Hoy en día hablar de autoría de una película resulta casi ridículo, si hablamos de propiedad la cosa está clara una película "es de" el productor, que tiene la última potestad para hacer los cambios que desee e incluso bloquear la distribución de una película o enviarla directamente al mercado de alquiler. Así que decir "Una película de..." es más un reconocimiento al director que otra cosa, y no nos engañemos sólo se hace con directores de prestigio que den resultados en taquilla.
Tampoco es que el sistema de productoras actual de mucho margen artístico a los productores, que no pasan de labores ejecutivas y raramente deja su impronta en la película. Resulta patético cuando dan un Oscar a la mejor película y lo recogen tres o cuatro treintañeros que no han visto un plató en su vida.
La polémica de la autoría de los guionista ya surgió en la anterior huelga en los ochenta, precisamente esa frase de "Una película de..." fue uno de sus caballos de batalla y, la verdad, es que algo ganaron ya que, al menos en películas de directores anodinos, no se suele ver la dichosa frase.
Los guionistas eran el valor más importante en los orígenes del sonoro, dramaturgos, novelistas y periodistas eran fichados por las productoras a golpe de chequera. Samuel Goldwyn siempre defendió el cine como arte y, para él, un buen escritor era indispensable. El director era un mero instrumento para pasar el guión a imágenes.
Pero precisamente esas cifras astronómicas que se pagaban a los guionistas fue su sentencia, poco a poco los productores se dieron cuenta que si pagaban tanto por un guión este debía ser de su propiedad en todos los sentidos y, por ello, estaban plenamente capacitados para rescribirlos a capricho. El guionista soltaba su texto, cogía su cheque y no volvía a aparecer por la productora a no ser con otro guión bajo el brazo.
Así su importancia se ha ido diluyendo y ha ido cobrando más fuerza la del director. Aunque hubo otra época intermedia en la que los nombres de los productores tenían el tamaño más grande en los carteles. Eran los tiempos de David O. Selznick, Samuel Bronston, Cecil B. DeMille o Louis B. Meyer entre otros, capaces de escribir (bueno, mandar escribir) historias para mayor gloria de sus starletts (y amantes) como la monumental Duelo al Sol a mayor gloria de Jennifer Jones o dar la patada a grandes directores como George Cukor (entre otros) y sustituirlo por Victor Fleming para no molestar a la estrella del momento (en este caso Gable) en la épica Lo Que El Viento Se Llevó.
En los 80 y con la hecatombe del vídeo los estudios aparecen y desaparecen a merced de la crisis y se empieza a perfilar el sistema de estudios actual en el que el productor apenas existe y su labor se reparte entre varios productores ejecutivos. Apenas se pueden recordar las producciones de Amblin (con Spielberg al mando) o las de Joel Silver como películas "de productor".
Actualmente estudios y productoras se confunden en un todo y sólo Dreamworks (nuevamente con Spielberg) y Bruckheimer producen obras más o menos homogéneas en las que se atisba una autoría detrás de ellas. El director es la estrella por encima del escritor.
Con la televisión ocurre todo lo contrario, nunca se había encumbrado tanto la figura del guiónista como en los últimos años, los directores apenas dan rasgos de personalidad plegados a una estructura establecida y a unas reglas fijas. No es raro ver en los créditos directores de segunda u olvidados como Emilio Estevez, Stephen Hopkins o Walter Hill ganandose el sustento en anónimos trabajos televisivos. Hasta los mismos actores hacen sus pinitos dirigiendo episodios (como Kelsey Grammer en Frasier o David Schwimmer en Friends) y hasta los mismos guionistas toman el asiento del director. Incluso Spike Lee, Tarantino o Kevin Smith se pasan por la TV dejando una muy leve impronta en las películas que dirigen.
Los guionistas son la estrella, gente como Josh Weddon, J. J. Abrahams, David Chase, Bryan Fuller, David Milch o Aaron Sorkin llevan la voz cantante. Lo cual no es impedimento para que los caprichos de los productores cancelen las series (como el Angel de Weddon) o incluso despidan a sus escritores, el propio Sorkin se vio de patitas en la calle aparcada de su niña bonita El Ala Oeste De La Casa Blanca.
Así que hablar de autoría en el mundo del cine y la TV es muy discutible. Es un trabajo conjunto en el que cada uno aporta algo y, al final, no queda nada claro qué puso cada uno.
Siendo, para mi, muy importante quién es el director a la hora de ver una película no es menos cierto que hasta los grandes directores están supeditados a un buen guión. La irregular carrera de, por ejemplo, Clint Eastwood lo demuestra destacando las últimas películas escritas por Paul Haggis, sin embargo no se puede obviar la labor del director cuando el propio Haggis ha dirigido un par de sus guiones con resultados muy inferiores. Así tampoco son iguales las películas de Scorsese escritas por Paul Schrader y las que no. La irregular carrera de un director con una gran personalidad visual como Ridley Scott demuestra que sin un buen guión las florituras no sirven. Y sólo hay que ver las películas de Johnathan Demme para darse cuenta que un pelotazo como El Silencio De Los Corderos no se debió a su talento como director. Mucho más sangrante es el último trabajo de David Linch, Inland Empire, del que es autor único del guión y que, pese a su hipnótica y absorbente dirección, resulta infumable se mire como se mire. Hasta los infrecuentes casos de Almodovar o Woody Allen en los que dirigen siempre sus propios guiones tienen altibajos debidos a la mejor o peor calidad de sus textos.
Tampoco es que el sistema de productoras actual de mucho margen artístico a los productores, que no pasan de labores ejecutivas y raramente deja su impronta en la película. Resulta patético cuando dan un Oscar a la mejor película y lo recogen tres o cuatro treintañeros que no han visto un plató en su vida.
La polémica de la autoría de los guionista ya surgió en la anterior huelga en los ochenta, precisamente esa frase de "Una película de..." fue uno de sus caballos de batalla y, la verdad, es que algo ganaron ya que, al menos en películas de directores anodinos, no se suele ver la dichosa frase.
Los guionistas eran el valor más importante en los orígenes del sonoro, dramaturgos, novelistas y periodistas eran fichados por las productoras a golpe de chequera. Samuel Goldwyn siempre defendió el cine como arte y, para él, un buen escritor era indispensable. El director era un mero instrumento para pasar el guión a imágenes.
Pero precisamente esas cifras astronómicas que se pagaban a los guionistas fue su sentencia, poco a poco los productores se dieron cuenta que si pagaban tanto por un guión este debía ser de su propiedad en todos los sentidos y, por ello, estaban plenamente capacitados para rescribirlos a capricho. El guionista soltaba su texto, cogía su cheque y no volvía a aparecer por la productora a no ser con otro guión bajo el brazo.
Así su importancia se ha ido diluyendo y ha ido cobrando más fuerza la del director. Aunque hubo otra época intermedia en la que los nombres de los productores tenían el tamaño más grande en los carteles. Eran los tiempos de David O. Selznick, Samuel Bronston, Cecil B. DeMille o Louis B. Meyer entre otros, capaces de escribir (bueno, mandar escribir) historias para mayor gloria de sus starletts (y amantes) como la monumental Duelo al Sol a mayor gloria de Jennifer Jones o dar la patada a grandes directores como George Cukor (entre otros) y sustituirlo por Victor Fleming para no molestar a la estrella del momento (en este caso Gable) en la épica Lo Que El Viento Se Llevó.
En los 80 y con la hecatombe del vídeo los estudios aparecen y desaparecen a merced de la crisis y se empieza a perfilar el sistema de estudios actual en el que el productor apenas existe y su labor se reparte entre varios productores ejecutivos. Apenas se pueden recordar las producciones de Amblin (con Spielberg al mando) o las de Joel Silver como películas "de productor".
Actualmente estudios y productoras se confunden en un todo y sólo Dreamworks (nuevamente con Spielberg) y Bruckheimer producen obras más o menos homogéneas en las que se atisba una autoría detrás de ellas. El director es la estrella por encima del escritor.
Con la televisión ocurre todo lo contrario, nunca se había encumbrado tanto la figura del guiónista como en los últimos años, los directores apenas dan rasgos de personalidad plegados a una estructura establecida y a unas reglas fijas. No es raro ver en los créditos directores de segunda u olvidados como Emilio Estevez, Stephen Hopkins o Walter Hill ganandose el sustento en anónimos trabajos televisivos. Hasta los mismos actores hacen sus pinitos dirigiendo episodios (como Kelsey Grammer en Frasier o David Schwimmer en Friends) y hasta los mismos guionistas toman el asiento del director. Incluso Spike Lee, Tarantino o Kevin Smith se pasan por la TV dejando una muy leve impronta en las películas que dirigen.
Los guionistas son la estrella, gente como Josh Weddon, J. J. Abrahams, David Chase, Bryan Fuller, David Milch o Aaron Sorkin llevan la voz cantante. Lo cual no es impedimento para que los caprichos de los productores cancelen las series (como el Angel de Weddon) o incluso despidan a sus escritores, el propio Sorkin se vio de patitas en la calle aparcada de su niña bonita El Ala Oeste De La Casa Blanca.
Así que hablar de autoría en el mundo del cine y la TV es muy discutible. Es un trabajo conjunto en el que cada uno aporta algo y, al final, no queda nada claro qué puso cada uno.
Siendo, para mi, muy importante quién es el director a la hora de ver una película no es menos cierto que hasta los grandes directores están supeditados a un buen guión. La irregular carrera de, por ejemplo, Clint Eastwood lo demuestra destacando las últimas películas escritas por Paul Haggis, sin embargo no se puede obviar la labor del director cuando el propio Haggis ha dirigido un par de sus guiones con resultados muy inferiores. Así tampoco son iguales las películas de Scorsese escritas por Paul Schrader y las que no. La irregular carrera de un director con una gran personalidad visual como Ridley Scott demuestra que sin un buen guión las florituras no sirven. Y sólo hay que ver las películas de Johnathan Demme para darse cuenta que un pelotazo como El Silencio De Los Corderos no se debió a su talento como director. Mucho más sangrante es el último trabajo de David Linch, Inland Empire, del que es autor único del guión y que, pese a su hipnótica y absorbente dirección, resulta infumable se mire como se mire. Hasta los infrecuentes casos de Almodovar o Woody Allen en los que dirigen siempre sus propios guiones tienen altibajos debidos a la mejor o peor calidad de sus textos.
