01-08-2008, 21:32:29
Pues anda que éste...
¿Quién les ha contado a éstos que en el siglo de oro los asuntos se disputaban a verso limpio, y todos tan contentos? Quvedo, y Góngora, se insultaron de lo lindo, pero está por ver si ninguno de los dos pagó a alguna banda de rufianes para dar una somanta al otro. Y, desde luego, si no lo hicieron, es porque ambos tenían la posibilidad de usar la pluma, y el miedo a ser descubiertos si usaban la violencia,que ganas no les faltaron de dar matarile al otro.
Personas que, en el siglo de oro, no gozaban de los favores de la musa, o tenían el poder, dinero o impunidad suficiente, respondían a los insultos con destierros, encarcelamientos (véase el de Quevedo por orden, se cree, de Olivares), puñaladas y tiros (véase el asesinato de Juan de Tassis), y entre los menos pudientes, los insultos eran contestados con puñadas y palizas...
¿Cree de verdad Sánchez Dragó que en el Siglo de Oro se vivía mejor en el tema libertad de expresión? Que un Federico Jiménez Losantos, transformado por obra de magia en versificador ramplón (seamos serios: todos sus escritos no llegan a compararse con un soneto de Quevedo, Góngora o Lope), podría insultar a gusto y disgusto?
¡Já! Pronto lo veríamos como mínimo en galeras, pero a él, al contrario de Cervantes, no faltaría el dinero del rescate para que se lo queden. Porque, Don Fernando, no sé si se ha dado cuenta, es que ni sus compañeros de la prensa, siempre tan corporativistas, le defienden. Ni los de la derecha. Sólo el puñado de agradecidos al dinero de Pedro Jota que escribe en el mundo, y los que defienden al patrón en libertad digital, están con ustedes.
Y, una cosa, don jurista de pacotilla, usted que se permite establecer dónde quedan las leyes justas e injustas. Federico me insulta, día tras día, en un medio editorial de su propiedad, en una radio y en un periódico. Yo, que no soy periodista, no tengo prensa a mi servicio, y no me puedo defender, y ya que usted no me permite ponerle una querella por los insultos, no estoy en igualdad de condiciones. Pero como soy más forzudo que él, voy a usar mis músculos físicos, como él usa sus músculos literarios, y le voy a pegar una paliza que lo voy a doblar.
¿Cómo? ¿Qué eso es injusto? ¿Por qué? ¿Por qué no me ha pegado él? ¿Porque abulto doble que él, y tengo veinte años menos? Pero yo no le he impedido defenderse con las mismas armas que yo... ¿Cómo? ¿Que es ilegal? ¿Según qué leyes? ¡Pero es que yo digo que son injustas las leyes que impiden a un hombre más joven y forzudo pegar una paliza a un Federico! ¿Cree usted que las leyes puede hacerlas usted? ¿Por qué no yo?
Sustituya ahora músculos por Magnum 44... ¿Vio usted Taxi Driver, Don Fernando? A veces me imagino que soy un taxista de noche y voy a ver su programa al estudio... (Música de miedo)
Quote:TRIBUNA LIBREBarbaridades, una detrás de otra.
FERNANDO SANCHEZ DRAGO
Insultos
Estoy indignado. Tengo ganas de insultar. ¿A quién? A muchos. La indignación ceba la pluma y convierte la lengua en navaja viperina. Se pregunta este periódico por lo que hemos hecho bien y mal en 30 años de democracia. La sentencia condenatoria de Federico Jiménez Losantos responde, en parte, a lo segundo. Sin libertad de expresión no hay democracia posible. La justicia es a menudo, entre nosotros, lunática y prepotente, hace de su toga un sayo de sayón cuando le viene en gana, esgrime distintas varas de medir costillas según quién sea el imputado y eleva a palabra de Dios los antojos de cualquier magistradillo intoxicado por el discurso de valores dominante.
Lo de magistradillo, por cierto, y por si acaso, no es insulto, a tenor de la jurisprudencia sentada por los clásicos (autoridades, los llaman) y por los doctos legisladores de la Española en su gramática, sino mero diminutivo, aunque de intención -eso sí- despectiva. Lo de Española tampoco responde a voluntad de agravio, sino de acogimiento a lo que dicta el uso. ¿Digo bien, amigo De la Concha? ¿Estoy en lo cierto, amigo Anson? ¿Lo seréis, amigos, y me echaréis una mano si cae sobre mí, por culpa de la gracieta del diminutivo, todo el peso de la Ley Midas?
¿Ley Midas? No, no. Rey Midas, quería decir, aunque vuelto el pobre del revés, porque convierte en mierda cuanto toca. No tenemos, insinué antes y remacho ahora, libertad de expresión, aunque a veces parezca lo contrario. La magistratura, de momento, acaba de cargársela. De sabios y de justicia es decir Diego donde se dijo digo, señores de la Audiencia Provincial de Madrid. Están a tiempo. Libertad de expresión: ¿hay algo más expresivo que un insulto? ¿En qué se quedarían, sin ellos, los clásicos, que en cuestiones de lengua son -ya lo hemos dicho- la única judicatura competente?
Aclárenoslo el filólogo Pancracio Celdrán Gomariz, autor con autoridad de El Gran Libro de los Insultos recientemente publicado por La Esfera. Los hay, en esa obra, a mares, divertidos, jugosos, ingeniosos, apuntalados siempre por la voz del pueblo o de la literatura y admirablemente explicados por la erudición, la buena pluma, el sentido común y el del humor de quien los recopila. El insulto -dice Celdrán en el prólogo del glosario- es uno de los logros de la humanidad parlante y está justificado «siempre que evite llegar a las manos y que actúe como tubo de escape que ayuda a desfogarse». ¿Es, como dicen que dijo De Quincey, digresión, siempre, y nunca argumento recurrir al insulto? Según, según, porque, a veces, quien insulta, define, y quien eso hace, por definición, arguye.
Además, ¿en qué se quedarían los discursos, orales o escritos que sean, si no hubiese en ellos excursos? ¿Agreden o digreden -consiéntanme el neologismo García de la Concha, Anson y don Pancracio- Valle-Inclán en sus esperpentos y Cela en sus historias de ciegos y de tontos? ¿Podían Góngora, Quevedo, Cervantes y Lope, ejemplos obvios, insultar en su siglo, que lo era de monarquía absoluta, a quien les viniese en gana y no puede ahora Jiménez Losantos, muertos ya el Caudillo, Felipe II y el de Olivares, llamar a Zarzalejos o a Gallardón lo que más le pete? ¿Es eso democracia, Pedro Jota? ¿Hemos ido hacia delante o estamos yendo hacia atrás? ¿Dónde el sentido del humor, la correa y el florete? Respóndase al ingenio con ingenio, al insulto con insultos, a los argumentos -cuando los haya- con argumentos y con encogimiento de hombros, si tal se juzga oportuno, a las digresiones, pero no se refugie nunca el ofendido en las faldas de los jueces diciéndoles señoría, pupa, porque eso, además de ridículo, no es función de la justicia, pervierte el significado de ésta, la convierte en abuso de poder y, por ello, en déspotas a quienes la administran y en tribunales del Santo Oficio a los juzgados, resucita el espíritu de la Inquisición y, para colmo, desjarreta el de la democracia, cuyo talón es, en lo que a la libertad concierne, amigo Sancho, tan frágil como el de Aquiles.
No confundan los jueces la defensa del honor de las personas, por ser éste concepto de muy difícil definición y territorio de casi imposible delimitación, con la defensa de la intimidad, que es cosa harto concreta y zona bien roturada, ni, por supuesto, con la calumnia, que no es opinión vehemente, sino falsa y maliciosa información. ¿Delito el insulto? ¿Criminal quien insulta? Jiménez Losantos lo hace, sí, y supongo que seguirá haciéndolo, pues no es hombre que se arrugue, pero nadie se atreverá a negar, porque la evidencia lo abrumaría, que el periodista recién puesto en la picota a causa de sus insultos es una de las personas más insultadas del país. Procese quien lo ha condenado a los bocazas de la secta progre que desde hace mucho tiempo, impunes y por sus chicos del coro jaleados, dedican insultos de toda laya, soeces y desprovistos de ingenio, a un hombre que les da, por cultura, inteligencia, independencia, congruencia, coraje, chispa, amenidad y fluidez, sopas de ajo picante con honda: la de David frente a Goliat, frente a Rajoy y Zapatero, frente al PSOE y el PP, frente a los nacionalistas y los terroristas, frente a El País, Abc, la Ser, la prensa catalana e, incluso, si me apuran, frente a este periódico y lo que su director escribe. Ahí duele.
Se ataca a Federico por envidia y aristofobia: el mal de España. Y por eso, que es vileza, y no porque yo esté de acuerdo o no con lo que dice ni haga mía su manera de decirlo, es por lo que hoy, sin miedo a Midas ni a los progres, cierro filas con él en defensa de la democracia, de las leyes justas y del derecho de cualquier periodista -cualquiera, digo, de cualquier grupo o cuerda que sea- a expresar su opinión en los términos que considere oportunos. ¿Insultantes? Allá él. No es mi estilo, pero... ¡Vive la difference! ¿Qué sería de nosotros, y de la democracia, si todos fuéramos iguales?
Fernando Sánchez Dragó es escritor y columnista de EL MUNDO.
¿Quién les ha contado a éstos que en el siglo de oro los asuntos se disputaban a verso limpio, y todos tan contentos? Quvedo, y Góngora, se insultaron de lo lindo, pero está por ver si ninguno de los dos pagó a alguna banda de rufianes para dar una somanta al otro. Y, desde luego, si no lo hicieron, es porque ambos tenían la posibilidad de usar la pluma, y el miedo a ser descubiertos si usaban la violencia,que ganas no les faltaron de dar matarile al otro.
Personas que, en el siglo de oro, no gozaban de los favores de la musa, o tenían el poder, dinero o impunidad suficiente, respondían a los insultos con destierros, encarcelamientos (véase el de Quevedo por orden, se cree, de Olivares), puñaladas y tiros (véase el asesinato de Juan de Tassis), y entre los menos pudientes, los insultos eran contestados con puñadas y palizas...
¿Cree de verdad Sánchez Dragó que en el Siglo de Oro se vivía mejor en el tema libertad de expresión? Que un Federico Jiménez Losantos, transformado por obra de magia en versificador ramplón (seamos serios: todos sus escritos no llegan a compararse con un soneto de Quevedo, Góngora o Lope), podría insultar a gusto y disgusto?
¡Já! Pronto lo veríamos como mínimo en galeras, pero a él, al contrario de Cervantes, no faltaría el dinero del rescate para que se lo queden. Porque, Don Fernando, no sé si se ha dado cuenta, es que ni sus compañeros de la prensa, siempre tan corporativistas, le defienden. Ni los de la derecha. Sólo el puñado de agradecidos al dinero de Pedro Jota que escribe en el mundo, y los que defienden al patrón en libertad digital, están con ustedes.
Y, una cosa, don jurista de pacotilla, usted que se permite establecer dónde quedan las leyes justas e injustas. Federico me insulta, día tras día, en un medio editorial de su propiedad, en una radio y en un periódico. Yo, que no soy periodista, no tengo prensa a mi servicio, y no me puedo defender, y ya que usted no me permite ponerle una querella por los insultos, no estoy en igualdad de condiciones. Pero como soy más forzudo que él, voy a usar mis músculos físicos, como él usa sus músculos literarios, y le voy a pegar una paliza que lo voy a doblar.
¿Cómo? ¿Qué eso es injusto? ¿Por qué? ¿Por qué no me ha pegado él? ¿Porque abulto doble que él, y tengo veinte años menos? Pero yo no le he impedido defenderse con las mismas armas que yo... ¿Cómo? ¿Que es ilegal? ¿Según qué leyes? ¡Pero es que yo digo que son injustas las leyes que impiden a un hombre más joven y forzudo pegar una paliza a un Federico! ¿Cree usted que las leyes puede hacerlas usted? ¿Por qué no yo?
Sustituya ahora músculos por Magnum 44... ¿Vio usted Taxi Driver, Don Fernando? A veces me imagino que soy un taxista de noche y voy a ver su programa al estudio... (Música de miedo)
La mentira tiene las patas cortas, pero calza zancos al lado de las exclusivas conspiracionistas
