A la pena impuesta en las condenas por violencia doméstica se une una fuerte estigmatización social que en muchas ocasiones es más difícil de sobrellevar para el reo que la propia condena. Algo que, cuando la culpabilidad del condenado es dudosa, resulta bastante injusto.
Voy a relatar un caso real ocurrido en mi ciudad, que me parece buena muestra de lo que digo. Tenemos un concejal del partido A que atraviesa una crisis matrimonial. De hecho, está prácticamente separado de su mujer, aunque por razones digamos logísticas siguen compartiendo techo. La convivencia está muy deteriorada (esas cosas pasan) y ella le cuenta que mantiene una relación con otro hombre (esas cosas también pasan). Durante la discusión, él la insulta. Ella se enfada y, sin pensarlo dos veces, lo denuncia por esos insultos. Ante el juez, él reconoce su culpa; éste le impone una pena poco menos que simbólica y cada uno para su casita. A mi juicio una anécdota triste, pero sin la menor importancia. En una discusión acalorada uno puede decir cosas que en frío lamentará , y si la otra persona se siente realmente ofendida, pues para eso están los jueces.
Pero hete aquí que un concejal del partido B, entonces en la oposición, se entera de la historia. Arteramente, la deja caer en una charla informal con periodistas: "¿Sabéis que a Fulanito lo han condenado por malos tratos?" Por fortuna, en este caso, los medios contrastan la noticia: llaman a las partes implicadas y tras oírlas consideran que el suceso carece de relevancia, que está siendo utilizado por el grupo B para desgastar al partido A y que no merece ser publicado. Sólo un periódico le dedica al asunto una brevísima nota en una página interior.
No obstante, y aunque no trascendió demasiado, se empieza a hablar en círculos políticos del tema. El alcalde, previendo que la bola de nieve pueda crecer y pueda afectar a la imagen del ayuntamiento, llama al concejal y le pide que dimita. De nada sirve que la mujer se plante en su despacho y que hable con él y con todo el que quiere oírla: "Mire, yo he roto con mi marido y prácticamente no nos dirigimos la palabra, pero no me ha maltratado. Fueron unos insultos puntuales en una discusión de pareja; los dos perdimos los estribos, él me llamó puta y yo lo denuncié. Punto. Es un buen hombre." Pero nada. Tal y como está el patio, no se puede tener a un "maltratador" en el equipo, una vez que te ponen la etiqueta nadie va a pararse en matices: la gente lee los titulares, no la letra pequeña. La carrera del político de que hablamos, por supuesto, se ha ido al garete. Injustamente, creo.
Voy a relatar un caso real ocurrido en mi ciudad, que me parece buena muestra de lo que digo. Tenemos un concejal del partido A que atraviesa una crisis matrimonial. De hecho, está prácticamente separado de su mujer, aunque por razones digamos logísticas siguen compartiendo techo. La convivencia está muy deteriorada (esas cosas pasan) y ella le cuenta que mantiene una relación con otro hombre (esas cosas también pasan). Durante la discusión, él la insulta. Ella se enfada y, sin pensarlo dos veces, lo denuncia por esos insultos. Ante el juez, él reconoce su culpa; éste le impone una pena poco menos que simbólica y cada uno para su casita. A mi juicio una anécdota triste, pero sin la menor importancia. En una discusión acalorada uno puede decir cosas que en frío lamentará , y si la otra persona se siente realmente ofendida, pues para eso están los jueces.
Pero hete aquí que un concejal del partido B, entonces en la oposición, se entera de la historia. Arteramente, la deja caer en una charla informal con periodistas: "¿Sabéis que a Fulanito lo han condenado por malos tratos?" Por fortuna, en este caso, los medios contrastan la noticia: llaman a las partes implicadas y tras oírlas consideran que el suceso carece de relevancia, que está siendo utilizado por el grupo B para desgastar al partido A y que no merece ser publicado. Sólo un periódico le dedica al asunto una brevísima nota en una página interior.
No obstante, y aunque no trascendió demasiado, se empieza a hablar en círculos políticos del tema. El alcalde, previendo que la bola de nieve pueda crecer y pueda afectar a la imagen del ayuntamiento, llama al concejal y le pide que dimita. De nada sirve que la mujer se plante en su despacho y que hable con él y con todo el que quiere oírla: "Mire, yo he roto con mi marido y prácticamente no nos dirigimos la palabra, pero no me ha maltratado. Fueron unos insultos puntuales en una discusión de pareja; los dos perdimos los estribos, él me llamó puta y yo lo denuncié. Punto. Es un buen hombre." Pero nada. Tal y como está el patio, no se puede tener a un "maltratador" en el equipo, una vez que te ponen la etiqueta nadie va a pararse en matices: la gente lee los titulares, no la letra pequeña. La carrera del político de que hablamos, por supuesto, se ha ido al garete. Injustamente, creo.
