29-10-2009, 22:00:29
Rodolfo Ruiz y Pedro J. Ramírez.(y III)
* * *
En esa situación, tras recurrir al Supremo, la Sala de lo Penal, integrada por los magistrados Enrique Bacigalupo, Andrés Martínez Arrieta y Manuel Marchena no sólo le absuelve. Lo hace además con todos los pronunciamientos favorables y acusando a la Audiencia Provincial de «linchamiento público».
La nueva sentencia da por sentado que el tribunal provincial juzgador había infringido la Ley, los preceptos constitucionales, había quebrantado las normas procesales y no había obrado con imparcialidad.
Celebrada la vista oral del 11-M, en contra de lo que pedían El Mundo y la COPE, la Audiencia Nacional no declaró que la mochila de Vallecas fuera manipulada. En contra de lo que se venía repitiendo en la prensa, dejó claro que su actuación policial, en los días anteriores y posteriores al 11 de marzo de 2004, fue impecable.
Tras muchos meses de calvario, Rodolfo Ruiz recupera su honra. Lo que nadie puede devolverle por entonces es el cargo que ostentaba en la brigada provincial de Información de Madrid.
Dado de baja desde marzo de 2006 hasta abril de 2007, ese mes se le obliga a jubilarse por «disminución de su capacidad psicofísica». La presión de la prensa y la radio le habían convertido en apenas unos meses en un guiñapo.
Pero El Mundo y la COPE siguen haciendo leña del árbol caído. Veamos un ejemplo: 17 de abril de 2007. Federico Jiménez Losantos: “¿Cómo se explica esto de la prejubilación? Hombre, porque están comprando su silencio, por la mochila, que no era mochila de Vallecas, bomba que no era bomba, que su única función era llevar a la trama islámica.”
Pedro J. Ramírez: «Trato de favor, a quien se ha comportado de manera delictiva. Esto es el equivalente a los privilegios que recibían Amedo y Domínguez. La conciencia de Rodolfo Ruiz es así de porosa, como las bolsas de polietileno. Como de momento lo que le va a entrar es una suculenta prejubilación, desde luego su condición psicofísica […] porque de todas las comisarías de España, la mochila que nadie vio, ¡oh casualidad!, tuvo que aparecer en la suya».
Federico Jiménez Losantos: «Una mochila que era Bolchila, y dos por el precio de una».
Pedro J. Ramírez: «Previamente, este hombre, que era jefe de la comisaría de Puente Vallecas, fue ascendido a comisario jefe de Información de Madrid. Ya tuvo su premio, tuvo su ascenso [...], eso fue en reconocimiento por el hallazgo de la mochila. Eso es para que no cuente de dónde salió la mochila».
Expertos en inventarse sumarios paralelos en forma de libros, pese a ser declarado inocente, durante meses El Mundo sigue utilizando la «técnica del Titadyn» en contra del comisario de Vallecas.
* * *
En todo este tiempo Magdalena G. R aguantó como una jabata los dos juicios de los que marido salió absuelto.
Una vez reconocida la inocencia de Rodolfo Ruiz, se plantó en Castellana 5 y exigió que se le reintegrara a su puesto de trabajo, con todos los pronunciamientos favorables.
Pero aquí se encontró con la pared del Ministerio del Interior. Una pared inexpugnable, rígida.
—Tenemos que esperar a que El Mundo se tranquilice y asuma que han estado metiendo la pata durante cuatro años -le dijeron.
—Pero si Rodolfo es inocente, si mi marido es inocente.
—Nadie lo pone en duda. Pero tenemos que pensar en El Mundo.
—¿Y para contentar a El Mundo nos tratáis como a delincuentes?
Al no encontrar el apoyo que pretendía entre los suyos, por el temor que inspiraba el sucesor de Tomás de Torquemada al Gobierno de Rodríguez Zapatero decidió escribir cartas al Rey, al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero; al defensor del Pueblo, Enrique Múgica; al presidente del Partido Popular, Mariano Rajoy, al presidente del Congreso de los Diputados, José Bono.
Pedía que se hiciera justicia a su marido, a su familia, y fueran condenados los periodistas que le habían injuriado llamándole asesino, achacándole las muertes del tren de El Pozo del Tío Raimundo.
—¡Justicia! ¡Justicia! ¡Justicia!
Pedro J. Ramírez, el periodista al que consideraba responsable de su tragedia, era demasiado alto, demasiado poderoso.
Tenía patente de corso para difamar, injuriar, ca¬lumniar. Así que nadie, ni abogados ni jueces, ni políticos le hicieron caso.
Entonces, pensó que vivir no tenía sentido, que la vida no valía la pena y comenzó su deterioro psíquico, su hundimiento. Los médicos lo dictaminaron: el «periodismo de queroseno» había abrasado su cerebro. Su mente estalló en mil pedazos y fue necesario acudir al psiquiatra para que le ayudara a superar las depresiones. Pasó unos días inter¬nada en una clínica de la Avenida de los Poblados.
Al ver que no mejoraba, la trasladaron a otra, Nuestra Señora de la Paz, situada en la calle López de Hoyos de Madrid y regida por la Orden Hospitalaria de los Hermanos de San Juan de Dios.
A comienzos de octubre de 2007 salió un rato para ir a ver a sus amigas al archivo de la Comisaría General de Información.
Allí se tomó un café con ellas, estuvo dicharachera y le dijo a Ruth:
—Vengo a despedirme, porque a lo mejor no nos vamos a ver más.
Y a Ruth le da un sobresalto.
—¿Te pasa algo, Magdalena? ¿No tendrás algún tumor?
—No, nada, nada mujer. ¡Cosas mías!
Magdalena G. P. tenía un cáncer, el cáncer de la angustia vital, el de los pensamientos fijos, toda la vida pensando en una cosa, en la misma cosa, que no la dejaba vivir ni de noche ni de día.
* * *
El 10 de octubre de 2008, el día en que decidió que era mejor dejar de vivir, Javier Fernández, ex inspector jefe de la Comisaría provincial de Información de Madrid, recuerda que llevó a su marido al hospital.
Me lo cuenta: «le dejé en la puerta sobre las doce». El ex comisario de Vallecas estuvo en su habitación haciéndole compañía hasta las dos y media.
Rodolfo la entretuvo comentándole lo bien que había quedado la reforma de la casa de sus padres en Hinojosa de San Vicente, hablándole de las fiestas de San Roque del año próximo a las que no faltarían y de las escaladas a La Pedriza o a Peñalara.
Pero ella había decidido ya cortar el hilo de la vida terrenal e incorporarse al mundo de los espíritus y no le escuchaba. Sólo repetía:
—Me quiero morir.
Como el diagnóstico de los médicos que la trataban era el de «tendencia suicida», antes de marcharse, Rodolfo habló con el médico.
—Me parece que está peor. Sólo repite que quiere morirse.
—No se preocupe. ¡Nunca se nos ha suicidado un paciente!
Rodolfo Ruiz regresó a su domicilio de Aravaca donde Elvira, una hermana de Magdalena, se había hecho cargo de la casa.
No había llegado todavía a su vivienda, cuando le dieron la trágica noticia.
—Vuelva corriendo. ¡Su mujer se ha suicidado!
* * *
Conocí al ex comisario de Vallecas el 9 de abril de 2009, día en que quedo con él en la calle Osa Mayor de Aravaca para hablar del libro Pedro J. Ramírez, el profeta del lado oscuro al desnudo.
Él también está ahora de baja por depresión y, para colmo de males, medio paralítico con tres roturas de fémur en la pierna izquierda.
Para acceder a la entrevista, Rodolfo Ruiz pone una condición, no hablar de su mujer. Al final, sin embargo, es él quien empieza a contar cosas de Magdalena. Pero se refiere a ella como si siguiera viva, hasta que al cabo de dos horas se derrumba.
—Sabes que, la pobre, ha muerto -me dice.
Aprovecho que ha sacado el asunto y le hago la pregunta:
—¿Qué o quién indujo a tu mujer al suicidio?
Dice sin pestañear, mientras se saca las lágrimas:
—Pedro J. Ramírez y Federico Jiménez Losantos la mataron con sus comentarios. Son las dos personas que más daño han hecho a los míos. No les perdonaré nunca, ¡malditos!
Tras pasar la tarde juntos, antes de que se marche de su hogar, el inspector jefe señala al perro de la casa.
—También tiene cáncer. Está a punto de morirse.
La tragedia, que se ha cebado en la familia. ¿Serán conscientes Pedro J. Ramírez y Federico Jiménez Losantos de que el «periodismo de dinamita» puede matar?
Ignoro si Rodolfo Ruiz tiene toda o parte de la razón. Sin embargo, ¿hasta qué punto puede acusar un periódico a una persona sin pruebas ni indicios de colaborar con un asesinato masivo como el del 11-M? ¿Hasta qué punto puede el periodismo de gasolina organizar la «caza del hombre» y crear tal estado de ánimo en el seno de una familia que lleve a que uno de sus miembros se quite la vida?
Porque hay otras personas, desde los familiares del ex gobernador del Banco de España, Mariano Rubio, hasta los de Juan Tomás de Salas, que atribuyen el deterioro de sus seres queridos y su muerte prematura al sufrimiento físico y emocional al que les sometió El Mundo. Y otros, como Manolo de la Concha, acusado de una estafa con el Banco Ibercorp, encarcelado en 2007 por algunos delitos conexos, que sigue sin poder recuperarse de la tragedia lo mismo que Alberto Cortina y Alberto Alcocer quienes no son nada santos pero tampoco tienen que sufrir el despiadado y brutal «encarnizamiento» de un periódico. Y son muchos los que, como Rodolfo Ruiz Martínez, proclaman.
—Pedro J. Ramírez, ¡terrorista! La maldición caiga sobre ti, los tuyos y toda tu descendencia por los siglos de los siglos.
Rodolfo Ruiz, tras pronunciar estas palabras, no puede contenerse y las lágrimas vuelven a resbalarle por las mejillas. Desde que perdió a su mujer ya no es el mismo, sólo piensa [pensaba] en morirse.
Por cierto, al comienzo del capítulo señalé que el entierro de Magdalena fue a las siete de la tarde de un lluvioso día de octubre en un silencio sepulcral, donde el silencio se cortaba con un cuchillo.
No era cierto del todo. Había una joven que no paraba de hablar y decía cosas como ésta: «¿No veis que aquí no ha pasado nada, que mi madre sigue viva, que todo es mentira? ¿No veis que de un momento a otro va a aparecer?». Era la hija de la víctima, psicóloga de profesión, que ha ayudado a muchas personas a sobrellevar sus problemas. La ciencia que imparten en la Universidad Central de Madrid, donde estudió, no le ha ser¬vido para soportar la muerte de su madre.
«Maldito el periodista que la llevó al precipicio», vuelve a repetirme Rodolfo Ruiz al despedirnos. Y se echa a llorar como una magdalena, por su Magdalena del alma, Magdalena.
* * *
En esa situación, tras recurrir al Supremo, la Sala de lo Penal, integrada por los magistrados Enrique Bacigalupo, Andrés Martínez Arrieta y Manuel Marchena no sólo le absuelve. Lo hace además con todos los pronunciamientos favorables y acusando a la Audiencia Provincial de «linchamiento público».
La nueva sentencia da por sentado que el tribunal provincial juzgador había infringido la Ley, los preceptos constitucionales, había quebrantado las normas procesales y no había obrado con imparcialidad.
Celebrada la vista oral del 11-M, en contra de lo que pedían El Mundo y la COPE, la Audiencia Nacional no declaró que la mochila de Vallecas fuera manipulada. En contra de lo que se venía repitiendo en la prensa, dejó claro que su actuación policial, en los días anteriores y posteriores al 11 de marzo de 2004, fue impecable.
Tras muchos meses de calvario, Rodolfo Ruiz recupera su honra. Lo que nadie puede devolverle por entonces es el cargo que ostentaba en la brigada provincial de Información de Madrid.
Dado de baja desde marzo de 2006 hasta abril de 2007, ese mes se le obliga a jubilarse por «disminución de su capacidad psicofísica». La presión de la prensa y la radio le habían convertido en apenas unos meses en un guiñapo.
Pero El Mundo y la COPE siguen haciendo leña del árbol caído. Veamos un ejemplo: 17 de abril de 2007. Federico Jiménez Losantos: “¿Cómo se explica esto de la prejubilación? Hombre, porque están comprando su silencio, por la mochila, que no era mochila de Vallecas, bomba que no era bomba, que su única función era llevar a la trama islámica.”
Pedro J. Ramírez: «Trato de favor, a quien se ha comportado de manera delictiva. Esto es el equivalente a los privilegios que recibían Amedo y Domínguez. La conciencia de Rodolfo Ruiz es así de porosa, como las bolsas de polietileno. Como de momento lo que le va a entrar es una suculenta prejubilación, desde luego su condición psicofísica […] porque de todas las comisarías de España, la mochila que nadie vio, ¡oh casualidad!, tuvo que aparecer en la suya».
Federico Jiménez Losantos: «Una mochila que era Bolchila, y dos por el precio de una».
Pedro J. Ramírez: «Previamente, este hombre, que era jefe de la comisaría de Puente Vallecas, fue ascendido a comisario jefe de Información de Madrid. Ya tuvo su premio, tuvo su ascenso [...], eso fue en reconocimiento por el hallazgo de la mochila. Eso es para que no cuente de dónde salió la mochila».
Expertos en inventarse sumarios paralelos en forma de libros, pese a ser declarado inocente, durante meses El Mundo sigue utilizando la «técnica del Titadyn» en contra del comisario de Vallecas.
* * *
En todo este tiempo Magdalena G. R aguantó como una jabata los dos juicios de los que marido salió absuelto.
Una vez reconocida la inocencia de Rodolfo Ruiz, se plantó en Castellana 5 y exigió que se le reintegrara a su puesto de trabajo, con todos los pronunciamientos favorables.
Pero aquí se encontró con la pared del Ministerio del Interior. Una pared inexpugnable, rígida.
—Tenemos que esperar a que El Mundo se tranquilice y asuma que han estado metiendo la pata durante cuatro años -le dijeron.
—Pero si Rodolfo es inocente, si mi marido es inocente.
—Nadie lo pone en duda. Pero tenemos que pensar en El Mundo.
—¿Y para contentar a El Mundo nos tratáis como a delincuentes?
Al no encontrar el apoyo que pretendía entre los suyos, por el temor que inspiraba el sucesor de Tomás de Torquemada al Gobierno de Rodríguez Zapatero decidió escribir cartas al Rey, al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero; al defensor del Pueblo, Enrique Múgica; al presidente del Partido Popular, Mariano Rajoy, al presidente del Congreso de los Diputados, José Bono.
Pedía que se hiciera justicia a su marido, a su familia, y fueran condenados los periodistas que le habían injuriado llamándole asesino, achacándole las muertes del tren de El Pozo del Tío Raimundo.
—¡Justicia! ¡Justicia! ¡Justicia!
Pedro J. Ramírez, el periodista al que consideraba responsable de su tragedia, era demasiado alto, demasiado poderoso.
Tenía patente de corso para difamar, injuriar, ca¬lumniar. Así que nadie, ni abogados ni jueces, ni políticos le hicieron caso.
Entonces, pensó que vivir no tenía sentido, que la vida no valía la pena y comenzó su deterioro psíquico, su hundimiento. Los médicos lo dictaminaron: el «periodismo de queroseno» había abrasado su cerebro. Su mente estalló en mil pedazos y fue necesario acudir al psiquiatra para que le ayudara a superar las depresiones. Pasó unos días inter¬nada en una clínica de la Avenida de los Poblados.
Al ver que no mejoraba, la trasladaron a otra, Nuestra Señora de la Paz, situada en la calle López de Hoyos de Madrid y regida por la Orden Hospitalaria de los Hermanos de San Juan de Dios.
A comienzos de octubre de 2007 salió un rato para ir a ver a sus amigas al archivo de la Comisaría General de Información.
Allí se tomó un café con ellas, estuvo dicharachera y le dijo a Ruth:
—Vengo a despedirme, porque a lo mejor no nos vamos a ver más.
Y a Ruth le da un sobresalto.
—¿Te pasa algo, Magdalena? ¿No tendrás algún tumor?
—No, nada, nada mujer. ¡Cosas mías!
Magdalena G. P. tenía un cáncer, el cáncer de la angustia vital, el de los pensamientos fijos, toda la vida pensando en una cosa, en la misma cosa, que no la dejaba vivir ni de noche ni de día.
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El 10 de octubre de 2008, el día en que decidió que era mejor dejar de vivir, Javier Fernández, ex inspector jefe de la Comisaría provincial de Información de Madrid, recuerda que llevó a su marido al hospital.
Me lo cuenta: «le dejé en la puerta sobre las doce». El ex comisario de Vallecas estuvo en su habitación haciéndole compañía hasta las dos y media.
Rodolfo la entretuvo comentándole lo bien que había quedado la reforma de la casa de sus padres en Hinojosa de San Vicente, hablándole de las fiestas de San Roque del año próximo a las que no faltarían y de las escaladas a La Pedriza o a Peñalara.
Pero ella había decidido ya cortar el hilo de la vida terrenal e incorporarse al mundo de los espíritus y no le escuchaba. Sólo repetía:
—Me quiero morir.
Como el diagnóstico de los médicos que la trataban era el de «tendencia suicida», antes de marcharse, Rodolfo habló con el médico.
—Me parece que está peor. Sólo repite que quiere morirse.
—No se preocupe. ¡Nunca se nos ha suicidado un paciente!
Rodolfo Ruiz regresó a su domicilio de Aravaca donde Elvira, una hermana de Magdalena, se había hecho cargo de la casa.
No había llegado todavía a su vivienda, cuando le dieron la trágica noticia.
—Vuelva corriendo. ¡Su mujer se ha suicidado!
* * *
Conocí al ex comisario de Vallecas el 9 de abril de 2009, día en que quedo con él en la calle Osa Mayor de Aravaca para hablar del libro Pedro J. Ramírez, el profeta del lado oscuro al desnudo.
Él también está ahora de baja por depresión y, para colmo de males, medio paralítico con tres roturas de fémur en la pierna izquierda.
Para acceder a la entrevista, Rodolfo Ruiz pone una condición, no hablar de su mujer. Al final, sin embargo, es él quien empieza a contar cosas de Magdalena. Pero se refiere a ella como si siguiera viva, hasta que al cabo de dos horas se derrumba.
—Sabes que, la pobre, ha muerto -me dice.
Aprovecho que ha sacado el asunto y le hago la pregunta:
—¿Qué o quién indujo a tu mujer al suicidio?
Dice sin pestañear, mientras se saca las lágrimas:
—Pedro J. Ramírez y Federico Jiménez Losantos la mataron con sus comentarios. Son las dos personas que más daño han hecho a los míos. No les perdonaré nunca, ¡malditos!
Tras pasar la tarde juntos, antes de que se marche de su hogar, el inspector jefe señala al perro de la casa.
—También tiene cáncer. Está a punto de morirse.
La tragedia, que se ha cebado en la familia. ¿Serán conscientes Pedro J. Ramírez y Federico Jiménez Losantos de que el «periodismo de dinamita» puede matar?
Ignoro si Rodolfo Ruiz tiene toda o parte de la razón. Sin embargo, ¿hasta qué punto puede acusar un periódico a una persona sin pruebas ni indicios de colaborar con un asesinato masivo como el del 11-M? ¿Hasta qué punto puede el periodismo de gasolina organizar la «caza del hombre» y crear tal estado de ánimo en el seno de una familia que lleve a que uno de sus miembros se quite la vida?
Porque hay otras personas, desde los familiares del ex gobernador del Banco de España, Mariano Rubio, hasta los de Juan Tomás de Salas, que atribuyen el deterioro de sus seres queridos y su muerte prematura al sufrimiento físico y emocional al que les sometió El Mundo. Y otros, como Manolo de la Concha, acusado de una estafa con el Banco Ibercorp, encarcelado en 2007 por algunos delitos conexos, que sigue sin poder recuperarse de la tragedia lo mismo que Alberto Cortina y Alberto Alcocer quienes no son nada santos pero tampoco tienen que sufrir el despiadado y brutal «encarnizamiento» de un periódico. Y son muchos los que, como Rodolfo Ruiz Martínez, proclaman.
—Pedro J. Ramírez, ¡terrorista! La maldición caiga sobre ti, los tuyos y toda tu descendencia por los siglos de los siglos.
Rodolfo Ruiz, tras pronunciar estas palabras, no puede contenerse y las lágrimas vuelven a resbalarle por las mejillas. Desde que perdió a su mujer ya no es el mismo, sólo piensa [pensaba] en morirse.
Por cierto, al comienzo del capítulo señalé que el entierro de Magdalena fue a las siete de la tarde de un lluvioso día de octubre en un silencio sepulcral, donde el silencio se cortaba con un cuchillo.
No era cierto del todo. Había una joven que no paraba de hablar y decía cosas como ésta: «¿No veis que aquí no ha pasado nada, que mi madre sigue viva, que todo es mentira? ¿No veis que de un momento a otro va a aparecer?». Era la hija de la víctima, psicóloga de profesión, que ha ayudado a muchas personas a sobrellevar sus problemas. La ciencia que imparten en la Universidad Central de Madrid, donde estudió, no le ha ser¬vido para soportar la muerte de su madre.
«Maldito el periodista que la llevó al precipicio», vuelve a repetirme Rodolfo Ruiz al despedirnos. Y se echa a llorar como una magdalena, por su Magdalena del alma, Magdalena.
La mentira tiene las patas cortas, pero calza zancos al lado de las exclusivas conspiracionistas
