29-10-2009, 21:44:37
Transcribo aquí parte del primer capítulo de "Pedro J. al desnudo", de José Díaz Herrera. Evidentemente, no es mi intnción "chafarle" los beneficios ediitoriales, por lo que sólo traeré aquí algunas páginas que hablan del 11-M. Que, en un libro de 700 páginas, no supondrán tantas.
La lectura es muy instructiva. Excesivamente "amarilla" para mi gusto, pero cuando uno piensa en lo que estos sinvergüenzas han hecho a la familia de Rodolfo Ruiz, nada es comparable.
Dada la extensión, lo dividiré en tres trozos:
Rodolfo Ruiz y Pedro J. Ramírez.(I)
El Mundo, periodismo de dinamita
Tres familiares de víctimas de sus ataques, Rodolfo Ruiz, María Elena Salas y Bárbara Chaplin afirman que el periodismo de El Mundo ha sido el verdadero Titadyne para muchas personas y que sus informaciones hieren y matan como las bombas de los trenes del 11-M.
Hacía un tiempo de perros, como si las fuerzas del infierno se hubieran desatado, y una nube de pájaros negros cubría el cielo, color cenizo, al paso de la caravana.
Era el 10 de octubre de 2008. Situado a 23 kilómetros de Talavera de la Reina, el Municipio de Hinojosa de San Vicente, en la provincia de Toledo, tiene apenas 31 kilómetros cuadrados de extensión y tal vez 489 habitantes, como dice el padrón, aun¬que no se ve un alma.
Cuarenta años antes Magdalena G. P. salió de este municipio e ingresó en la Policía. Diez años después se casó con Rodolfo Ruiz Martínez, el comisario de Vallecas durante el atentado del 11 -M y el comisario provincial de Información durante la presunta agresión al ex ministro José Bono en 2005. Ahora regresaba de nuevo a la que fue casa de sus padres, en el número 19 de la calle de la Iglesia.
NO lo hacía como en años anteriores, para asistir a la feria del pueblo y presenciar las corridas de toros ni a preparar las Navidades. Volvía de cuerpo presente para encontrar el descanso eterno.
En su eterna soledad, en su infinita quietud, Magdalena no venía sola. La acompañaba medio centenar de comisarios, inspectores y personal del Cuerpo Nacional de Policía, compañeros suyos y de su marido. El dolor y la tragedia se dibujaban en sus rostros. A Germán Castiñeira, comisario provincial de Información de Madrid que asistió a las honras fúnebres, se le ponen los pelos de punta al recordar aquella tarde de octubre.
“Me viene a la memoria la lluvia y el sepulcral silencio que se oía. Le dimos sepul¬tura en silencio y en silencio regresamos”.
La ex funcionaria de Policía se había quitado la vida el día anterior en un hospital psiquiátrico de Madrid, ahorcándose con un trozo de sábana. Poco antes de morir le comentó al personal sanitario:
—Pedro J. Ramírez y Federico Jiménez Losantos son unos hijos de puta. Han destrozado mi familia.
Los últimos intentos de la Sanidad pública por sacarla de la depresión se habían estrellado frente al dolor y la angustia de la mujer.
Magdalena no había tenido nunca depresiones ni el menor síntoma de enfermedad mental. Amaba la vida y era una mujer enérgica y vitalista, una trabajadora cumplido¬ra y una excelente ama de casa.
Madre de dos hijos, amiga de sus amigas, vivía en una calle de la urbanización La Rinconada de Aravaca, en las afueras de Madrid, en uno de los márgenes de la carre¬tera de Castilla.
Su tragedia empezó el 11 de marzo de 2004, cuando se descubrió en la comisaría de su marido en Vallecas la mochila que llevó a la policía a identificar a los autores de la masa¬cre. Ese día se firmó su sentencia de muerte, que la convirtió en la víctima 193 del 11-M.
* * *
Nacido el 6 de mayo de 1951 en Buenache de Alarcón, un pueblo de Cuenca de apenas seiscientos habitantes, Rodolfo Ruiz Martínez era sobre todo y por encima de todo un hombre bueno.
Tras ingresar en el cuerpo con 21 años, en tiempos de Franco, pasó la mayor parte de su vida como policía de información, primero en Barcelona, Valladolid y, por últi¬mo, en Madrid.
Hay una pléyade de comisarios, desde Tomás Agrela a José Blanco, Manuel Ballesteros, Jesús Martínez Torres a Telésforo Rubio que pueden [podían] dar fe de su buen hacer. Jamás maltrató a un detenido y no tiene ni una falta leve en su carrera.
A los 27 años, conoce a Magdalena G. P, funcionaría de la escala técnica de la Policía que trabaja en pasaportes, y se casan.
Son una pareja feliz. A los dos les gusta la naturaleza, el montañismo y pasan muchos de los fines de semana en La Pedriza, Peñalara y otros promontorios de la provincia de Madrid, en los Montes de Gredos que conocen como la palma de la mano e incluso hacen excursiones hasta los Pirineos (2 de junio de 2007).
Los magrebíes que ponen las bombas en el corredor del Henares traen la tragedia a su familia el 11 de marzo. Como cada mañana, Rodolfo Ruiz estaba listo para desplazarse a la Comisaría de Puente de Vallecas, cuando llega el coche oficial a su casa. Nada más ver a su conductor demudado, supo que algo grave había ocurrido.
—¿Pasa algo, Pepe? -le preguntó.
—Nada. Que ha habido un accidente en el Pozo del Tío Raimundo. No dejan de pedir coches y ambulancias por la emisora.
El Pozo del Tío Raimundo entraba dentro de la demarcación de la Comisaría del Puente de Vallecas. Así que Rodolfo ordena.
—Pues vamos para allá.
Y sin pasar por la oficina, con la sirena puesta, se dirigieron a uno de los focos de los atentados del 11-M, sin saber todavía que se trataba del mayor atentado terrorista de la historia de Europa, que se saldaría con 192 muertos y centenares de heridos.
Aunque en El Pozo sólo explotaron dos de las cuatro cargas colocadas, fue en ese punto donde se produjo la mayor masacre: 76 muertos.
Cuando llegó allí el alma se le cayó a los pies. En sus 43 años de servicio en la Policía, jamás había presenciado una matanza semejante. “Para rescatar a la gente con vida, teníamos que saltar sobre los cadáveres y evitar los charcos de sangre. Una vez evacuados los heridos, comenzar a reunir los trozos de carne humana esparcidos en un radio enorme y amontonarlos en pilas, para trasladarlos al pabellón del IFEMA, convertido en improvisado Instituto Anatómico Forense.”
En El Pozo, en medio de un silencio atronador, lo que más le impresionó fue el sonido de los móviles de los difuntos que, como una especie de martilleo en la conciencia de la sociedad, no paraban de sonar.
También le marcó ver los regueros de sangre dejados en el suelo por algunas víctimas que, antes de expirar, trataban de acercarse a sus seres queridos y la presencia de cuerpos inertes entrelazados: el abrazo de los muertos.
Allí se encontró a la titular del juzgado número 49 de los de Madrid, Josefa Bustos, de guardia en los juzgados de Plaza de Castilla.
—¿Qué hacemos con los objetos personales de las víctimas, señoría?—preguntó.
—Llévenlas a la comisaría del Puente de Vallecas -le dijo.
Luego, cuando se supo que se trataba de un atentado terrorista y que la competencia era del juzgado Central 6, se dio una contraorden: los bolsos y las mochilas encontrados en el Pozo debían trasladarse a un recinto del IFEMA, vigilado por dos agentes de la Unidad de Intervención Policial (UIP), donde permanecieron custodiados.
Cuando se le comunica el nuevo destino de las pertenencias y las pruebas recogidas sobre el terreno, la juez de guardia de Plaza de Castilla, no se retracta de su orden.
—Yo soy la juez de guardia y ordeno que los equipajes se concentren en la comisaria de zona.
De esta manera, las doce bolsas de basura que contenían los objetos personales de las víctimas del atentado de El Pozo del Tío Raimundo son trasladadas sobre las ocho de la noche a la comisaría del Puente de Vallecas para ser clasificadas e identificadas.
-Mientras todo esto se encuentre aquí, que permanezca guardado en un cuarto bajo llave. Y que no vea a nadie entrar ni salir sin mi permiso -ordenó el comisario.
Rodolfo Ruiz no se dio por satisfecho y para evitar saqueos puso un policía en la puerta.
—Aquí no entra nadie -le dijo.
Así se hizo. Tras una agotadora jornada, en la que apenas probó bocado, regresó a su casa, donde Magdalena le esperaba despierta.
* * *
Su familia, sus hijos, recuerdan que le vieron aparecer sobre las doce de la noche con la ropa machada de sangre y un olor a carne quemada impregnándolo todo.
Como estaba destrozado se tumbó a descansar y aún no había cogido el sueño cuando a las dos de la mañana suena el teléfono policial de cuatro cifras.
—Jefe, que se ha descubierto una bomba en la comisaría -le soltaron a bocajarro.
A Rodolfo le dio un vuelco el corazón. Preguntó cómo se había encontrado, dónde estaba, y le informaron que había aparecido en una mochila de las recogidas en El Pozo del Tío Raimundo.
—Pero, ¿dentro? ¿Y cómo ha llegado una bomba a la comisaría?
—Estaba en los equipajes de los fallecidos.
Inmediatamente, desde la cama, sin incorporarse todavía, mientras se quitaba la camisa del pijama, impartió las primeras órdenes:
—No la toquéis. Desalojad la comisaría y llamad a los Tedax ahora mismo.
Inmediatamente volvió a vestirse y cuando trató de salir zumbando, su hija se le colgó del brazo llorando.
—Papa, no vayas. ¡Quédate en casa!
—Tengo que ir, hija mía. ¿No ves que soy el jefe?
—Papá, ten cuidado. ¡Que explota la bomba y te mata!
De regreso a su puesto de trabajo, supo que el artefacto había sido descubierto por dos agentes recién salidos de la academia. Llevaban apenas dos días en el cuerpo y estaban de turno esa noche.
Junto a otros compañeros se les había ordenado por el jefe de turno clasificar los objetos hallados y levantar un acta para su remisión al Juzgado Central n.° 6 de la Audiencia Nacional.
Cuando llegó a la comisaría, la bomba la habían trasladado al Parque Azorín, donde los artificieros trataban de desactivarla. «A mí, lo mismo que al resto de los comisarios presentes, no nos dejaron ni acercarnos. Yo jamás llegue a ver el artefacto.»
La policía que realizó el hallazgo declararía en la vista oral del juicio del 11-M. «El último objeto que inventarié fue una mochila de deportes azul, que pesaba unos diez o doce kilos. En su interior había un teléfono móvil y unos cables conectados desde la ranura del cargador a un paquete en el interior.»
Los hechos ocurrieron así y no de otra manera. La COPE, El Mundo y Libertad Digital, sin embargo, trataron de deformarlos, de manipularlos y de reinterpretarlos de acuerdo con sus extraños intereses.
Como si de una maldición bíblica se tratara sólo tuvieron que pasar unos días para apezaran a acusarle de colocar la bomba, de sembrar de pruebas falsas el sumario 11-M, y de connivencia con los terroristas.
La lectura es muy instructiva. Excesivamente "amarilla" para mi gusto, pero cuando uno piensa en lo que estos sinvergüenzas han hecho a la familia de Rodolfo Ruiz, nada es comparable.
Dada la extensión, lo dividiré en tres trozos:
Rodolfo Ruiz y Pedro J. Ramírez.(I)
El Mundo, periodismo de dinamita
Tres familiares de víctimas de sus ataques, Rodolfo Ruiz, María Elena Salas y Bárbara Chaplin afirman que el periodismo de El Mundo ha sido el verdadero Titadyne para muchas personas y que sus informaciones hieren y matan como las bombas de los trenes del 11-M.
Hacía un tiempo de perros, como si las fuerzas del infierno se hubieran desatado, y una nube de pájaros negros cubría el cielo, color cenizo, al paso de la caravana.
Era el 10 de octubre de 2008. Situado a 23 kilómetros de Talavera de la Reina, el Municipio de Hinojosa de San Vicente, en la provincia de Toledo, tiene apenas 31 kilómetros cuadrados de extensión y tal vez 489 habitantes, como dice el padrón, aun¬que no se ve un alma.
Cuarenta años antes Magdalena G. P. salió de este municipio e ingresó en la Policía. Diez años después se casó con Rodolfo Ruiz Martínez, el comisario de Vallecas durante el atentado del 11 -M y el comisario provincial de Información durante la presunta agresión al ex ministro José Bono en 2005. Ahora regresaba de nuevo a la que fue casa de sus padres, en el número 19 de la calle de la Iglesia.
NO lo hacía como en años anteriores, para asistir a la feria del pueblo y presenciar las corridas de toros ni a preparar las Navidades. Volvía de cuerpo presente para encontrar el descanso eterno.
En su eterna soledad, en su infinita quietud, Magdalena no venía sola. La acompañaba medio centenar de comisarios, inspectores y personal del Cuerpo Nacional de Policía, compañeros suyos y de su marido. El dolor y la tragedia se dibujaban en sus rostros. A Germán Castiñeira, comisario provincial de Información de Madrid que asistió a las honras fúnebres, se le ponen los pelos de punta al recordar aquella tarde de octubre.
“Me viene a la memoria la lluvia y el sepulcral silencio que se oía. Le dimos sepul¬tura en silencio y en silencio regresamos”.
La ex funcionaria de Policía se había quitado la vida el día anterior en un hospital psiquiátrico de Madrid, ahorcándose con un trozo de sábana. Poco antes de morir le comentó al personal sanitario:
—Pedro J. Ramírez y Federico Jiménez Losantos son unos hijos de puta. Han destrozado mi familia.
Los últimos intentos de la Sanidad pública por sacarla de la depresión se habían estrellado frente al dolor y la angustia de la mujer.
Magdalena no había tenido nunca depresiones ni el menor síntoma de enfermedad mental. Amaba la vida y era una mujer enérgica y vitalista, una trabajadora cumplido¬ra y una excelente ama de casa.
Madre de dos hijos, amiga de sus amigas, vivía en una calle de la urbanización La Rinconada de Aravaca, en las afueras de Madrid, en uno de los márgenes de la carre¬tera de Castilla.
Su tragedia empezó el 11 de marzo de 2004, cuando se descubrió en la comisaría de su marido en Vallecas la mochila que llevó a la policía a identificar a los autores de la masa¬cre. Ese día se firmó su sentencia de muerte, que la convirtió en la víctima 193 del 11-M.
* * *
Nacido el 6 de mayo de 1951 en Buenache de Alarcón, un pueblo de Cuenca de apenas seiscientos habitantes, Rodolfo Ruiz Martínez era sobre todo y por encima de todo un hombre bueno.
Tras ingresar en el cuerpo con 21 años, en tiempos de Franco, pasó la mayor parte de su vida como policía de información, primero en Barcelona, Valladolid y, por últi¬mo, en Madrid.
Hay una pléyade de comisarios, desde Tomás Agrela a José Blanco, Manuel Ballesteros, Jesús Martínez Torres a Telésforo Rubio que pueden [podían] dar fe de su buen hacer. Jamás maltrató a un detenido y no tiene ni una falta leve en su carrera.
A los 27 años, conoce a Magdalena G. P, funcionaría de la escala técnica de la Policía que trabaja en pasaportes, y se casan.
Son una pareja feliz. A los dos les gusta la naturaleza, el montañismo y pasan muchos de los fines de semana en La Pedriza, Peñalara y otros promontorios de la provincia de Madrid, en los Montes de Gredos que conocen como la palma de la mano e incluso hacen excursiones hasta los Pirineos (2 de junio de 2007).
Los magrebíes que ponen las bombas en el corredor del Henares traen la tragedia a su familia el 11 de marzo. Como cada mañana, Rodolfo Ruiz estaba listo para desplazarse a la Comisaría de Puente de Vallecas, cuando llega el coche oficial a su casa. Nada más ver a su conductor demudado, supo que algo grave había ocurrido.
—¿Pasa algo, Pepe? -le preguntó.
—Nada. Que ha habido un accidente en el Pozo del Tío Raimundo. No dejan de pedir coches y ambulancias por la emisora.
El Pozo del Tío Raimundo entraba dentro de la demarcación de la Comisaría del Puente de Vallecas. Así que Rodolfo ordena.
—Pues vamos para allá.
Y sin pasar por la oficina, con la sirena puesta, se dirigieron a uno de los focos de los atentados del 11-M, sin saber todavía que se trataba del mayor atentado terrorista de la historia de Europa, que se saldaría con 192 muertos y centenares de heridos.
Aunque en El Pozo sólo explotaron dos de las cuatro cargas colocadas, fue en ese punto donde se produjo la mayor masacre: 76 muertos.
Cuando llegó allí el alma se le cayó a los pies. En sus 43 años de servicio en la Policía, jamás había presenciado una matanza semejante. “Para rescatar a la gente con vida, teníamos que saltar sobre los cadáveres y evitar los charcos de sangre. Una vez evacuados los heridos, comenzar a reunir los trozos de carne humana esparcidos en un radio enorme y amontonarlos en pilas, para trasladarlos al pabellón del IFEMA, convertido en improvisado Instituto Anatómico Forense.”
En El Pozo, en medio de un silencio atronador, lo que más le impresionó fue el sonido de los móviles de los difuntos que, como una especie de martilleo en la conciencia de la sociedad, no paraban de sonar.
También le marcó ver los regueros de sangre dejados en el suelo por algunas víctimas que, antes de expirar, trataban de acercarse a sus seres queridos y la presencia de cuerpos inertes entrelazados: el abrazo de los muertos.
Allí se encontró a la titular del juzgado número 49 de los de Madrid, Josefa Bustos, de guardia en los juzgados de Plaza de Castilla.
—¿Qué hacemos con los objetos personales de las víctimas, señoría?—preguntó.
—Llévenlas a la comisaría del Puente de Vallecas -le dijo.
Luego, cuando se supo que se trataba de un atentado terrorista y que la competencia era del juzgado Central 6, se dio una contraorden: los bolsos y las mochilas encontrados en el Pozo debían trasladarse a un recinto del IFEMA, vigilado por dos agentes de la Unidad de Intervención Policial (UIP), donde permanecieron custodiados.
Cuando se le comunica el nuevo destino de las pertenencias y las pruebas recogidas sobre el terreno, la juez de guardia de Plaza de Castilla, no se retracta de su orden.
—Yo soy la juez de guardia y ordeno que los equipajes se concentren en la comisaria de zona.
De esta manera, las doce bolsas de basura que contenían los objetos personales de las víctimas del atentado de El Pozo del Tío Raimundo son trasladadas sobre las ocho de la noche a la comisaría del Puente de Vallecas para ser clasificadas e identificadas.
-Mientras todo esto se encuentre aquí, que permanezca guardado en un cuarto bajo llave. Y que no vea a nadie entrar ni salir sin mi permiso -ordenó el comisario.
Rodolfo Ruiz no se dio por satisfecho y para evitar saqueos puso un policía en la puerta.
—Aquí no entra nadie -le dijo.
Así se hizo. Tras una agotadora jornada, en la que apenas probó bocado, regresó a su casa, donde Magdalena le esperaba despierta.
* * *
Su familia, sus hijos, recuerdan que le vieron aparecer sobre las doce de la noche con la ropa machada de sangre y un olor a carne quemada impregnándolo todo.
Como estaba destrozado se tumbó a descansar y aún no había cogido el sueño cuando a las dos de la mañana suena el teléfono policial de cuatro cifras.
—Jefe, que se ha descubierto una bomba en la comisaría -le soltaron a bocajarro.
A Rodolfo le dio un vuelco el corazón. Preguntó cómo se había encontrado, dónde estaba, y le informaron que había aparecido en una mochila de las recogidas en El Pozo del Tío Raimundo.
—Pero, ¿dentro? ¿Y cómo ha llegado una bomba a la comisaría?
—Estaba en los equipajes de los fallecidos.
Inmediatamente, desde la cama, sin incorporarse todavía, mientras se quitaba la camisa del pijama, impartió las primeras órdenes:
—No la toquéis. Desalojad la comisaría y llamad a los Tedax ahora mismo.
Inmediatamente volvió a vestirse y cuando trató de salir zumbando, su hija se le colgó del brazo llorando.
—Papa, no vayas. ¡Quédate en casa!
—Tengo que ir, hija mía. ¿No ves que soy el jefe?
—Papá, ten cuidado. ¡Que explota la bomba y te mata!
De regreso a su puesto de trabajo, supo que el artefacto había sido descubierto por dos agentes recién salidos de la academia. Llevaban apenas dos días en el cuerpo y estaban de turno esa noche.
Junto a otros compañeros se les había ordenado por el jefe de turno clasificar los objetos hallados y levantar un acta para su remisión al Juzgado Central n.° 6 de la Audiencia Nacional.
Cuando llegó a la comisaría, la bomba la habían trasladado al Parque Azorín, donde los artificieros trataban de desactivarla. «A mí, lo mismo que al resto de los comisarios presentes, no nos dejaron ni acercarnos. Yo jamás llegue a ver el artefacto.»
La policía que realizó el hallazgo declararía en la vista oral del juicio del 11-M. «El último objeto que inventarié fue una mochila de deportes azul, que pesaba unos diez o doce kilos. En su interior había un teléfono móvil y unos cables conectados desde la ranura del cargador a un paquete en el interior.»
Los hechos ocurrieron así y no de otra manera. La COPE, El Mundo y Libertad Digital, sin embargo, trataron de deformarlos, de manipularlos y de reinterpretarlos de acuerdo con sus extraños intereses.
Como si de una maldición bíblica se tratara sólo tuvieron que pasar unos días para apezaran a acusarle de colocar la bomba, de sembrar de pruebas falsas el sumario 11-M, y de connivencia con los terroristas.
La mentira tiene las patas cortas, pero calza zancos al lado de las exclusivas conspiracionistas
