”. Mientras tanto, sueña con poder volver a hacer algo por su hijo. “Antes del 1 1-M me encantaba bailar, salíamos mucho con nuestros amigos, y es una de las cosas que me gustaría recuperar”.Y es que cuando se logra superar el duelo, la vida sigue...
La mentira tiene las patas cortas, pero calza zancos al lado de las exclusivas conspiracionistas
