La sensación que me da el libro de Antonio Iglesias es que el cuerpo le pedía revancha (¿o sería mejor decir venganza?) por haberse visto profesionalmente superado por cuatro funcionarios públicos que dieron al traste con sus aspiraciones de notoriedad; al parecer, durante la pericia tuvo que aceptar, ante su falta de argumentos alternativos, las explicaciones que iban proponiendo los peritos oficiales, aunque las que más le dolieron fueron las explicaciones del director de la pericia, Alfonso Vega.
Es obvio que él intentó meter (con calzador o a martillazos) la metenamina como componente de las muestras de Goma-2 ECO relacionadas con los atentados (esto ya lo sabíamos, puesto que lo expusieron algunos peritos de parte en sus conclusiones); sin embargo, la ausencia de esa metenamina en los análisis por HPLC (cuantitativos) y la aleatoriedad de su aparición en los cromatógrafos de gases (en análisis cualitativos) fue expuesta por los cuatro peritos oficiales como demostración de que no podía ser un componente (debería poder cuantificarse), ante lo cual nuestro Perito Valiente no pudo alegar otra cosa que lo expuesto ahora en el libro (tan endeble argumental y científicamente que no tuvo la osadía de plantearlo públicamente -para ser sometido a controversia- en el juicio oral ante el Tribunal). La derrota científica de su hipótesis la reconoce él mismo en el libro con una frase que ya he transcrito más arriba: «La hábil estrategia seguida por el Servicio de Criminalística de la Guardia Civil, postulando la formación de metenamina en el cromatógrafo de gases, ha conducido a un callejón sin salida»; y sin embargo, ahí le tenemos, escribiendo un libro para intentar demostrar que ese callejón sin salida es una autopista.
Otro tanto podemos decir del intento de meter el dibutilftalato como componente del Titadyn, tampoco detectado por HPLC a la hora de cuantificar su presencia; tan endeble debió ver su argumentación al respecto (está especializado en contaminaciones ambientales, por lo que conoce perfectamente la forma de determinar lo que son componentes de un elemento y lo que son contaminaciones) que esto ni tan siquiera se atrevió a plasmarlo por escrito en el informe que remitieron al Tribunal.
Recordemos que en ambos casos (la metenamina en la Goma-2 ECO y el dibutilftalato en el Titadyn) estamos hablando de dinamitas intactas, en las que se podían detectar las concentraciones de cada uno de sus componentes sin ningún problema; y lo que intenta colarnos ahora Antonio Iglesias es que dos elementos, de los que ni tan siquiera se pudo determinar su grado de concentración (por estar en cantidades ínfimas), podían formar parte de esos explosivos.
Todo el problema proviene de la aceptación, por parte de Antonio Iglesias, de la contaminación de esas muestras intactas de Goma-2 ECO con DNT y nitroglicerina; consciente de que aceptar la contaminación en esas muestras (almacenadas en el mismo lugar y en las mismas condiciones que las muestras de los focos de las explosiones) supone tener que aceptar esa misma contaminación en las muestras de los trenes (es decir, tener que aceptar que el DNT y la nitroglicerina no formaban parte del explosivo utilizado por los terroristas), se debió ver en la imperiosa necesidad de unificar sus criterios. Si aceptaba la contaminación de los focos debía reconocer la derrota científica de las hipótesis planteadas al Tribunal, así que sólo le quedaba una única salida: defender que todos los componentes detectados en los análisis formaban parte del explosivo utilizado por los terroristas. Un explosivo compuesto de nitroglicerina, nitroglicol, dinitrotolueno, nitrato de amonio, dibutilftalato y metenamina. ¿Absurdo? Por supuesto: por eso en el libro se ha visto obligado a hacer referencia a la posible contaminación intencionada, humana y voluntaria de las muestras. ¿Absurdo? Pues también, pero así no ha de reconocer que el director científico de la pericia, Alfonso Vega, y el resto de peritos oficiales, científica y profesionalmente, lo arrollaron.
Arrollado por unos simples funcionarios. Inadmisible.
Es obvio que él intentó meter (con calzador o a martillazos) la metenamina como componente de las muestras de Goma-2 ECO relacionadas con los atentados (esto ya lo sabíamos, puesto que lo expusieron algunos peritos de parte en sus conclusiones); sin embargo, la ausencia de esa metenamina en los análisis por HPLC (cuantitativos) y la aleatoriedad de su aparición en los cromatógrafos de gases (en análisis cualitativos) fue expuesta por los cuatro peritos oficiales como demostración de que no podía ser un componente (debería poder cuantificarse), ante lo cual nuestro Perito Valiente no pudo alegar otra cosa que lo expuesto ahora en el libro (tan endeble argumental y científicamente que no tuvo la osadía de plantearlo públicamente -para ser sometido a controversia- en el juicio oral ante el Tribunal). La derrota científica de su hipótesis la reconoce él mismo en el libro con una frase que ya he transcrito más arriba: «La hábil estrategia seguida por el Servicio de Criminalística de la Guardia Civil, postulando la formación de metenamina en el cromatógrafo de gases, ha conducido a un callejón sin salida»; y sin embargo, ahí le tenemos, escribiendo un libro para intentar demostrar que ese callejón sin salida es una autopista.
Otro tanto podemos decir del intento de meter el dibutilftalato como componente del Titadyn, tampoco detectado por HPLC a la hora de cuantificar su presencia; tan endeble debió ver su argumentación al respecto (está especializado en contaminaciones ambientales, por lo que conoce perfectamente la forma de determinar lo que son componentes de un elemento y lo que son contaminaciones) que esto ni tan siquiera se atrevió a plasmarlo por escrito en el informe que remitieron al Tribunal.
Recordemos que en ambos casos (la metenamina en la Goma-2 ECO y el dibutilftalato en el Titadyn) estamos hablando de dinamitas intactas, en las que se podían detectar las concentraciones de cada uno de sus componentes sin ningún problema; y lo que intenta colarnos ahora Antonio Iglesias es que dos elementos, de los que ni tan siquiera se pudo determinar su grado de concentración (por estar en cantidades ínfimas), podían formar parte de esos explosivos.
Todo el problema proviene de la aceptación, por parte de Antonio Iglesias, de la contaminación de esas muestras intactas de Goma-2 ECO con DNT y nitroglicerina; consciente de que aceptar la contaminación en esas muestras (almacenadas en el mismo lugar y en las mismas condiciones que las muestras de los focos de las explosiones) supone tener que aceptar esa misma contaminación en las muestras de los trenes (es decir, tener que aceptar que el DNT y la nitroglicerina no formaban parte del explosivo utilizado por los terroristas), se debió ver en la imperiosa necesidad de unificar sus criterios. Si aceptaba la contaminación de los focos debía reconocer la derrota científica de las hipótesis planteadas al Tribunal, así que sólo le quedaba una única salida: defender que todos los componentes detectados en los análisis formaban parte del explosivo utilizado por los terroristas. Un explosivo compuesto de nitroglicerina, nitroglicol, dinitrotolueno, nitrato de amonio, dibutilftalato y metenamina. ¿Absurdo? Por supuesto: por eso en el libro se ha visto obligado a hacer referencia a la posible contaminación intencionada, humana y voluntaria de las muestras. ¿Absurdo? Pues también, pero así no ha de reconocer que el director científico de la pericia, Alfonso Vega, y el resto de peritos oficiales, científica y profesionalmente, lo arrollaron.
Arrollado por unos simples funcionarios. Inadmisible.
