26-06-2008, 14:15:11
(This post was last modified: 26-06-2008, 14:16:32 by morenohijazo.)
Sigue Múgica pastando por los prados de "El Mundo" en lo que parece su comedero oficial para el futuro: el destino de los hombres y mujeres que intervinieron en el 11-M.
La verdad es que, si quiere insinuar, sin decirlo, que la gente que intervino en el 11-M, aunque como espectadores, pueden haber recibido premios o recompensas, lo tendrá más bien fácil. Siempre que no acuse de nada delictivo, todo le cuadrará.
La verdad es que en los países democráticos, al contrario de lo que ocurre en las dictaduras, donde uno está al arbitrio de una sóla persona, que además suele ser cascarrabias y gruñón, la gente tiende a mejorar su posición con los años. Cobra trienios, acumula experiencia, si no la cagas mucho vienen los ascensos, y si la cagas pero el de arriba la ha cagado más, también vienen los ascensos para sustituir al de arriba.
El artículo de hoy cita a varios personajes, pero se explaya más con Dezcallar. Aquí tienen:
Dezcallar dijo a Ana Palacio el 12-M que había acertado al acusar a ETA
MADRID.- El Gobierno ha nombrado embajador en Washington al hombre que el 12 de marzo de 2004 avaló, como director del Centro Nacional de Inteligencia (CNI), a la entonces ministra de Asuntos Exteriores, Ana Palacio, en su denuncia ante la ONU de que ETA era la autora de los atentados del 11-M.
El mismo día de la masacre, Palacio habló con Jorge Dezcallar al menos en siete ocasiones y consiguió que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas suscribiera una clara condena a la banda terrorista como responsable de los atentados.
Pocas horas después, a las dos de la madrugada del día 12, la ministra despertó al director del CNI, abrumada por la responsabilidad del paso que había dado en el Consejo de Seguridad.
A esas horas, Dezcallar ya le había confirmado en varias ocasiones que la opinión del CNI se inclinaba por ETA, y en esa conversación restó credibilidad a las pruebas aparecidas que apuntaban a los islamistas.
Además, a primera hora de la tarde había enviado una nota al Gobierno afirmando la casi seguridad de la autoría de la banda. Es más, en el Centro Nacional de Inteligencia, y así se lo hicieron saber a miembros del Gobierno, pusieron en duda, en las primeras horas tras los atentados del 11-M, que los autores materiales a los que señalaba la Policía fueran los culpables de la masacre.
Jorge Dezcallar fue el que más firmeza demostró en este sentido. Apostó fuerte porque conocía el terreno que pisaba. Las redes islamistas que denunciaba la Policía estaban absolutamente controladas por el CNI. Resultaba prácticamente imposible que les hubiera pasado desapercibida una trama como la del 11-M. ETA estaba también infiltrada, pero siempre podía haber un grupúsculo fuera de control. Los razonamientos de sus analistas eran muy claros.
Los ordenadores del CNI trabajaban sin descanso en aquellos primeras jornadas para cruzar los datos de presos islamistas y etarras de cara a comprobar dónde, quiénes y cuándo habían coincidido. La idea de una posible colaboración entre ambos grupos se había extendido en los ambientes de Inteligencia en el último trimestre de 2003. A pesar de que fue la tesis defendida por Felipe González, nunca consiguieron pruebas de que fuese cierto.
Ni Jorge Dezcallar, ni Ana Palacio ni el ministro de Defensa, Federico Trillo, fueron convocados a las primeras reuniones de crisis, tras los atentados. El director del CNI casi lo agradeció.
Había salido ya a la luz la furgoneta Kangoo, la que llevó, según la sentencia, a la pista islamista por una cinta de audio con versículos del Corán. Aquello de la cinta le pareció a Dezcallar una majadería y así se lo hizo saber a quien le preguntó. Desde el primer momento, puso en duda que se encontraran allí detonadores y restos de pólvora. ¿Qué clase de terroristas eran aquéllos? ¿Cómo dejaban esas trazas si no se habían suicidado y, por tanto, podían seguir atentando? ¿O es que acaso querían que la Policía los detuviera? No tenía ni pies ni cabeza.
Por eso puso tanto énfasis al declarar: «Yo me he enterado de su existencia por los medios». Quería marcar distancias.
Su información al Gobierno avaló la iniciativa de Palacio ante el Consejo de Seguridad de la ONU. Los firmantes de la declaración representaban a los nueve países más poderosos y, por tanto, con los mejores servicios secretos del mundo.
De hecho, la ministra ya había hablado por teléfono con el secretario de Estado estadounidense, Colin Powell, y la consejera de Seguridad, Condoleezza Rice, quienes le aseguraron no tener ningún dato de que Al Qaeda estuviera detrás de los atentados. Palacio era consciente de que el Consejo no había firmado la resolución por sus dotes de convicción o por su predicamento, sino porque los informes secretos de los nueve países coincidían en aquellas primeras horas: tenía que haber sido ETA.
La resolución se tomó por unanimidad. Si hubiera habido cualquier duda en alguno de esos países no habría salido adelante, dijera lo que dijera la ministra española.
Sin embargo, en la madrugada del 12-M la ministra no podía dormir. Estaba en juego no sólo el prestigio del Gobierno de España, sino también el suyo propio. Y es que un detalle le había desasosegado por la tarde. Era amiga del director de The Wall Street Journal desde hacía tiempo y por eso consideró que podía ser apropiado enviarle un artículo, firmado por ella, en el que se destacara la gravedad de lo sucedido y la monstruosidad que, en teoría, había cometido la banda etarra. Poco después de que se lo mandara, le llamó el propio director del diario para decirle: «Somos amigos desde hace tiempo. Por tu propio bien no vamos a publicarlo. Tenemos informaciones de que ha sido cosa del terrorismo islámico».
Palacio le contestó, algo molesta, que comprendía que a los americanos les viniera bien que la autoría fuese islamista. Era un año de elecciones en Estados Unidos y la Administración Bush estaba encantada de airear las maldades de Al Qaeda para recordar a sus votantes los atentados del 11-S, en Washington y Nueva York.
El director le dio algunos detalles que nadie podía saber entonces. Le explicó que ellos tenían sus propias informaciones, que iba a surgir una reivindicación islamista en Londres y que le hiciera caso.
Ana Palacio seguía dándole vueltas a todo aquello a las dos de la madrugada, casi a la misma hora en que teóricamente encontraban en la comisaría de Puente de Vallecas la mochila que sería determinante para que la Policía afirmara la culpabilidad de los que en pocas horas serían detenidos.
La ministra tenía una enorme consideración profesional hacia Jorge Dezcallar. Conocía la frialdad atinada de sus análisis, sobre todo en momentos de crisis. Por eso le llamó nuevamente y le sacó de la cama. Ya antes había hablado con él de la aparición de la furgoneta Kangoo en Alcalá, a la que Dezcallar le había quitado cualquier importancia.
Palacio le dejó claro que le llamaba como responsable del CNI y como experto. Le pedía información de forma oficial. Quería argumentos de autoridad. Dezcallar le tranquilizó por enésima vez de forma tajante: «En este tipo de atentados existe lo que nosotros llamamos ruido en el sistema. A veces estas informaciones no se saben analizar adecuadamente hasta que el hecho ha sucedido. Te puedo asegurar que he hablado con todos los servicios de Inteligencia importantes y nadie ha oído ningún ruido sobre este atentado concreto».
El CNI supo inmediatamente que Tel Aviv opinaba que el rey de Marruecos tenía la suficiente soberbia e infantilismo como para ser sospechoso, pero que aquello le sobrepasaba. No hubiera sido capaz, según los expertos israelíes, de dominar la estrategia y las consecuencias.
Dezcallar le insistió a Ana Palacio que alrededor de los atentados había un black out (oscuridad) total -fueron sus palabras textuales-. Por supuesto que el 27 de octubre de 2003 el CNI ya había avisado en un documento de la creciente hostilidad de Al Qaeda hacia España y la posibilidad de que hubiera en nuestro país células durmientes. Pero le añadió que los que se habían hecho responsables de las explosiones a través de un periódico en árabe editado en Londres eran unos cantamañanas sin credibilidad, y le citó el ejemplo de que habían reivindicado también el apagón de Nueva York. Le dejó meridianamente claro que, aunque a esas horas no descartaban ninguna posibilidad, ellos se inclinaban mayoritariamente por ETA. Podía tirarse tranquilamente a la piscina.
La ministra se fiaba absolutamente del criterio de Dezcallar. Sabía que el CNI tenía perfectamente controlada la red de marroquíes y argelinos que se movían por los locutorios de Lavapiés. Las credenciales del servicio secreto para dominar el terreno no podían ser mejores. Jorge Dezcallar, el primer civil nombrado como director del Centro, en 2001, y el primero que ostentó el cargo de secretario de Estado, era un verdadero especialista en el Magreb.
Había llegado de la mano del Rey. No era un hombre de Aznar, pero éste no dudaba de su competencia en materia de terrorismo islamista. La ministra conocía que acababa de simultanear el cargo de embajador en Rabat con el de jefe de antena del CNI en Marruecos. No era un paracaidista. Llevaba muchos años en esos menesteres.
Y con esa tranquilidad se metió la ministra, definitivamente, en la cama. Antes de dormirse, Ana Palacio enumeró mentalmente todas las veces que Dezcallar había asegurado, en las últimas reuniones mensuales de seguridad, los seguimientos en Lavapiés y en las mezquitas, la infiltración en asociaciones y pisos dormitorio, el control en locutorios, carnicerías y peluquerías. Tenían a sueldo a los individuos más destacados en relación a las corrientes islámicas radicales.
Por eso, tras los atentados del 11 de Marzo produjo estupor a los responsables de la Inteligencia la inmediata captura de los responsables y la aparición fulgurante de las pruebas en el mismo entorno que ellos más controlaban.
Sea como fuere, quien podía tener información más exacta sobre el tema llevó esa noche a la ministra por el camino contrario al que en pocas horas se consolidaría como verdad oficial incuestionable. La propia ministra reconocería más tarde que al Gobierno le habían proporcionado las Fuerzas de Seguridad -sin referirse a nadie en concreto- informaciones «no veraces e incompletas».
No caben más que dos explicaciones. O Dezcallar mentía abiertamente, cosa que nadie puede pensar en su sano juicio, o decía la verdad y después no tuvo más remedio que adaptarse a la postura oficial, por las razones de Estado que unificaron todos los criterios.
Dezcallar demostró mala memoria al declarar ante la Comisión del 11-M del Congreso en julio de 2004. Desmintió, eso sí, que hubiera habido imprevisión de la Inteligencia española respecto a un posible ataque islamista y se desvinculó de la autoría de Al Qaeda. Pero, al contrario de lo que había asegurado a la ministra de Exteriores, explicó que la pista etarra se fue disipando por las pruebas que fueron apareciendo, como la furgoneta de Alcalá, la tarjeta telefónica y la reivindicación a través de una cinta de vídeo.
Afirmó también que el CNI había quedado «fuera de juego» en las primeras investigaciones del Gobierno sobre los atentados y que no fueron invitados a ninguna reunión hasta el día 16 de marzo. Dejó patente, tras los atentados, que el Gobierno y la Policía habían marginado al CNI de sus primeras investigaciones.
A Dezcallar le ascendieron muy pronto, en junio de 2004, a las alturas vaticanas como embajador. En Roma vivió momentos angustiosos, como la muerte de su mujer, y momentos de alegría, como la boda de su hija. En realidad, no era un ascenso. Suponía el fin de su carrera profesional en Inteligencia. En el semestre anterior habían matado a todos sus hombres en Irak. Desde el 11-M, tendría que soportar para siempre la pesada carga de no haber sido capaz de evitar los terribles atentados.
Le sirvió de consuelo que el día que se marchó del Centro, y a pesar de los compañeros asesinados en Irak, recibió la más estruendosa ovación que se había escuchado nunca. Como buen profesional, todos los secretos, incluidos los del 11-M, se los llevará a la tumba. Resulta paradójico que al hombre al que los terroristas vencieron en su propio terreno de forma tan ostentosa el Gobierno le premie ahora con el puesto más prestigioso que puede alcanzar un diplomático.
A su número dos, María Dolores Villanueva, la mujer que más alto había llegado en el servicio secreto, el Gobierno entrante le reservaba un destino más desagradable. Se enteró de su cese cuando una mañana llegó a su despacho y, al intentar abrir su ordenador, se dio cuenta de que le habían clausurado las claves para llegar a los informes delicados. Juega Múgica, como siempre, con que el lector medio de "El Mundo" está entregado a sus tesis o es un desmemoriado qiue no recuerda lo que pasó hace cuatro años y lo que el propio Múgica ha publicado desde entonces.
El artículo, desde luego, es una vuelta total a la conspiranoia. Ya no hay ETA, Dezcallar es malo porque engañó a De palacio diciéndole que había sido ETA.
Obsérvese que Múgica culpa a Dezcallar de gran malvado porque "confirmó las tesis de Ana Palacio". Según el propio artículo de Múgica, la ministra, en realidad todo el Gobierno, se había metido él solito en un berenjenal a partir de la confusión aquella del "Titadyne con control detonante" versus "dinamita" que, en la conversación entre Díaz de la Morena con Santiago Cuadro, nutrió de oxígeno (falso oxígeno) al Gobierno, que pensó que la información le favorecía y se puso a contar a quien quiso escucharles que había sido ETA. Pudo haber (lo hubo) un error, pero no empezó en Dezcallar. A Dezcallar, si se equivocó apuntando a ETA, se le puede reprochar que se equivocase, y si mintió apuntando a ETA, que se plegase a las directrices del Gobierno Aznar, pero no tenemos ninguna prueba de que las cosas sucediesen como dice Fernando Múgica.
Sí, dime, Fernando Múgica ¿por qué tenemos que creerte a tí, en la "Versión de Múgica" nº 131245? Para ti el Gobierno se tiró a la piscina, intoxicó a diestro y siniestro y, doce horas después, la ministra, que no puede dormir, llama: "Jorge, he hecho una cosa muy mala; he acusado a ETA sin pruebas"; "Tranquila, Ana, has hecho bien", dice que le dijo Dezcallar.
El escenario de cuento de hadas de Múgica, empeñado en culpar a cualquiera que no haya sido degradado o condenado por el 11-M (curioso, yo creería que los culpables, en un paóis normal, había que buscarlos en los condenados) es absurdo hasta cuando presenta a un Consejo de Seguridad votando unánimemente porque "Si hubiera habido cualquier duda en alguno de esos países no habría salido adelante, dijera lo que dijera la ministra española". Ya. ´Las presiones que tuvo que aplicar el Gobierno para alcanzar dicha unanimidad se reducen aquí a una ministra con dotes oratorias más o menos nulas.
Vamos a ver, Múgica, que no te entiendo. Si según tú Dezcallar se equivocó tanto, o mintió tanto, si de Palacio tuvo luego tantos dudas; si sabemos que los rusos y alemanes trataron de no citar a ETA porque sus Servicios de Información (a los que lógicamente daban más credibilidad que a un Gobierno cuyo evidente interés electoral estaba en defender la postuira que defendió), si luego los mismos Gobiernos protestaron por la intoxicación ¿cómo quieres hacernos creer que no había ninguna duda entre los gobiernos del Consejo de Seguridad?
¿Se cree que somos tontos? Parece que sí.
Como dije antes, cuando en un país la gente no es culpable de asesinatos, robos, etc, tiende a mejorar. Así que Múgica tiene fácil insinuar que tal o cual persona ha ascendido.
Si un militar no ha sido condenado por crímenes, negligencias, etc, será ascendido porque así lo quiere el escalafón, y lo contrario será visto como muy malo. Lo mismo de la policía, o de otros cuerpos como los Guardias Civilies.
Pero le aconsejo a Múgica que publique un Antes...después de los actuales Direectores de los Hospitales de Madrid. Todos, o casi todos, han ascendido en los últimos cuatro años, o cobran más sueldo.
Piense en la situación de muchos políticos, no sólo del Gobierno, sino que piense en Cospedal, Soraya, o incluso en Zaplana, o Aznar, cuyo sueldo está hipermultiplicado ("sin duda para comprar su silencio, según Múgica)".
Le invito también a comprobar la situación laboral y económica de estos sujetos, cuya evidente mejora financiera o de poder no pueden ser debidas a otra cosa sino a que tienen "mucho que ocultar"
Luis Del Pino
Federico Jiménez Losantos
Lat, Coordinadora de peones
César Vidal manzanares
Fernando Múgica
Javier Oyarzábal
José Luis Abascal
Jaime del Burgo
Cristina López Schlichting
Cardenal Rouco Varela
Mario Gascón
Los Tres Peritos, que cobran más y son más famosos que antes
Alberto Cortina
Ignacio Villa
Sobrina de Rouco Varela
Risto Mejide
Pedro Jota Ramírez (¿creíais que no iba a aparecer?)
Pujalte
Esther la de "OT"
Earl el de "Yo soy Earl"
Montserrat Caballé...
:lol:
Múgica, "amigo", si a una persona no se le acusa, juzga ni condena por nada delictivo, pretender que se le haga boycott, no se le deje ascender, mejorar en el trabajo, etc, es ilegal. Así que...
La verdad es que, si quiere insinuar, sin decirlo, que la gente que intervino en el 11-M, aunque como espectadores, pueden haber recibido premios o recompensas, lo tendrá más bien fácil. Siempre que no acuse de nada delictivo, todo le cuadrará.
La verdad es que en los países democráticos, al contrario de lo que ocurre en las dictaduras, donde uno está al arbitrio de una sóla persona, que además suele ser cascarrabias y gruñón, la gente tiende a mejorar su posición con los años. Cobra trienios, acumula experiencia, si no la cagas mucho vienen los ascensos, y si la cagas pero el de arriba la ha cagado más, también vienen los ascensos para sustituir al de arriba.
El artículo de hoy cita a varios personajes, pero se explaya más con Dezcallar. Aquí tienen:
Quote:EL GOBIERNO DEL PSOE PREMIA CON LA EMBAJADA DE WASHINGTON AL HOMBRE QUE INDUJO AL GOBIERNO DEL PP AL MAYOR PATINAZO DE LA HISTORIA DE NUESTRA DIPLOMACIA
Dezcallar dijo a Ana Palacio el 12-M que había acertado al acusar a ETA
MADRID.- El Gobierno ha nombrado embajador en Washington al hombre que el 12 de marzo de 2004 avaló, como director del Centro Nacional de Inteligencia (CNI), a la entonces ministra de Asuntos Exteriores, Ana Palacio, en su denuncia ante la ONU de que ETA era la autora de los atentados del 11-M.
El mismo día de la masacre, Palacio habló con Jorge Dezcallar al menos en siete ocasiones y consiguió que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas suscribiera una clara condena a la banda terrorista como responsable de los atentados.
Pocas horas después, a las dos de la madrugada del día 12, la ministra despertó al director del CNI, abrumada por la responsabilidad del paso que había dado en el Consejo de Seguridad.
A esas horas, Dezcallar ya le había confirmado en varias ocasiones que la opinión del CNI se inclinaba por ETA, y en esa conversación restó credibilidad a las pruebas aparecidas que apuntaban a los islamistas.
Además, a primera hora de la tarde había enviado una nota al Gobierno afirmando la casi seguridad de la autoría de la banda. Es más, en el Centro Nacional de Inteligencia, y así se lo hicieron saber a miembros del Gobierno, pusieron en duda, en las primeras horas tras los atentados del 11-M, que los autores materiales a los que señalaba la Policía fueran los culpables de la masacre.
Jorge Dezcallar fue el que más firmeza demostró en este sentido. Apostó fuerte porque conocía el terreno que pisaba. Las redes islamistas que denunciaba la Policía estaban absolutamente controladas por el CNI. Resultaba prácticamente imposible que les hubiera pasado desapercibida una trama como la del 11-M. ETA estaba también infiltrada, pero siempre podía haber un grupúsculo fuera de control. Los razonamientos de sus analistas eran muy claros.
Los ordenadores del CNI trabajaban sin descanso en aquellos primeras jornadas para cruzar los datos de presos islamistas y etarras de cara a comprobar dónde, quiénes y cuándo habían coincidido. La idea de una posible colaboración entre ambos grupos se había extendido en los ambientes de Inteligencia en el último trimestre de 2003. A pesar de que fue la tesis defendida por Felipe González, nunca consiguieron pruebas de que fuese cierto.
Ni Jorge Dezcallar, ni Ana Palacio ni el ministro de Defensa, Federico Trillo, fueron convocados a las primeras reuniones de crisis, tras los atentados. El director del CNI casi lo agradeció.
Había salido ya a la luz la furgoneta Kangoo, la que llevó, según la sentencia, a la pista islamista por una cinta de audio con versículos del Corán. Aquello de la cinta le pareció a Dezcallar una majadería y así se lo hizo saber a quien le preguntó. Desde el primer momento, puso en duda que se encontraran allí detonadores y restos de pólvora. ¿Qué clase de terroristas eran aquéllos? ¿Cómo dejaban esas trazas si no se habían suicidado y, por tanto, podían seguir atentando? ¿O es que acaso querían que la Policía los detuviera? No tenía ni pies ni cabeza.
Por eso puso tanto énfasis al declarar: «Yo me he enterado de su existencia por los medios». Quería marcar distancias.
Su información al Gobierno avaló la iniciativa de Palacio ante el Consejo de Seguridad de la ONU. Los firmantes de la declaración representaban a los nueve países más poderosos y, por tanto, con los mejores servicios secretos del mundo.
De hecho, la ministra ya había hablado por teléfono con el secretario de Estado estadounidense, Colin Powell, y la consejera de Seguridad, Condoleezza Rice, quienes le aseguraron no tener ningún dato de que Al Qaeda estuviera detrás de los atentados. Palacio era consciente de que el Consejo no había firmado la resolución por sus dotes de convicción o por su predicamento, sino porque los informes secretos de los nueve países coincidían en aquellas primeras horas: tenía que haber sido ETA.
La resolución se tomó por unanimidad. Si hubiera habido cualquier duda en alguno de esos países no habría salido adelante, dijera lo que dijera la ministra española.
Sin embargo, en la madrugada del 12-M la ministra no podía dormir. Estaba en juego no sólo el prestigio del Gobierno de España, sino también el suyo propio. Y es que un detalle le había desasosegado por la tarde. Era amiga del director de The Wall Street Journal desde hacía tiempo y por eso consideró que podía ser apropiado enviarle un artículo, firmado por ella, en el que se destacara la gravedad de lo sucedido y la monstruosidad que, en teoría, había cometido la banda etarra. Poco después de que se lo mandara, le llamó el propio director del diario para decirle: «Somos amigos desde hace tiempo. Por tu propio bien no vamos a publicarlo. Tenemos informaciones de que ha sido cosa del terrorismo islámico».
Palacio le contestó, algo molesta, que comprendía que a los americanos les viniera bien que la autoría fuese islamista. Era un año de elecciones en Estados Unidos y la Administración Bush estaba encantada de airear las maldades de Al Qaeda para recordar a sus votantes los atentados del 11-S, en Washington y Nueva York.
El director le dio algunos detalles que nadie podía saber entonces. Le explicó que ellos tenían sus propias informaciones, que iba a surgir una reivindicación islamista en Londres y que le hiciera caso.
Ana Palacio seguía dándole vueltas a todo aquello a las dos de la madrugada, casi a la misma hora en que teóricamente encontraban en la comisaría de Puente de Vallecas la mochila que sería determinante para que la Policía afirmara la culpabilidad de los que en pocas horas serían detenidos.
La ministra tenía una enorme consideración profesional hacia Jorge Dezcallar. Conocía la frialdad atinada de sus análisis, sobre todo en momentos de crisis. Por eso le llamó nuevamente y le sacó de la cama. Ya antes había hablado con él de la aparición de la furgoneta Kangoo en Alcalá, a la que Dezcallar le había quitado cualquier importancia.
Palacio le dejó claro que le llamaba como responsable del CNI y como experto. Le pedía información de forma oficial. Quería argumentos de autoridad. Dezcallar le tranquilizó por enésima vez de forma tajante: «En este tipo de atentados existe lo que nosotros llamamos ruido en el sistema. A veces estas informaciones no se saben analizar adecuadamente hasta que el hecho ha sucedido. Te puedo asegurar que he hablado con todos los servicios de Inteligencia importantes y nadie ha oído ningún ruido sobre este atentado concreto».
El CNI supo inmediatamente que Tel Aviv opinaba que el rey de Marruecos tenía la suficiente soberbia e infantilismo como para ser sospechoso, pero que aquello le sobrepasaba. No hubiera sido capaz, según los expertos israelíes, de dominar la estrategia y las consecuencias.
Dezcallar le insistió a Ana Palacio que alrededor de los atentados había un black out (oscuridad) total -fueron sus palabras textuales-. Por supuesto que el 27 de octubre de 2003 el CNI ya había avisado en un documento de la creciente hostilidad de Al Qaeda hacia España y la posibilidad de que hubiera en nuestro país células durmientes. Pero le añadió que los que se habían hecho responsables de las explosiones a través de un periódico en árabe editado en Londres eran unos cantamañanas sin credibilidad, y le citó el ejemplo de que habían reivindicado también el apagón de Nueva York. Le dejó meridianamente claro que, aunque a esas horas no descartaban ninguna posibilidad, ellos se inclinaban mayoritariamente por ETA. Podía tirarse tranquilamente a la piscina.
La ministra se fiaba absolutamente del criterio de Dezcallar. Sabía que el CNI tenía perfectamente controlada la red de marroquíes y argelinos que se movían por los locutorios de Lavapiés. Las credenciales del servicio secreto para dominar el terreno no podían ser mejores. Jorge Dezcallar, el primer civil nombrado como director del Centro, en 2001, y el primero que ostentó el cargo de secretario de Estado, era un verdadero especialista en el Magreb.
Había llegado de la mano del Rey. No era un hombre de Aznar, pero éste no dudaba de su competencia en materia de terrorismo islamista. La ministra conocía que acababa de simultanear el cargo de embajador en Rabat con el de jefe de antena del CNI en Marruecos. No era un paracaidista. Llevaba muchos años en esos menesteres.
Y con esa tranquilidad se metió la ministra, definitivamente, en la cama. Antes de dormirse, Ana Palacio enumeró mentalmente todas las veces que Dezcallar había asegurado, en las últimas reuniones mensuales de seguridad, los seguimientos en Lavapiés y en las mezquitas, la infiltración en asociaciones y pisos dormitorio, el control en locutorios, carnicerías y peluquerías. Tenían a sueldo a los individuos más destacados en relación a las corrientes islámicas radicales.
Por eso, tras los atentados del 11 de Marzo produjo estupor a los responsables de la Inteligencia la inmediata captura de los responsables y la aparición fulgurante de las pruebas en el mismo entorno que ellos más controlaban.
Sea como fuere, quien podía tener información más exacta sobre el tema llevó esa noche a la ministra por el camino contrario al que en pocas horas se consolidaría como verdad oficial incuestionable. La propia ministra reconocería más tarde que al Gobierno le habían proporcionado las Fuerzas de Seguridad -sin referirse a nadie en concreto- informaciones «no veraces e incompletas».
No caben más que dos explicaciones. O Dezcallar mentía abiertamente, cosa que nadie puede pensar en su sano juicio, o decía la verdad y después no tuvo más remedio que adaptarse a la postura oficial, por las razones de Estado que unificaron todos los criterios.
Dezcallar demostró mala memoria al declarar ante la Comisión del 11-M del Congreso en julio de 2004. Desmintió, eso sí, que hubiera habido imprevisión de la Inteligencia española respecto a un posible ataque islamista y se desvinculó de la autoría de Al Qaeda. Pero, al contrario de lo que había asegurado a la ministra de Exteriores, explicó que la pista etarra se fue disipando por las pruebas que fueron apareciendo, como la furgoneta de Alcalá, la tarjeta telefónica y la reivindicación a través de una cinta de vídeo.
Afirmó también que el CNI había quedado «fuera de juego» en las primeras investigaciones del Gobierno sobre los atentados y que no fueron invitados a ninguna reunión hasta el día 16 de marzo. Dejó patente, tras los atentados, que el Gobierno y la Policía habían marginado al CNI de sus primeras investigaciones.
A Dezcallar le ascendieron muy pronto, en junio de 2004, a las alturas vaticanas como embajador. En Roma vivió momentos angustiosos, como la muerte de su mujer, y momentos de alegría, como la boda de su hija. En realidad, no era un ascenso. Suponía el fin de su carrera profesional en Inteligencia. En el semestre anterior habían matado a todos sus hombres en Irak. Desde el 11-M, tendría que soportar para siempre la pesada carga de no haber sido capaz de evitar los terribles atentados.
Le sirvió de consuelo que el día que se marchó del Centro, y a pesar de los compañeros asesinados en Irak, recibió la más estruendosa ovación que se había escuchado nunca. Como buen profesional, todos los secretos, incluidos los del 11-M, se los llevará a la tumba. Resulta paradójico que al hombre al que los terroristas vencieron en su propio terreno de forma tan ostentosa el Gobierno le premie ahora con el puesto más prestigioso que puede alcanzar un diplomático.
A su número dos, María Dolores Villanueva, la mujer que más alto había llegado en el servicio secreto, el Gobierno entrante le reservaba un destino más desagradable. Se enteró de su cese cuando una mañana llegó a su despacho y, al intentar abrir su ordenador, se dio cuenta de que le habían clausurado las claves para llegar a los informes delicados. Juega Múgica, como siempre, con que el lector medio de "El Mundo" está entregado a sus tesis o es un desmemoriado qiue no recuerda lo que pasó hace cuatro años y lo que el propio Múgica ha publicado desde entonces.
El artículo, desde luego, es una vuelta total a la conspiranoia. Ya no hay ETA, Dezcallar es malo porque engañó a De palacio diciéndole que había sido ETA.
Obsérvese que Múgica culpa a Dezcallar de gran malvado porque "confirmó las tesis de Ana Palacio". Según el propio artículo de Múgica, la ministra, en realidad todo el Gobierno, se había metido él solito en un berenjenal a partir de la confusión aquella del "Titadyne con control detonante" versus "dinamita" que, en la conversación entre Díaz de la Morena con Santiago Cuadro, nutrió de oxígeno (falso oxígeno) al Gobierno, que pensó que la información le favorecía y se puso a contar a quien quiso escucharles que había sido ETA. Pudo haber (lo hubo) un error, pero no empezó en Dezcallar. A Dezcallar, si se equivocó apuntando a ETA, se le puede reprochar que se equivocase, y si mintió apuntando a ETA, que se plegase a las directrices del Gobierno Aznar, pero no tenemos ninguna prueba de que las cosas sucediesen como dice Fernando Múgica.
Sí, dime, Fernando Múgica ¿por qué tenemos que creerte a tí, en la "Versión de Múgica" nº 131245? Para ti el Gobierno se tiró a la piscina, intoxicó a diestro y siniestro y, doce horas después, la ministra, que no puede dormir, llama: "Jorge, he hecho una cosa muy mala; he acusado a ETA sin pruebas"; "Tranquila, Ana, has hecho bien", dice que le dijo Dezcallar.
El escenario de cuento de hadas de Múgica, empeñado en culpar a cualquiera que no haya sido degradado o condenado por el 11-M (curioso, yo creería que los culpables, en un paóis normal, había que buscarlos en los condenados) es absurdo hasta cuando presenta a un Consejo de Seguridad votando unánimemente porque "Si hubiera habido cualquier duda en alguno de esos países no habría salido adelante, dijera lo que dijera la ministra española". Ya. ´Las presiones que tuvo que aplicar el Gobierno para alcanzar dicha unanimidad se reducen aquí a una ministra con dotes oratorias más o menos nulas.
Vamos a ver, Múgica, que no te entiendo. Si según tú Dezcallar se equivocó tanto, o mintió tanto, si de Palacio tuvo luego tantos dudas; si sabemos que los rusos y alemanes trataron de no citar a ETA porque sus Servicios de Información (a los que lógicamente daban más credibilidad que a un Gobierno cuyo evidente interés electoral estaba en defender la postuira que defendió), si luego los mismos Gobiernos protestaron por la intoxicación ¿cómo quieres hacernos creer que no había ninguna duda entre los gobiernos del Consejo de Seguridad?
¿Se cree que somos tontos? Parece que sí.
Como dije antes, cuando en un país la gente no es culpable de asesinatos, robos, etc, tiende a mejorar. Así que Múgica tiene fácil insinuar que tal o cual persona ha ascendido.
Si un militar no ha sido condenado por crímenes, negligencias, etc, será ascendido porque así lo quiere el escalafón, y lo contrario será visto como muy malo. Lo mismo de la policía, o de otros cuerpos como los Guardias Civilies.
Pero le aconsejo a Múgica que publique un Antes...después de los actuales Direectores de los Hospitales de Madrid. Todos, o casi todos, han ascendido en los últimos cuatro años, o cobran más sueldo.
Piense en la situación de muchos políticos, no sólo del Gobierno, sino que piense en Cospedal, Soraya, o incluso en Zaplana, o Aznar, cuyo sueldo está hipermultiplicado ("sin duda para comprar su silencio, según Múgica)".
Le invito también a comprobar la situación laboral y económica de estos sujetos, cuya evidente mejora financiera o de poder no pueden ser debidas a otra cosa sino a que tienen "mucho que ocultar"
Luis Del Pino
Federico Jiménez Losantos
Lat, Coordinadora de peones
César Vidal manzanares
Fernando Múgica
Javier Oyarzábal
José Luis Abascal
Jaime del Burgo
Cristina López Schlichting
Cardenal Rouco Varela
Mario Gascón
Los Tres Peritos, que cobran más y son más famosos que antes
Alberto Cortina
Ignacio Villa
Sobrina de Rouco Varela
Risto Mejide
Pedro Jota Ramírez (¿creíais que no iba a aparecer?)
Pujalte
Esther la de "OT"
Earl el de "Yo soy Earl"
Montserrat Caballé...
:lol:
Múgica, "amigo", si a una persona no se le acusa, juzga ni condena por nada delictivo, pretender que se le haga boycott, no se le deje ascender, mejorar en el trabajo, etc, es ilegal. Así que...
La mentira tiene las patas cortas, pero calza zancos al lado de las exclusivas conspiracionistas
