Bueno, lo que dice Manel es complementario y no contradictorio, aunque resulte una explicación pobre, también a mi juicio: La contraprestación obligada, el pago por los servicios o la sóla venta de periódicos no explica suficientemente la contumaz insistencia pedrojotiana. No lo digo yo, lo dice el que más sabe sobre la Teoria de la conspiración, su creador, autor intelectual y padre de la criatura, Pedro J. Ramírez: "debemos comenzar a ocuparnos de cómo mantener con vida esta media criatura que ha tenido a bien entregarnos.” Esto es toda una declaración de principios, más bien una declaración de guerra contra el juez. Circunstancia que se vio agravada posteriormente para Pedro J. por lo antes explicado: la pérdida de crédito en el ambito periodistico evidenciada por una sentencia adversa a sus intereses, la debacle en las elecciones y la rebelión de Rajoy (que a su vez ocasiona la campaña de acoso y derribo para colocar a Aguirre, la única que podría redimirle y reponer sus privilegios de poder, influencia y pasta gansa), y, de colofón, las querellas y denuncias.
En su carta, hecha en caliente, se observan todas las claves. ¡Pero si Ramírez -que no tiene un pelo de tonto-, creyendo íntimamente que Bermúdez apreciaría sus desvelos para colocarle al frente del Tribunal de lo Penal, que habría de saber lo que Ramírez más deseaba y actuaría con generosidad el Juez devolviéndole los favores, tan convencido estaba Ramírez de que sentenciaría a su favor que hasta procuró no reunirse con el Juez antes de la sentencia para que no se les viera el plumero, evitando acusaciones de actuar en connivencia y prevaricación!
Pero el desagradecido Bermúdez, que no comprendió las motivaciones de Pedro J., no le bastó con herir sus sentimientos y su corazón, defraudando todas las expectativas puestas en su señoría: además, le humilló destrozándo públicamente su criatura, la que con tanto mimo alimentó. "¡Dios mio, pero qué he hecho yo para merecer esto!."
Salomón Bermúdez hizo más que partir el bebé: destrozó el corazón (léase, los grandes intereses) de Pedro J., ganándose un feroz enemigo.
Edito:
Por cierto, nótese que en su lacrimosa carta, que le salió de lo más hondo, Pedor J. se deja de zajarandeces como que le mueve el queres saber la verdad, todo por las víctimas y etcétera. Va directamente al grano, dejándo la paja a un lado, que ésta es sólo para sus peones.
En su carta, hecha en caliente, se observan todas las claves. ¡Pero si Ramírez -que no tiene un pelo de tonto-, creyendo íntimamente que Bermúdez apreciaría sus desvelos para colocarle al frente del Tribunal de lo Penal, que habría de saber lo que Ramírez más deseaba y actuaría con generosidad el Juez devolviéndole los favores, tan convencido estaba Ramírez de que sentenciaría a su favor que hasta procuró no reunirse con el Juez antes de la sentencia para que no se les viera el plumero, evitando acusaciones de actuar en connivencia y prevaricación!
Pero el desagradecido Bermúdez, que no comprendió las motivaciones de Pedro J., no le bastó con herir sus sentimientos y su corazón, defraudando todas las expectativas puestas en su señoría: además, le humilló destrozándo públicamente su criatura, la que con tanto mimo alimentó. "¡Dios mio, pero qué he hecho yo para merecer esto!."
Salomón Bermúdez hizo más que partir el bebé: destrozó el corazón (léase, los grandes intereses) de Pedro J., ganándose un feroz enemigo.
Edito:
Por cierto, nótese que en su lacrimosa carta, que le salió de lo más hondo, Pedor J. se deja de zajarandeces como que le mueve el queres saber la verdad, todo por las víctimas y etcétera. Va directamente al grano, dejándo la paja a un lado, que ésta es sólo para sus peones.
