15-12-2007, 18:15:20
Gavilán, morenohijazo, rasmo... llevaís toda la santa razón del mundo. NO obstante, sobre el tema de las posibilidades de defensa real que tienen jueces y fiscales me vaís a permitir que, aunque sea un poquito largo, copie aquí un fragmento del libro de la mujer de Bermúdez en el que todo esto queda meridianamente claro (aunque luego digan que se mete con Olga o Del Olmo...)
Quote:Beni dice:Así están las cosas....
Eso nada tiene que ver con otras gamas de color del asunto.
Olga llevaba razón en que las referencias a ella en algunos medios
de comunicación habían rayado, si no sobrepasado, eso tendría
que decirlo un juez, lo admisible. Básicamente, porque una
cosa es la crítica al desempeño profesional de un servidor público
—o privado, incluso— y otra cosa, la descalificación, el insulto,
la caricaturización o el descrédito personal en el que nada
cuesta arrastrar por el fango no sólo una forma de trabajar, sino
el ser mismo de la persona, dado que se atribuye directamente
esa opinable ineficiencia a características cuando menos deshonestas
y cuando más delictivas.
Esta situación real en la que desempeñan su trabajo muchos
jueces hoy día no deja de ser tributaria de una línea de interpretación
marcada por la propia Fiscalía respecto del artículo
215 del Código Penal, que le permite actuar de oficio en caso de
agresiones a jueces o fiscales en el ejercicio de sus funciones.
«Nadie será penado por calumnia o injuria sino en virtud de querella
de la persona ofendida por el delito o de su representante
legal. Se procederá de oficio cuando la ofensa se dirija contra
funcionario público, autoridad o agente de la misma sobre hechos
concernientes al ejercicio de sus cargos», dice el artículo.
La Fiscalía no puede negar haber sido tibia en su interpretación
de este artículo, puesto que no se conoce procedimiento iniciado
de oficio por este motivo. Y no se trata solamente de los
conocidos a través de informaciones periodísticas, tampoco lo
han hecho en el caso de los que han sido puestos en su conocimiento
por jueces o magistrados que se sentían concernidos. En
todos los casos se ha pensado que debían ser ellos quienes iniciaran
las acciones como particulares y el Ministerio Fiscal no
ha actuado. O esa lógica es aplicable a todos o, como yo considero,
esa lógica está fallando, deja desguarnecidos sobre todo a
los jueces, pero también a los fiscales, y debería reflexionarse
sobre ella. ¿Por corporativismo?, ¿por cercenamiento de la libertad
de expresión? En absoluto. Precisamente por preservación
de la independencia judicial afectada, ya que, actualmente
en España, está comprobado que ésta es la fórmula real y
efectiva utilizada por el poder económico, político y mediático
para intentar influir en los jueces, doblar su mano o afectar a
su independencia.
Decenas de casos lo confirman. Sólo mencionaré de pasada
unos cuantos sin referirme a sus titulares concretos. Se trata,
puesto que es el terreno que mejor conozco, de jueces insultados,
vejados, enlodados o puestos bajo sospecha por el simple
hecho de llevar casos como el caso Botín, la OPA de Endesa, el
caso Bórico, el caso Bono, el 11-M, el caso del chivatazo a ETA,
caso Otegi, caso Ciempozuelos, caso Sedaciones de Leganés, operación
Puerto… y otros muchos. No hace falta ser un experto
para darse cuenta de qué tienen en común: mueven grandes intereses
políticos o económicos y tienen detrás a mucha gente dispuesta
a mover cielo y tierra. Sí, incluidas las todopoderosas
consultorías de Comunicación, para intentar ganar el pleito dentro,
pero también fuera de los tribunales.
En todos estos casos no sólo se criticó el acierto o no de las decisiones
judiciales —lo cual es perfectamente lícito—, sino que
se llegó a la descalificación y a las maniobras sucias.
Muchos jueces lo han sufrido. Algunos fiscales también, aunque,
me van a perdonar, son menos. Los entornos de todos los
afectados también. Tanto que recuerdo siempre como gracieta
el día en que en plena plaza de la Villa de París nos paramos
para charlar la mujer de un importante fiscal, una magistrada
y yo misma… La mujer del fiscal bromeó: «¿Qué, reunión
de perjudicadas?». Básicamente, porque ese día, a unos en unos
medios, a otros en otros, los tres habían sido vapuleados incluso
en cuestiones que afectaban a su vida personal y, sobre
todo, a su honestidad profesional, en medios de muy distinto
corte.
Es una cuestión pendiente. La sociedad debe saber que no se
trata de corporativismo, sino de cerrar una vía de presión creciente
y de ataque indigno a la independencia judicial ante la
que el juez está prácticamente solo, echándole un par de narices,
porque ni los amparos o arrullos del Consejo le llegan nunca
a tiempo de nada, ni la opción de acudir de forma privada a
los tribunales para defender su honor es muy viable. Primero,
porque podrían verse obligados a abandonar el caso del que se
tratara por tener interés (animadversión) en el mismo y, segundo,
y no menos importante, porque para hacerlo tienen que rascarse
cada vez su bolsillo para acudir a un abogado y que le lleve
el pleito. Esto acarrea básicamente también dos problemas:
uno, encontrar un abogado que no pleitee o tenga intereses en
el tribunal de uno y, segundo, pagar su coste porque, aunque el
mito diga otra cosa, el sueldo de juez tampoco da para costear
un pleito en cada caso complejo o con fuertes intereses que te
caiga en suerte.
Dicho lo cual y mientras la cuestión se plantea en serio —es
peligroso para una sociedad democrática que siga así—, lo cierto
es que las opciones de la fiscal Olga Sánchez eran las que quedan
dichas: coger su abogado y sus dineros e irse a un pleito penal
o civil o practicar el estoicismo. El mismo que le quedaba al
juez Del Olmo o… al propio presidente del tribunal.
Por si le sirve de remedio a alguno de los afectados —jueces
de toda España y de toda sensibilidad, cada uno de los cuales
podría contarles una historia—, les recordaré un consejo del cardenal
Mazarino: «Elogios, lisonjas, adulación: éstas son las mayores
muestras de hipocresía humana. Procúrate todos los libelos
escritos contra ti, léelos, dalos a leer y ríete de ellos. Así
desesperarás a su autor».
Págs. 218 a 220
