21-08-2008, 07:33:32
Manel, como siempre, imprescindible:
http://www.hispalibertas.es/opi/gozalbo/...manel.html
Cualquiera con unas mil horas de vuelo en la Internet sabe qué es un troll y ha sufrido su mal rollo en alguna ocasión. Los trolls —los auténticos, no los efímeros cachondos mentales— son pelmas con causa, víctimas de la agria injusticia de no ser valorados mundialmente como sin duda merecen. Personajes más trágicos cuanto más en serio se toman a sí mismos, caricaturescos cuanto altivos, suelen dominar el secreto de maquinarias morrocotudas, habitualmente la Historia Universal, cuyas complejas interacciones descifran igual que otros respiramos. Es probable que también haya por ahí un déficit de cariño que les impulsa a plantarse ante los demás, abrirse la gabardina cibernética y enseñar la minga punto com, cuyo exagerado tamaño o pulimentado lustre se supone que ha de impresionar al respetable, que es fama que la tiene arrugadita, ensimismada y cubierta de musgo.
Ningún escarnio le desanima y sigue trolleando como si nada, a cuestas con su monotema. Y porque no cree que los demás sean lo idiotas que aparentan, el troll pronto se desploma mentalmente en el catre siempre confortable del conspiracionismo. Lo mire como lo mire, es él contra el mundo y viceversa, o sea él contra el mundo y contra viceversa. Insulta por abreviar, siempre indica la dirección de su página para beneficiar a la comunidad y sigue incordiando con su monotema porque, como aquel de los Blues Brothers, está en una misión de Dios. Su insistencia es contraproducente, pero se resiste a admitir que con su actitud desacredita lo que defiende. Le banean, o le vetan si en el blog son finolis, porque son esbirros de la conjura universal que ha descubierto; se ríen de él porque los malos siempre se ríen cuando deciden matar al chico, o por envidia cochina, o por estar a sueldo de siniestros intereses.
Hasta aquí todo sabido. Todos conocemos al menos tres fulanos que casan con la descripción. No despiertan cariño precisamente. Vamos, que yo no conozco ninguna Asociación para la Promoción y Propagación del Simpático Troll o similares, dejando aparte los tristes desvaríos del sargento chusquero de los iluminati, Pepiño Blanco, dando instrucciones a los suyos en ese sentido poco antes de las últimas elecciones. Por eso lo asombroso, lo raro de cojones, es cómo ese espécimen, que se detecta online con los ojos cerrados, logra dar esquinazo a tantos incautos en lo que por convención llamamos el mundo real, i.e. la caótica parte offline de la vida donde Don't Feed the Troll se convierte en Sue the Troll. Recurriendo a la actualidad, ahí está por ejemplo el caso de Jiménez Losantos, un troll tamaño cordillera pirenaica que además no se esfuerza en disimular. Y cuela. O por ser más exacto: y tragan.
Que cumple con los requisitos salta a la vista. Se toma tan en serio a sí mismo como Julio César en Astérix, y no tiene empacho en confesar que se ha servido de la COPE para promocionar su página (que viene a ser como si uno aprovecha el teléfono del trabajo para ligar o llamar a números eróticos de esos). La injusticia de no ser mundialmente vitoreado le ha llevado toda su vida a ser un hombre rodeado de sí mismo por todas partes menos por una, y quizá por ello las discusiones con su panda de la radio consistan mayormente en un rosario de razonadísimos «sí, sí, estoy de acuerdo» en pos de la federiquez más afedericada. En cuanto a su déficit de cariño, cabe sospechar del hecho de que su panda de la radio sea también su panda en Libertad Digital y su panda en la ruinosa Libertad Digital Televisión, donde para confirmar que no son nada sectarios —o tal vez para ilustrar que se trata de un negocio familiar estricto— se entrevistan incansablemente unos a otros, se elogian los libros unos a otros y, en atrevimiento digno de una revista porno, hasta se escriben prólogos unos a otros. Muchos nombres de la Barcelona que fue están en la LD que es, no digo más.
11-M al margen, que fue más negocio sobrevenido que otra cosa, Losantos es un conspiracionista de championslí, como la boyante economía personal de Zapatero. Todo lo que hacen los demás son campañas, la mayoría contra él y lo suyo, y todo lo que hace él es defenderse. Es un mundo opresivo bastante natural cuando se tiene la irreprimible manía de identificarse personalmente con cualesquiera causas que tenga a bien defender —por decirlo en teológico, creerse su hipóstasis—, demostrando así, cosas veredes, que el nacionalismo pesa más en él que el liberalismo. Sus seguidores, que son legión, le perdonan los sucesivos bandazos —si llegan a percibirlos, que esa es otra y bastante dudosa— por la misma razón que uno de ERC quita importancia a las payasadas de Joan Puig: aquel peca por España, y este por Catalunya. Y es que no resulta difícil aficionarse al federiquismo: consiste en que a uno le guste la llamada a filas para combatir el inminente fin del mundo, o que disfrute con el ulular de la sirena de emergencia las veinticuatro horas, o que se lo pase pipa previendo todo tipo de males, catástrofes y ardides de los demás, renovando el género —como si no mirara nadie— cuando las previsiones no se cumplen.
Eso explica las cómicas e irreflexivas reacciones de nuestro hombre al segundo palmetazo judicial que recibe en poco tiempo, que de hecho solo prefigura los garrotazos viles que recibirá a finales de año por asuntos bastante más graves (ahí no valdrá alegar que todo era broma, que lo suyo es la sátira y la burla quevedesca, el jijijí jajajá). Siendo tan palmario que los insultos a Zarzalejos han sido la enésima venganza personal de Losantos vendida como «causa noble», mueve a perpleja hilaridad que el condenado recurra, oootra veeez, al victimismo del me tienen manía porque soy tan listo que he descubierto el cambio de régimen que pretenden zarzalejos, cebrianes y gallardones —véase que todo aquel que le planta cara es engranaje del cambio de régimen, ninguno va por libre—, presumiendo de paso de sus dificultades de lectura del artículo 20 de la Constitución, que la última vez que lo leí mencionaba expresamente el derecho al honor como uno de los límites de la libertad de expresión. No sé yo si cuando condenaron a Todos somos Rubianes se nos alertó de que España estaba en grave peligro o algo.
(Honor, por cierto, le parece ahora —y cuando lo de Gallardón— un área nebulosa y de sentido incierto, pero no se lo parecía cuando alardeó de enfrentarse a la Casa Real en 2004 porque esta no reaccionaba ante una mentira de Almodóvar y la consellera Tura «que tan obviamente afrentaba al honor del PP, sus militantes y sus diez millones de votantes», mientras él se «empeñaba en defender el honor del PP ... y de la democracia española». Sin duda, he ahí un caso agudo de humos subidos.)
Aunque, ya puestos en eso de la vis cómica, la de Girauta no está menos eclosionada (énfasis añadido):
Alguien considerado enemigo del sistema, mascarón de proa de una nave que cabalga las ondas y cuyo naufragio ha sido decidido (sin apelación) en tenebrosos despachos.
Tenebrosos despachos puestos en acción para nada menos que atajar que Losantos revelase que al temible espía internacional Zarzalejos —más conocido en SPECTRA como Carcalejos— cabe llamarle ridículo, bobo, avieso, gerifalte, zote, desdichado, necio, inútil, carca, sicario, mentiroso, embustero, analfabeto funcional, zoquete, escobilla para los restos, detritus, chapuza, infausto, cosa grotesca, fracasado, pobre diablo, irresponsable, traidor, presunto director, responsable del trabajo sucio, vergüenza intelectual, nulidad, ruina/ruindad, pobre enfermo, despojo intelectual, pésimo director, director incompetente, ignorante, provinciano intelectual y calvorotas de una ingenuidad provinciana pavorosa. Cuesta creer que los planes criminosos de SPECTRA puedan exponerse con mayor profusión de detalles. Con esa lista y un destornillador de estrella, McGyver desmontaría el submarino de los malos.
El editorialista de El Mundo sabía todo esto cuando escribió, el pasado 31 de julio, que se trataba de una «polémica pública» (donde solo insulta uno) y que el recurso a la vía civil era de nenazas, equivalente a «una cierta derrota intelectual», porque los tíos machotes pueden refutar «la sátira con la sátira y el denuesto con el ingenio». Sí señor, Zarzalejos tendría que haber llamado a Losantos cara de sapo, enano, Fedeguico, talibán de sacristía, libegal, mandril y todo lo que se tercie. Y FJL habría cantado albricias, no como ahora, cuando la nenaza, según él, «de forma astutamente torticera y lacrimosa ha presentado una típica pelea política entre medios de comunicación como el asalto a un pobre padre de familia indefenso por parte de un periodista omnipotente y malvado». Oh, cuánta razón. ¿Quién, ante los altos y trabajados conceptos del párrafo precedente, no concederá que se trata de una típica pelea política? ¡Pero si lo vemos a diario en la Internet!: Facha tu padre, rojo de mierda, progre infecto, nazi, maketo, chequista, nazionata, se apellidan sesudamente unos a otros... ¿Y quién, por Belcebú, se atreverá a negar lo igualada e incierta que sería una batalla naval entre la Séptima Flota y el balandro del tío Perico?
Hasta aquí llegó la riada. Federico, deja la novela y atiende un momento.
Han pasado exactamente cuatro años, un mes y un día, como en las condenas de verdad, que protesté por primera vez que el rumbo emprendido por FJL no conducía a puerto. Si la bronca servía a sus intereses personales —pese a reveses judiciales— e incluso a los de la COPE, al siempre escuálido liberalismo español iba a hacerle la puñeta. Con el tiempo, los síntomas de 2004 se han convertido en graves enfermedades. Las objeciones que se me plantearon entonces pecaron de miopía, pero más jodido resulta advertir que, en el fondo, a los miopes no les importaba no ver tres en un burro siempre que pudieran darle caña a los tres y al burro. FJL ha criado una tropa a la que puede llamar, con toda propiedad, «los míos». Entrenados en morder al discrepante, fantasear y perder juicios y elecciones. Destrísimos progres de derechas para machacar a los progres de izquierdas.
Losantos, cuya cultura e inteligencia son bastante menores de lo que proclama la embobada tropa y cree él mismo —también lo señalé hace tiempo, con ayuda de ejemplos sangrantes—, dispone de un plácido mes miamense (o de balsero de lujo) para replantearse la situación. La suya personal. La suya profesional. La del liberalismo que dice cultivar. Porque no hay que invertir tanto en posos de café para adivinar en qué desairada posición quedará ante la Conferencia Episcopal —olvidemos aquí la opinión pública— si alguna de las querellas que se verán a final de año —la de Sánchez Manzano, la del SUP, la de Rodolfo Ruiz u otra que se me olvida— se sustancia de nuevo en su contra. Tiene numeritos a gogó, pues las barbaridades y calumnias a cuento del 11-M, o por las perentorias necesidades mercantiles de la conspiranoia nacida en su derredor, han sido de grueso calibre.
Se trata de la clásica disyuntiva entre sostenella o enmendalla. A estas alturas nada aliviará su, ejem, horizonte penal, pero todavía está en posición de rendir servicios a todo aquello en que dice creer y a tiempo de regenerar su crédito. Si tiene razón, no le costará argumentar sin insultos, motes, apodos y desprecios varios; si la tiene, seguro que encuentra el modo de exponer sus ideas de manera cristalina e inapelable; si de verdad la tiene, hasta es posible que renuncie a ser el lobby feroz de un determinado PP. Si está convencido de lo que dice, no le costará dar cancha a tertulianos que discrepen de él al menos una vez al trimestre; si lo está, seguro que será capaz de recuperar la llamada de las 8:10, que ha desaparecido por falta de nadie importante que se quiera poner al teléfono; si de verdad lo está, hasta es posible que baje del pedestal y reconozca que se ha equivocado, pero mucho, en el planteamiento de ciertas materias sensibles. Y si le preocupa todo esto, dejará de soltar carcundia y aprenderá que se dice carcunda.
Por decirlo en mode thriller on: es hora de matar al personaje construido durante este tiempo. Al gritón intolerante. Al apocalíptico insensato. Al salvapatrias. Al libegal. Al conspiranoico. Al troll.
http://www.hispalibertas.es/opi/gozalbo/...manel.html
Cualquiera con unas mil horas de vuelo en la Internet sabe qué es un troll y ha sufrido su mal rollo en alguna ocasión. Los trolls —los auténticos, no los efímeros cachondos mentales— son pelmas con causa, víctimas de la agria injusticia de no ser valorados mundialmente como sin duda merecen. Personajes más trágicos cuanto más en serio se toman a sí mismos, caricaturescos cuanto altivos, suelen dominar el secreto de maquinarias morrocotudas, habitualmente la Historia Universal, cuyas complejas interacciones descifran igual que otros respiramos. Es probable que también haya por ahí un déficit de cariño que les impulsa a plantarse ante los demás, abrirse la gabardina cibernética y enseñar la minga punto com, cuyo exagerado tamaño o pulimentado lustre se supone que ha de impresionar al respetable, que es fama que la tiene arrugadita, ensimismada y cubierta de musgo.
Ningún escarnio le desanima y sigue trolleando como si nada, a cuestas con su monotema. Y porque no cree que los demás sean lo idiotas que aparentan, el troll pronto se desploma mentalmente en el catre siempre confortable del conspiracionismo. Lo mire como lo mire, es él contra el mundo y viceversa, o sea él contra el mundo y contra viceversa. Insulta por abreviar, siempre indica la dirección de su página para beneficiar a la comunidad y sigue incordiando con su monotema porque, como aquel de los Blues Brothers, está en una misión de Dios. Su insistencia es contraproducente, pero se resiste a admitir que con su actitud desacredita lo que defiende. Le banean, o le vetan si en el blog son finolis, porque son esbirros de la conjura universal que ha descubierto; se ríen de él porque los malos siempre se ríen cuando deciden matar al chico, o por envidia cochina, o por estar a sueldo de siniestros intereses.
Hasta aquí todo sabido. Todos conocemos al menos tres fulanos que casan con la descripción. No despiertan cariño precisamente. Vamos, que yo no conozco ninguna Asociación para la Promoción y Propagación del Simpático Troll o similares, dejando aparte los tristes desvaríos del sargento chusquero de los iluminati, Pepiño Blanco, dando instrucciones a los suyos en ese sentido poco antes de las últimas elecciones. Por eso lo asombroso, lo raro de cojones, es cómo ese espécimen, que se detecta online con los ojos cerrados, logra dar esquinazo a tantos incautos en lo que por convención llamamos el mundo real, i.e. la caótica parte offline de la vida donde Don't Feed the Troll se convierte en Sue the Troll. Recurriendo a la actualidad, ahí está por ejemplo el caso de Jiménez Losantos, un troll tamaño cordillera pirenaica que además no se esfuerza en disimular. Y cuela. O por ser más exacto: y tragan.
Que cumple con los requisitos salta a la vista. Se toma tan en serio a sí mismo como Julio César en Astérix, y no tiene empacho en confesar que se ha servido de la COPE para promocionar su página (que viene a ser como si uno aprovecha el teléfono del trabajo para ligar o llamar a números eróticos de esos). La injusticia de no ser mundialmente vitoreado le ha llevado toda su vida a ser un hombre rodeado de sí mismo por todas partes menos por una, y quizá por ello las discusiones con su panda de la radio consistan mayormente en un rosario de razonadísimos «sí, sí, estoy de acuerdo» en pos de la federiquez más afedericada. En cuanto a su déficit de cariño, cabe sospechar del hecho de que su panda de la radio sea también su panda en Libertad Digital y su panda en la ruinosa Libertad Digital Televisión, donde para confirmar que no son nada sectarios —o tal vez para ilustrar que se trata de un negocio familiar estricto— se entrevistan incansablemente unos a otros, se elogian los libros unos a otros y, en atrevimiento digno de una revista porno, hasta se escriben prólogos unos a otros. Muchos nombres de la Barcelona que fue están en la LD que es, no digo más.
11-M al margen, que fue más negocio sobrevenido que otra cosa, Losantos es un conspiracionista de championslí, como la boyante economía personal de Zapatero. Todo lo que hacen los demás son campañas, la mayoría contra él y lo suyo, y todo lo que hace él es defenderse. Es un mundo opresivo bastante natural cuando se tiene la irreprimible manía de identificarse personalmente con cualesquiera causas que tenga a bien defender —por decirlo en teológico, creerse su hipóstasis—, demostrando así, cosas veredes, que el nacionalismo pesa más en él que el liberalismo. Sus seguidores, que son legión, le perdonan los sucesivos bandazos —si llegan a percibirlos, que esa es otra y bastante dudosa— por la misma razón que uno de ERC quita importancia a las payasadas de Joan Puig: aquel peca por España, y este por Catalunya. Y es que no resulta difícil aficionarse al federiquismo: consiste en que a uno le guste la llamada a filas para combatir el inminente fin del mundo, o que disfrute con el ulular de la sirena de emergencia las veinticuatro horas, o que se lo pase pipa previendo todo tipo de males, catástrofes y ardides de los demás, renovando el género —como si no mirara nadie— cuando las previsiones no se cumplen.
Eso explica las cómicas e irreflexivas reacciones de nuestro hombre al segundo palmetazo judicial que recibe en poco tiempo, que de hecho solo prefigura los garrotazos viles que recibirá a finales de año por asuntos bastante más graves (ahí no valdrá alegar que todo era broma, que lo suyo es la sátira y la burla quevedesca, el jijijí jajajá). Siendo tan palmario que los insultos a Zarzalejos han sido la enésima venganza personal de Losantos vendida como «causa noble», mueve a perpleja hilaridad que el condenado recurra, oootra veeez, al victimismo del me tienen manía porque soy tan listo que he descubierto el cambio de régimen que pretenden zarzalejos, cebrianes y gallardones —véase que todo aquel que le planta cara es engranaje del cambio de régimen, ninguno va por libre—, presumiendo de paso de sus dificultades de lectura del artículo 20 de la Constitución, que la última vez que lo leí mencionaba expresamente el derecho al honor como uno de los límites de la libertad de expresión. No sé yo si cuando condenaron a Todos somos Rubianes se nos alertó de que España estaba en grave peligro o algo.
(Honor, por cierto, le parece ahora —y cuando lo de Gallardón— un área nebulosa y de sentido incierto, pero no se lo parecía cuando alardeó de enfrentarse a la Casa Real en 2004 porque esta no reaccionaba ante una mentira de Almodóvar y la consellera Tura «que tan obviamente afrentaba al honor del PP, sus militantes y sus diez millones de votantes», mientras él se «empeñaba en defender el honor del PP ... y de la democracia española». Sin duda, he ahí un caso agudo de humos subidos.)
Aunque, ya puestos en eso de la vis cómica, la de Girauta no está menos eclosionada (énfasis añadido):
Alguien considerado enemigo del sistema, mascarón de proa de una nave que cabalga las ondas y cuyo naufragio ha sido decidido (sin apelación) en tenebrosos despachos.
Tenebrosos despachos puestos en acción para nada menos que atajar que Losantos revelase que al temible espía internacional Zarzalejos —más conocido en SPECTRA como Carcalejos— cabe llamarle ridículo, bobo, avieso, gerifalte, zote, desdichado, necio, inútil, carca, sicario, mentiroso, embustero, analfabeto funcional, zoquete, escobilla para los restos, detritus, chapuza, infausto, cosa grotesca, fracasado, pobre diablo, irresponsable, traidor, presunto director, responsable del trabajo sucio, vergüenza intelectual, nulidad, ruina/ruindad, pobre enfermo, despojo intelectual, pésimo director, director incompetente, ignorante, provinciano intelectual y calvorotas de una ingenuidad provinciana pavorosa. Cuesta creer que los planes criminosos de SPECTRA puedan exponerse con mayor profusión de detalles. Con esa lista y un destornillador de estrella, McGyver desmontaría el submarino de los malos.
El editorialista de El Mundo sabía todo esto cuando escribió, el pasado 31 de julio, que se trataba de una «polémica pública» (donde solo insulta uno) y que el recurso a la vía civil era de nenazas, equivalente a «una cierta derrota intelectual», porque los tíos machotes pueden refutar «la sátira con la sátira y el denuesto con el ingenio». Sí señor, Zarzalejos tendría que haber llamado a Losantos cara de sapo, enano, Fedeguico, talibán de sacristía, libegal, mandril y todo lo que se tercie. Y FJL habría cantado albricias, no como ahora, cuando la nenaza, según él, «de forma astutamente torticera y lacrimosa ha presentado una típica pelea política entre medios de comunicación como el asalto a un pobre padre de familia indefenso por parte de un periodista omnipotente y malvado». Oh, cuánta razón. ¿Quién, ante los altos y trabajados conceptos del párrafo precedente, no concederá que se trata de una típica pelea política? ¡Pero si lo vemos a diario en la Internet!: Facha tu padre, rojo de mierda, progre infecto, nazi, maketo, chequista, nazionata, se apellidan sesudamente unos a otros... ¿Y quién, por Belcebú, se atreverá a negar lo igualada e incierta que sería una batalla naval entre la Séptima Flota y el balandro del tío Perico?
Hasta aquí llegó la riada. Federico, deja la novela y atiende un momento.
Han pasado exactamente cuatro años, un mes y un día, como en las condenas de verdad, que protesté por primera vez que el rumbo emprendido por FJL no conducía a puerto. Si la bronca servía a sus intereses personales —pese a reveses judiciales— e incluso a los de la COPE, al siempre escuálido liberalismo español iba a hacerle la puñeta. Con el tiempo, los síntomas de 2004 se han convertido en graves enfermedades. Las objeciones que se me plantearon entonces pecaron de miopía, pero más jodido resulta advertir que, en el fondo, a los miopes no les importaba no ver tres en un burro siempre que pudieran darle caña a los tres y al burro. FJL ha criado una tropa a la que puede llamar, con toda propiedad, «los míos». Entrenados en morder al discrepante, fantasear y perder juicios y elecciones. Destrísimos progres de derechas para machacar a los progres de izquierdas.
Losantos, cuya cultura e inteligencia son bastante menores de lo que proclama la embobada tropa y cree él mismo —también lo señalé hace tiempo, con ayuda de ejemplos sangrantes—, dispone de un plácido mes miamense (o de balsero de lujo) para replantearse la situación. La suya personal. La suya profesional. La del liberalismo que dice cultivar. Porque no hay que invertir tanto en posos de café para adivinar en qué desairada posición quedará ante la Conferencia Episcopal —olvidemos aquí la opinión pública— si alguna de las querellas que se verán a final de año —la de Sánchez Manzano, la del SUP, la de Rodolfo Ruiz u otra que se me olvida— se sustancia de nuevo en su contra. Tiene numeritos a gogó, pues las barbaridades y calumnias a cuento del 11-M, o por las perentorias necesidades mercantiles de la conspiranoia nacida en su derredor, han sido de grueso calibre.
Se trata de la clásica disyuntiva entre sostenella o enmendalla. A estas alturas nada aliviará su, ejem, horizonte penal, pero todavía está en posición de rendir servicios a todo aquello en que dice creer y a tiempo de regenerar su crédito. Si tiene razón, no le costará argumentar sin insultos, motes, apodos y desprecios varios; si la tiene, seguro que encuentra el modo de exponer sus ideas de manera cristalina e inapelable; si de verdad la tiene, hasta es posible que renuncie a ser el lobby feroz de un determinado PP. Si está convencido de lo que dice, no le costará dar cancha a tertulianos que discrepen de él al menos una vez al trimestre; si lo está, seguro que será capaz de recuperar la llamada de las 8:10, que ha desaparecido por falta de nadie importante que se quiera poner al teléfono; si de verdad lo está, hasta es posible que baje del pedestal y reconozca que se ha equivocado, pero mucho, en el planteamiento de ciertas materias sensibles. Y si le preocupa todo esto, dejará de soltar carcundia y aprenderá que se dice carcunda.
Por decirlo en mode thriller on: es hora de matar al personaje construido durante este tiempo. Al gritón intolerante. Al apocalíptico insensato. Al salvapatrias. Al libegal. Al conspiranoico. Al troll.
