17-05-2008, 10:41:20
(This post was last modified: 17-05-2008, 10:44:21 by El abad de Cucaña.)
Acorrecto:
La tragedia del ser humano es su tendencia a rebelarse ante los límites demasiado estrechos del conocimiento. Los hombres pretenden alcanzar un conocimiento ontológico del mundo, es decir suponen una sustancia en las cosas y tratan por todos los medios aprehenderla. En realidad el conocimiento no es ontológico, sino simbólico. No nos hace dueños del mundo, sino que, en el mejor de los casos, nos permite interactuar con él. Es, pues un conocimiento para andar por casa.
Un profesor de uno de mis hijos decía a sus alumnos que los edificios suelen mantenerse en pie, los coches andan, los puentes permiten pasar los ríos, pero en realidad no sabemos casi nada de nada. Cuando los humanos llegan al límite de su conocimiento (distinto evidentemente para cada individuo), adoptan actitudes diversas (dos fundamentalmente) que se reflejan en distintos nombres para lo que está más allá de su comprensión: unos lo llamarán «ignorancia», otros «gran misterio», otros «Dios». Unos asumen su enorme limitación y el dolor que conlleva. Otros tratan de poner en los límites de su conocimiento una torre protectora y analgésica.
Yo, que soy agnóstico, entiendo muy bien a las personas que tienen creencias religiosas, anque las creencias en sí no me mercen, por lo general, mucha consideración. Me parece muy humano no querer resignarse a la insignificancia de la condición humana y tratar de ennoblecerla gracias a la relación con entelequias absolutas que pueden mejorar la «autoestima antropológica» de cada cual.
Tampoco me extaño de que personas con gran formación científica sean creyentes. Alcanzado el límite de nuestro conocimiento, todos somos iguales y tenemos los mismos miedos e inseguridades. Lo único que me parece condenable es sustituir el conocimiento por la creencia, es decir, poner esta en marcha antes de que se haya agotado aquel. También rechazo la actitud de demasiados creyentes que tratan de decidir sobre si los demás tienen o no «experiencias religiosas». La facilidad de la creencia frente a la dificultad del conocimiento conduce a muchos creyentes a una cierta soberbia. Al fin y al cabo, el conocimiento es cuestión de entendimiento, mientras que la fe religiosa lo es de voluntad.
Naturalmente mi respeto a la religiosidad como opción personal no se extiende a las organizaciones que la canalizan para convertirla en aparato ideológico al servicio de lo que sea.
La tragedia del ser humano es su tendencia a rebelarse ante los límites demasiado estrechos del conocimiento. Los hombres pretenden alcanzar un conocimiento ontológico del mundo, es decir suponen una sustancia en las cosas y tratan por todos los medios aprehenderla. En realidad el conocimiento no es ontológico, sino simbólico. No nos hace dueños del mundo, sino que, en el mejor de los casos, nos permite interactuar con él. Es, pues un conocimiento para andar por casa.
Un profesor de uno de mis hijos decía a sus alumnos que los edificios suelen mantenerse en pie, los coches andan, los puentes permiten pasar los ríos, pero en realidad no sabemos casi nada de nada. Cuando los humanos llegan al límite de su conocimiento (distinto evidentemente para cada individuo), adoptan actitudes diversas (dos fundamentalmente) que se reflejan en distintos nombres para lo que está más allá de su comprensión: unos lo llamarán «ignorancia», otros «gran misterio», otros «Dios». Unos asumen su enorme limitación y el dolor que conlleva. Otros tratan de poner en los límites de su conocimiento una torre protectora y analgésica.
Yo, que soy agnóstico, entiendo muy bien a las personas que tienen creencias religiosas, anque las creencias en sí no me mercen, por lo general, mucha consideración. Me parece muy humano no querer resignarse a la insignificancia de la condición humana y tratar de ennoblecerla gracias a la relación con entelequias absolutas que pueden mejorar la «autoestima antropológica» de cada cual.
Tampoco me extaño de que personas con gran formación científica sean creyentes. Alcanzado el límite de nuestro conocimiento, todos somos iguales y tenemos los mismos miedos e inseguridades. Lo único que me parece condenable es sustituir el conocimiento por la creencia, es decir, poner esta en marcha antes de que se haya agotado aquel. También rechazo la actitud de demasiados creyentes que tratan de decidir sobre si los demás tienen o no «experiencias religiosas». La facilidad de la creencia frente a la dificultad del conocimiento conduce a muchos creyentes a una cierta soberbia. Al fin y al cabo, el conocimiento es cuestión de entendimiento, mientras que la fe religiosa lo es de voluntad.
Naturalmente mi respeto a la religiosidad como opción personal no se extiende a las organizaciones que la canalizan para convertirla en aparato ideológico al servicio de lo que sea.
