29-10-2009, 21:54:39
Rodolfo Ruiz y Pedro J. Ramírez.(II)
Tras la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero a La Moncloa, el comisario general de Información, Jesús de la Morena, decidió no continuar al frente de la lucha antiterrorista.
El nuevo ministro del Interior, José Antonio Alonso, nombró el 2 de junio de 2004 para sustituirle a Telésforo [sic] Rubio Muñoz, un comisario de 49 años, quien sentó sus reales en el complejo policial de Canillas, desde donde se dirige a las antenas de toda España.
Cuando tuvo que formar su equipo, Rubio designó jefe provincial de Información de Madrid a Rodolfo Ruiz Martínez, quien volvía así a mandar una unidad de información.
EI nuevo destino le supuso 80 euros más en la nómina y dirigir una plantilla de 200 policías. Lo que ignoraba entonces era que los costes personales iban a ser muy superiores.
Llevaba algo más de medio año en el cargo aquel 22 de enero de 2005, cuando se celebra la manifestación de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, controlada por el PP, y se produce un incidente cuando el ministro de Defensa, José Bono, intenta incorporarse al acto.
—¡Fuera! ¡Fuera!
Según unas versiones, un grupo de militantes del PP trataron de agredir al miembro el Gobierno y, según otras, sólo fue abucheado. Sea como fuere, Bono aseguró que le golpearon y, al día siguiente, el diario El País publica en portada la foto de los agresores: Isidro Barrios y Antonia de la Cruz.
Como jefe provincial de Información, en un clima de alarma social, a Rodolfo Ruiz le corresponde la tarea de identificar a aquellas personas, tomarles declaración y ponerlas a disposición del juez en el caso de que hayan cometido algún delito.
Y así lo hace. Uno de sus inspectores les localiza y les invita a acompañarles a la comisaría, sin cachearles ni esposarles. En el recinto policial no se les toman las huellas digitales ni se les reseña. Una vez verificado que no han tenido nada que ver con el incidente se les deja marchar a sus casas como si nada hubiera pasado.
Lo que ignora Ruiz Martínez es que acaba de cavar su tumba profesional.
* * *
A los pocos días, en medio de la algarabía jaleada por El Mundo, le presentan una denuncia firmada por los dos detenidos y por el dirigente del PP y consejero de Interior, Justicia y Presidencia de la Comunidad, Francisco Granados.
El escrito cae en el juzgado de Instrucción n.º 6, que lleva el juez Carlos del Valle. Allí se le acusa de detención ilegal, falsificación de documentos y de coacciones a los testigos, cuando el comisario no estuvo presente en la toma de declaraciones.
El incidente se convierte en un asunto político. Un alto cargo del PP llega a declarar en una emisora de radio que Rodolfo Ruiz había salido de la comisaría del Puente de Vallecas con la «mochila al hombro». A Esperanza Aguirre también se le calienta la lengua y califica la detención de sus militantes de «operación nazi».
Hay un intento de llevarle a la cárcel como sea. «Si ha hecho un cesto -dice Pedro J. Ramírez en la COPE, en relación con la mochila de Vallecas- ha hecho un ciento.»
Convertidos en una especie de Gestapo inquisitorial, El Mundo y la COPE siguen lanzando acusaciones sin pruebas mientras la familia sufre en silencio.
* * *
De esta manera, a sus 56 años, Rodolfo Ruiz acabó siendo procesado e imputado de un delito de detención ilegal.
Ver a su marido todos los días en el diario de Pedro J. Ramírez tratado como un delincuente empezó a minar la salud de Magdalena. Se pasaba el día escuchando la radio, a ver qué se decía de él, no dormía por las noches, e iba de sobresalto en sobresalto.
Decidida a que se resolviera el asunto atravesaba la carretera de Castilla e iba al encuentro de Mariano Rajoy, que vivía enfrente.
—Don Mariano, mi marido no es responsable de la detención de los dos militantes del PP. Cumplía órdenes. ¿Por qué no retira la querella?
—Lo consultaré con los servicios jurídicos. Esté tranquila que en mi partido no perseguimos a nadie.
Como pasaban los días y no ocurría nada, volvía a la carga.
—Don Mariano, van a sentar a mi marido en el banquillo. Usted ha sido ministro del Interior. Sabe que a los sospechosos siempre se les toma declaración. Usted es un hombre justo. Impídalo, por favor.
—Sí, sí, no se preocupe. Hoy ordeno que se retire la querella.
Rajoy, sin embargo, demostraba que era gallego: se tomaba las cosas con calma. Con demasiada calma para una mujer destrozada.
Pero el bueno de Mariano, el timorato de Mariano, el inseguro de Mariano, el Mariano Rajoy que se pasaba los días de guardia, como alma en pena, por los pasillos de Genova 13 en marzo de 1996, tras la llegada de Aznar al poder, no le fueran a dejar sin ministerio, no hizo nada.
Y si lo hizo prefirió guardárselo, no fuera que Pedro J. Ramírez le castigara contra la pared o le mandara a galeras. Así me lo contó su jefa de prensa, la sargento/periodista Carmen Martínez Castro.
—Mariano no va a hablar contigo. Después de lo que se ha publicado de tu libro, menos aún. Somos un partido nacional y tenemos que llevarnos bien con Pedro J. Aunque nos machaque.
Rodolfo me cuenta: «Mi mujer, tras hablar con Rajoy, estaba como unas castañuelas. Si al día siguiente se hubieran celebrado elecciones, ella y mi hermana le hubieran votado».
* * *
Por entonces empezaron también los ataques contra Miguel Ángel Santano, Comisario General de Policía Científica, y contra Telésforo Rubio, responsable de Información.
Aunque todos ellos ocupaban destinos de segunda categoría durante los atentados, fueron convertidos en cabezas de turco. El Mundo y la COPE intentaban que se les imputara.
Santano recuerda las llamadas de angustia de Magdalena a su mujer, su doloroso y atormentado desasosiego.
—Tú ¿cómo soportas esto? ¿Cómo toleras que traten a tu marido como un delincuente? ¿Cómo puedes salir a la calle?
Me cuenta Santano, un hombre íntegro al que entrevisté en 1975 para Cambio 16, que no había forma de consolar a aquella mujer.
Otras mujeres de policías, puestos en la picota por la prensa, recibieron también llamadas parecidas de Magdalena. Una de ellas fue Arantxa Serrano, casada con el inspector jefe de la Comisaría Provincial de Información Javier Fernández, el hombre que instruyó el sumario sobre el caso Bono, también dado de baja de la policía por «incapacidad psicofísica».
—Arantxa, ¿no te das cuenta de que esos desgraciados nos han robado el futuro? ¿Cómo aguantas, Arantxa?
Y Telésforo Rubio, el comisario general de Información, que se la llevó a trabajar al archivo de la policía, al complejo de Canillas, para darle calor, recuerda otras anécdotas. Le decía:
—¿Has escuchado la COPE, has visto El Mundo? Nosotros, que acabamos de llegar, somos los que hemos puesto las bombas.
Magdalena no entendía que a Rodolfo Ruiz, su hombre, le estuviera pasando eso cuando tenían resuelta la vida, criados los hijos, los dos con carreras universitarias y trabajo, y apenas le faltaban diez o doce años para jubilarse.
* * *
La «caza del hombre» puesta en marcha por el periódico de la calle Pradillo y la emisora de los curas tendría otras derivaciones.
Un día, al coger el ascensor para subir a su despacho en Moratalaz, donde está la Brigada de Información, Rodolfo Ruiz se encontró un papel en una de las paredes. Ponía: “Rodolfo, terrorista”.
En otra ocasión, al ir a su pueblo, en Cuenca, le cuentan que en el municipio de al lado le acusan de “haber puesto la mochila entre los restos del tren por órdenes de Zapatero”. Incluso comentan que «iba a ver al presidente del Gobierno al Congreso a recibir instrucciones para implicar a los "pelanas de Lavapiés" en el atentado».
Acorralado en su trabajo, en su lugar de nacimiento, tienen que dejar de ir a Cuenca por un tiempo. Era la forma de evitar que alguien le insultara y el asunto acabara en trifulca.
«A partir de entonces mi mujer, mis dos hijos y yo empezamos a vivir atemorizados, dejamos de ir a muchos sitios por miedo a acabar en una bronca- Por miedo a tener un encontronazo, dejé la pistola reglamentaria en casa e iba desarmado al trabajo.»
Él, que tiene un expediente inmaculado, sin una falta, empezó a saber lo que era sentirse estigmatizado porque El Mundo y la COPE le acusaban de inventarse la bomba de Vallecas.
Mientras Pedro J. Ramírez y Federico Jiménez Losantos duermen cada noche tranquilos, el comisario de Vallecas, que ha llegado a lo más alto de su carrera policial y carece de ambiciones, solo está pendiente de su familia y empieza a sentir que se le resquebraja la salud.
* * *
El 13 de marzo de 2006, un mes antes de que se sentara en el banquillo, empezó la campaña de prensa para criminalizarle. Utilizando un sólo testimonio, el del inspector jefe Miguel Ángel Álvarez, El Mundo publicaba en portada: «La mochila de Vallecas no estaba entre los objetos que la policía recogió del tren. Un inspector no reconoce la mochila que le mostró el juez».
Los iluminati del periodismo, los fanáticos que piensan que las cosas ocurren como ellos se imaginan, ponían así en marcha la teoría de la conspiración. El comisario de Puente de Vallecas iba a convertirse en la pieza clave, en el hombre que manipuló las pruebas del 11-M para hacer recaer las sospechas en los islamistas.
Con ese aplomo de hombre que nunca ha roto un plato y esa serenidad de persona moderada y ecuánime, como si fuera el verbo divino, Casimiro García-Abadillo escribió: «Como es sabido, Rodolfo Ruiz fue el responsable de la investigación policial sobre la presunta agresión del ministro José Bono. La Audiencia Provincial de Madrid ha ratificado que existen indicios "más que suficientes" para acusar a este funcionario de detención ilegal y de falsedad documental en el caso de dos militantes del PP acusados de agredir al ministro Bono». Palabra del Niño Jesús.
* * *
En abril de 2006 se celebra en la audiencia provincial de Madrid la vista oral por la supuesta detención ilegal de los dos militantes del PP. Preside la sección decimonovena el magistrado Manuel Hidalgo Avia, antiguo miembro de la Brigada Político-Social.
La sala está a rebosar. Pero no de compañeros suyos, sino de militantes y simpatizantes del PP y de los llamados Peones Negros. Nada más entrar por la puerta del juzgado empiezan a señalarle:
—Mira, ése es el de la mochila de Vallecas.
Los interrogatorios a los que somete a los testigos el presidente de la Sala, con el objetivo de condenar al comisario, son criminales.
—¿Quién dio la orden de detención de los acusados?
—El jefe de sección.
—¿No es más cierto que la recibió del comisario?
—No
—¿Estaba el comisario allí? ¿Asistió a los interrogatorios?
—No
—¿Dónde estaba el comisario?
—No lo sé.
—¿No estaría en su despacho, dando órdenes en secreto?
—No lo sé. Tal vez estaría en su despacho.
—Ah, conque estaba en su despacho -concluye el magistrado juzgador el interrogatorio.
El afán por encarcelarle es tal que hay un momento en que Rodolfo no puede aguanta más y les dice a sus amigos:
—Esta tensión es inaguantable, no hay ser humano que la soporte,
Sus compañeros le animan a resistir. Llega a decirles:
—A ver si me condenan ya. Una vez acabado todo, sé por lo menos que voy a descansar.
Hasta que un día, no aguanta la tensión y las lágrimas caen por sus mejillas.
* * *
Son palabras de Federico Jiménez Losantos. El 9 de mayo de 2005, el ilustre periodista de Orihuela del Tremedal, hijo de un zapatero remendón y una avispada maestra de escuela rural, vuelve a la carga.
—EI señor Rodolfo Ruiz ha manipulado pruebas, ha falsificado documentos para obtener detenciones ilegales del adversario.
En antena, Pedro J. Ramírez le sigue la corriente:
—Claro, claro. El que hace un cesto hace un ciento. El factor humano cuenta. Hemos tenido la desgracia de tener en el caso de mayor trascendencia de la historia judicial, la masacre del 11-M, que el instructor sea un hombre con poco brío, que le engañe la policía.
Al margen de que estaba pisoteando famas ajenas sin saber el terreno en que pisa, Ramírez continúa:
* * *
Tras la vista oral, después de dos semanas sentado en el banquillo, el 29 de junio de 2007 sale condenado a cinco años de cárcel y dos de sus compañeros, José Luis González Salgueiro y Javier Fernández Gómez, a penas que oscilan entre los cinco y tres años respectivamente.
Según la sentencia, la detención fue «arbitraria e ilegal». Se habían falsificado documentos y el comisario de Vallecas, que no estuvo presente en las diligencias, coaccionó a los querellantes.
Pero eso no es lo peor. Meses antes de la detención, el oncólogo le había comentado. «Tienes un problema de próstata. Vete preparándote porque dentro de unos años habrá que reducirla.»
En julio vuelve al médico. Éste dictamina que al pasar dos semanas sentado en el banquillo, y debido a la tensión, la próstata se ha agrandado. Para evitar males mayores hay que operar sin falta. En agosto es intervenido de una hipertrofia prostática benigna.
Además, a él y a sus compañeros se les somete a la peor condena que puede recaer sobre un policía: se les incapacita psicofísicamente para realizar sus funciones y se les retira el arma.
Aquella decisión supone su muerte como policía. Sólo pueden regresar al cuerpo si el Supremo demostrara su inocencia y un nuevo tribunal médico dictamina que están en condiciones de ejercer su trabajo. El inspector jefe Javier Fernández Gómez, al que se le propone meses más tarde el reingreso en la Policía, se niega.
—Sé -me dice- que estoy en plenas facultades. Pero me asalta una duda. Me han dado tantos palos que si vuelvo a encontrarme en un caso similar al de Bono no sabría qué decisión tomar.
Fernández también sabe a quién echar las culpas, al director de El Mundo.
Tras la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero a La Moncloa, el comisario general de Información, Jesús de la Morena, decidió no continuar al frente de la lucha antiterrorista.
El nuevo ministro del Interior, José Antonio Alonso, nombró el 2 de junio de 2004 para sustituirle a Telésforo [sic] Rubio Muñoz, un comisario de 49 años, quien sentó sus reales en el complejo policial de Canillas, desde donde se dirige a las antenas de toda España.
Cuando tuvo que formar su equipo, Rubio designó jefe provincial de Información de Madrid a Rodolfo Ruiz Martínez, quien volvía así a mandar una unidad de información.
EI nuevo destino le supuso 80 euros más en la nómina y dirigir una plantilla de 200 policías. Lo que ignoraba entonces era que los costes personales iban a ser muy superiores.
Llevaba algo más de medio año en el cargo aquel 22 de enero de 2005, cuando se celebra la manifestación de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, controlada por el PP, y se produce un incidente cuando el ministro de Defensa, José Bono, intenta incorporarse al acto.
—¡Fuera! ¡Fuera!
Según unas versiones, un grupo de militantes del PP trataron de agredir al miembro el Gobierno y, según otras, sólo fue abucheado. Sea como fuere, Bono aseguró que le golpearon y, al día siguiente, el diario El País publica en portada la foto de los agresores: Isidro Barrios y Antonia de la Cruz.
Como jefe provincial de Información, en un clima de alarma social, a Rodolfo Ruiz le corresponde la tarea de identificar a aquellas personas, tomarles declaración y ponerlas a disposición del juez en el caso de que hayan cometido algún delito.
Y así lo hace. Uno de sus inspectores les localiza y les invita a acompañarles a la comisaría, sin cachearles ni esposarles. En el recinto policial no se les toman las huellas digitales ni se les reseña. Una vez verificado que no han tenido nada que ver con el incidente se les deja marchar a sus casas como si nada hubiera pasado.
Lo que ignora Ruiz Martínez es que acaba de cavar su tumba profesional.
* * *
A los pocos días, en medio de la algarabía jaleada por El Mundo, le presentan una denuncia firmada por los dos detenidos y por el dirigente del PP y consejero de Interior, Justicia y Presidencia de la Comunidad, Francisco Granados.
El escrito cae en el juzgado de Instrucción n.º 6, que lleva el juez Carlos del Valle. Allí se le acusa de detención ilegal, falsificación de documentos y de coacciones a los testigos, cuando el comisario no estuvo presente en la toma de declaraciones.
El incidente se convierte en un asunto político. Un alto cargo del PP llega a declarar en una emisora de radio que Rodolfo Ruiz había salido de la comisaría del Puente de Vallecas con la «mochila al hombro». A Esperanza Aguirre también se le calienta la lengua y califica la detención de sus militantes de «operación nazi».
Hay un intento de llevarle a la cárcel como sea. «Si ha hecho un cesto -dice Pedro J. Ramírez en la COPE, en relación con la mochila de Vallecas- ha hecho un ciento.»
Convertidos en una especie de Gestapo inquisitorial, El Mundo y la COPE siguen lanzando acusaciones sin pruebas mientras la familia sufre en silencio.
* * *
De esta manera, a sus 56 años, Rodolfo Ruiz acabó siendo procesado e imputado de un delito de detención ilegal.
Ver a su marido todos los días en el diario de Pedro J. Ramírez tratado como un delincuente empezó a minar la salud de Magdalena. Se pasaba el día escuchando la radio, a ver qué se decía de él, no dormía por las noches, e iba de sobresalto en sobresalto.
Decidida a que se resolviera el asunto atravesaba la carretera de Castilla e iba al encuentro de Mariano Rajoy, que vivía enfrente.
—Don Mariano, mi marido no es responsable de la detención de los dos militantes del PP. Cumplía órdenes. ¿Por qué no retira la querella?
—Lo consultaré con los servicios jurídicos. Esté tranquila que en mi partido no perseguimos a nadie.
Como pasaban los días y no ocurría nada, volvía a la carga.
—Don Mariano, van a sentar a mi marido en el banquillo. Usted ha sido ministro del Interior. Sabe que a los sospechosos siempre se les toma declaración. Usted es un hombre justo. Impídalo, por favor.
—Sí, sí, no se preocupe. Hoy ordeno que se retire la querella.
Rajoy, sin embargo, demostraba que era gallego: se tomaba las cosas con calma. Con demasiada calma para una mujer destrozada.
Pero el bueno de Mariano, el timorato de Mariano, el inseguro de Mariano, el Mariano Rajoy que se pasaba los días de guardia, como alma en pena, por los pasillos de Genova 13 en marzo de 1996, tras la llegada de Aznar al poder, no le fueran a dejar sin ministerio, no hizo nada.
Y si lo hizo prefirió guardárselo, no fuera que Pedro J. Ramírez le castigara contra la pared o le mandara a galeras. Así me lo contó su jefa de prensa, la sargento/periodista Carmen Martínez Castro.
—Mariano no va a hablar contigo. Después de lo que se ha publicado de tu libro, menos aún. Somos un partido nacional y tenemos que llevarnos bien con Pedro J. Aunque nos machaque.
Rodolfo me cuenta: «Mi mujer, tras hablar con Rajoy, estaba como unas castañuelas. Si al día siguiente se hubieran celebrado elecciones, ella y mi hermana le hubieran votado».
* * *
Por entonces empezaron también los ataques contra Miguel Ángel Santano, Comisario General de Policía Científica, y contra Telésforo Rubio, responsable de Información.
Aunque todos ellos ocupaban destinos de segunda categoría durante los atentados, fueron convertidos en cabezas de turco. El Mundo y la COPE intentaban que se les imputara.
Santano recuerda las llamadas de angustia de Magdalena a su mujer, su doloroso y atormentado desasosiego.
—Tú ¿cómo soportas esto? ¿Cómo toleras que traten a tu marido como un delincuente? ¿Cómo puedes salir a la calle?
Me cuenta Santano, un hombre íntegro al que entrevisté en 1975 para Cambio 16, que no había forma de consolar a aquella mujer.
Otras mujeres de policías, puestos en la picota por la prensa, recibieron también llamadas parecidas de Magdalena. Una de ellas fue Arantxa Serrano, casada con el inspector jefe de la Comisaría Provincial de Información Javier Fernández, el hombre que instruyó el sumario sobre el caso Bono, también dado de baja de la policía por «incapacidad psicofísica».
—Arantxa, ¿no te das cuenta de que esos desgraciados nos han robado el futuro? ¿Cómo aguantas, Arantxa?
Y Telésforo Rubio, el comisario general de Información, que se la llevó a trabajar al archivo de la policía, al complejo de Canillas, para darle calor, recuerda otras anécdotas. Le decía:
—¿Has escuchado la COPE, has visto El Mundo? Nosotros, que acabamos de llegar, somos los que hemos puesto las bombas.
Magdalena no entendía que a Rodolfo Ruiz, su hombre, le estuviera pasando eso cuando tenían resuelta la vida, criados los hijos, los dos con carreras universitarias y trabajo, y apenas le faltaban diez o doce años para jubilarse.
* * *
La «caza del hombre» puesta en marcha por el periódico de la calle Pradillo y la emisora de los curas tendría otras derivaciones.
Un día, al coger el ascensor para subir a su despacho en Moratalaz, donde está la Brigada de Información, Rodolfo Ruiz se encontró un papel en una de las paredes. Ponía: “Rodolfo, terrorista”.
En otra ocasión, al ir a su pueblo, en Cuenca, le cuentan que en el municipio de al lado le acusan de “haber puesto la mochila entre los restos del tren por órdenes de Zapatero”. Incluso comentan que «iba a ver al presidente del Gobierno al Congreso a recibir instrucciones para implicar a los "pelanas de Lavapiés" en el atentado».
Acorralado en su trabajo, en su lugar de nacimiento, tienen que dejar de ir a Cuenca por un tiempo. Era la forma de evitar que alguien le insultara y el asunto acabara en trifulca.
«A partir de entonces mi mujer, mis dos hijos y yo empezamos a vivir atemorizados, dejamos de ir a muchos sitios por miedo a acabar en una bronca- Por miedo a tener un encontronazo, dejé la pistola reglamentaria en casa e iba desarmado al trabajo.»
Él, que tiene un expediente inmaculado, sin una falta, empezó a saber lo que era sentirse estigmatizado porque El Mundo y la COPE le acusaban de inventarse la bomba de Vallecas.
Mientras Pedro J. Ramírez y Federico Jiménez Losantos duermen cada noche tranquilos, el comisario de Vallecas, que ha llegado a lo más alto de su carrera policial y carece de ambiciones, solo está pendiente de su familia y empieza a sentir que se le resquebraja la salud.
* * *
El 13 de marzo de 2006, un mes antes de que se sentara en el banquillo, empezó la campaña de prensa para criminalizarle. Utilizando un sólo testimonio, el del inspector jefe Miguel Ángel Álvarez, El Mundo publicaba en portada: «La mochila de Vallecas no estaba entre los objetos que la policía recogió del tren. Un inspector no reconoce la mochila que le mostró el juez».
Los iluminati del periodismo, los fanáticos que piensan que las cosas ocurren como ellos se imaginan, ponían así en marcha la teoría de la conspiración. El comisario de Puente de Vallecas iba a convertirse en la pieza clave, en el hombre que manipuló las pruebas del 11-M para hacer recaer las sospechas en los islamistas.
Con ese aplomo de hombre que nunca ha roto un plato y esa serenidad de persona moderada y ecuánime, como si fuera el verbo divino, Casimiro García-Abadillo escribió: «Como es sabido, Rodolfo Ruiz fue el responsable de la investigación policial sobre la presunta agresión del ministro José Bono. La Audiencia Provincial de Madrid ha ratificado que existen indicios "más que suficientes" para acusar a este funcionario de detención ilegal y de falsedad documental en el caso de dos militantes del PP acusados de agredir al ministro Bono». Palabra del Niño Jesús.
* * *
En abril de 2006 se celebra en la audiencia provincial de Madrid la vista oral por la supuesta detención ilegal de los dos militantes del PP. Preside la sección decimonovena el magistrado Manuel Hidalgo Avia, antiguo miembro de la Brigada Político-Social.
La sala está a rebosar. Pero no de compañeros suyos, sino de militantes y simpatizantes del PP y de los llamados Peones Negros. Nada más entrar por la puerta del juzgado empiezan a señalarle:
—Mira, ése es el de la mochila de Vallecas.
Los interrogatorios a los que somete a los testigos el presidente de la Sala, con el objetivo de condenar al comisario, son criminales.
—¿Quién dio la orden de detención de los acusados?
—El jefe de sección.
—¿No es más cierto que la recibió del comisario?
—No
—¿Estaba el comisario allí? ¿Asistió a los interrogatorios?
—No
—¿Dónde estaba el comisario?
—No lo sé.
—¿No estaría en su despacho, dando órdenes en secreto?
—No lo sé. Tal vez estaría en su despacho.
—Ah, conque estaba en su despacho -concluye el magistrado juzgador el interrogatorio.
El afán por encarcelarle es tal que hay un momento en que Rodolfo no puede aguanta más y les dice a sus amigos:
—Esta tensión es inaguantable, no hay ser humano que la soporte,
Sus compañeros le animan a resistir. Llega a decirles:
—A ver si me condenan ya. Una vez acabado todo, sé por lo menos que voy a descansar.
Hasta que un día, no aguanta la tensión y las lágrimas caen por sus mejillas.
* * *
Quote:Ayer [el comisario Ruiz] se echó a llorar, mira que son cobardes, el que encontró la mochila milagrosa, ésta que ahora resulta que no podía estallar y además llevaba a los moritos de Lavapiés [...], se echó a llorar. Lágrimas de cocodrilo, hay caimanes más sinceros [...]. El heroico Ruiz. Los propios policías ven que les cae el marrón, más que os va a caer y por lo del 11-M alguno no verá el sol más tarde o más temprano. Habéis sembrado de pruebas falsas el sumario, habéis colaborado con una masacre criminal y lo pagaréis vosotros, lo pagarás tú, Ruiz, como lo pagó Amedo y Domínguez.
Son palabras de Federico Jiménez Losantos. El 9 de mayo de 2005, el ilustre periodista de Orihuela del Tremedal, hijo de un zapatero remendón y una avispada maestra de escuela rural, vuelve a la carga.
—EI señor Rodolfo Ruiz ha manipulado pruebas, ha falsificado documentos para obtener detenciones ilegales del adversario.
En antena, Pedro J. Ramírez le sigue la corriente:
—Claro, claro. El que hace un cesto hace un ciento. El factor humano cuenta. Hemos tenido la desgracia de tener en el caso de mayor trascendencia de la historia judicial, la masacre del 11-M, que el instructor sea un hombre con poco brío, que le engañe la policía.
Al margen de que estaba pisoteando famas ajenas sin saber el terreno en que pisa, Ramírez continúa:
Quote:El hecho de que este señor, el rey de la taifa policial, en la que surge de la nada, nadie ha visto la mochila de Vallecas en la estación del Pozo, nadie asegura que haya pasado por sus manos y, de repente, aparece en las dependencias de este comisario. [...] Del mis¬mo comisario al que ahora acaban de suspender, si la sentencia es firme se queda sin carrera, se va cinco años a la cárcel, exactamente por lo mismo, por manipular las pruebas para obtener beneficios políticos.
* * *
Tras la vista oral, después de dos semanas sentado en el banquillo, el 29 de junio de 2007 sale condenado a cinco años de cárcel y dos de sus compañeros, José Luis González Salgueiro y Javier Fernández Gómez, a penas que oscilan entre los cinco y tres años respectivamente.
Según la sentencia, la detención fue «arbitraria e ilegal». Se habían falsificado documentos y el comisario de Vallecas, que no estuvo presente en las diligencias, coaccionó a los querellantes.
Pero eso no es lo peor. Meses antes de la detención, el oncólogo le había comentado. «Tienes un problema de próstata. Vete preparándote porque dentro de unos años habrá que reducirla.»
En julio vuelve al médico. Éste dictamina que al pasar dos semanas sentado en el banquillo, y debido a la tensión, la próstata se ha agrandado. Para evitar males mayores hay que operar sin falta. En agosto es intervenido de una hipertrofia prostática benigna.
Además, a él y a sus compañeros se les somete a la peor condena que puede recaer sobre un policía: se les incapacita psicofísicamente para realizar sus funciones y se les retira el arma.
Aquella decisión supone su muerte como policía. Sólo pueden regresar al cuerpo si el Supremo demostrara su inocencia y un nuevo tribunal médico dictamina que están en condiciones de ejercer su trabajo. El inspector jefe Javier Fernández Gómez, al que se le propone meses más tarde el reingreso en la Policía, se niega.
—Sé -me dice- que estoy en plenas facultades. Pero me asalta una duda. Me han dado tantos palos que si vuelvo a encontrarme en un caso similar al de Bono no sabría qué decisión tomar.
Fernández también sabe a quién echar las culpas, al director de El Mundo.
La mentira tiene las patas cortas, pero calza zancos al lado de las exclusivas conspiracionistas
