26-04-2010, 14:47:17
Por no abrir otro hilo lo dejo aquí:
Quote:El juez hendido por el rayo
Del Olmo es, como el viejo árbol al que cantó Machado, un juez hendido por el rayo. El cielo se abrió sobre su cabeza el 11 de marzo de 2004 y el haz de fuego lo atravesó, de parte a parte, mientras recorría los andenes de tres estaciones de tren madrileñas sobre los que una jauría de hienas había sembrado la muerte. Algo de él se quedó también allí, para siempre, junto a los densos charcos de sangre tibia, los restos desmembrados de trabajadores sin nombre, los ennegrecidos trozos de los vagones, los quebrados ayes de los mutilados, las lágrimas lentas de los miembros de los servicios de emergencias, los timbres de los teléfonos móviles que sonaban sin respuesta en los bolsillos de los cadáveres...
Buscó allí, entonces, la mirada de la fiscal Olga Sánchez. «Tenemos que averiguar quién ha cometido esta salvajada», se conjuraron. «Aunque sea lo último que hagamos en esta vida», podría haber añadido. No en vano, el juez se dejó en tal empeño la salud y muy cerca estuvo de dejarse incluso la vida.
Sobre los hombros de este simple mortal, por nombre Juan del Olmo Gálvez, nacido en 1958 en el popular barrio murciano del Carmen, magistrado de profesión, acababan de depositar los dioses la colosal carga que iba a suponer instruir el sumario 20/04 sobre la mayor masacre terrorista de la historia en Europa: 191 fallecidos y más de 1.900 heridos. Una tarea titánica y arriesgada, preñada de trampas y engaños, casi concebida a la medida de un semidios clásico y a la que paradójicamente este juez, ya de por sí discreto, reservado, mesurado y de apariencia tan gris y comedida como los trajes que gusta de vestir -a su lado, Garzón es la Terremoto de Alcorcón-, sobrevivió aferrándose a su precaria condición de ser humano. A su modesta condición de juez que no tiene más pretensiones que ejercer como tal.
Se encerró en su despacho y, durante horas, días, semanas, meses..., convirtió las dependencias del Juzgado Central de Instrucción número 6 de la Audiencia Nacional en su guarida y fortín. El callo que ya había desarrollado en los seis años que llevaba al frente de ese complicado órgano judicial, lidiando con mafiosos, traficantes internacionales, etarras y grapos, se transformó pronto en caparazón frente a los mordiscos envenenados que le lanzaban a diario los defensores de la «teoría de la conspiración», con varios medios de comunicación actuando como exaltados abanderados. Y frente a las insidias, calumnias, versiones interesadas, medias verdades y mentiras enteras opuso las únicas y discretas armas con las que contaba: discreción, rigor y esfuerzo. Sobre todo, mucho esfuerzo.
Tanto trabajó que un día sus ojos se plantaron. Se pusieron en huelga. Se negaron a seguir viendo. «Veréis aunque no queráis», les dijo. Se hizo instalar una pantalla de ordenador tan grande como el 'plasma' de la chabola de un traficante y siguió instruyendo el sumario con palabras de un palmo de altura.
La única satisfacción que le otorgó este asunto, el caso de su vida, el sumario que marcará por siempre su existencia, le debió de llegar el 30 de octubre del 2007, cuando los magistrados Fernando García Nicolás, Alfonso Guevara y Javier Gómez Bermúdez firmaron una sentencia que avalaba su trabajo. Aún así, su sonrisa, si la hubo, debió de ser tan íntima que no se apercibió de ella ni el cuello de su camisa.
Con la tranquilidad del deber cumplido, el magistrado y su recién adquirido caparazón presentaron su renuncia a un destino apasionante para cualquier juez con vocación de instructor, pero demasiado expuesto a los focos para aquellos cuya alma padece de fotofobia. Pidieron instalarse en Murcia y el día 11 de junio del 2008, justo una década después de su marcha a la Audiencia Nacional, ambos, juez y caparazón, tomaron posesión del puesto de magistrado titular de la Sección Segunda de la Audiencia Provincial.
Si ya antes de su torturado paso por Madrid no era una cotorra, ahora cada una de sus manifestaciones públicas se cotiza «a tanto la letra», al igual que el pimentón o los pétalos de violeta se venden por gramos. Tanto es así que jamás ha concedido una entrevista y se ha dado el caso de que una sola frase suya sobre el 11-M, cazada al salto como perdiz volandera y en la que poco más hacía que manifestar su respeto por las víctimas del atentado y por sus familias, dio de sí en su día como para publicar tres páginas en el suplemento dominical de un destacado diario nacional.
Otro tanto ocurrió hace dos años cuando, con motivo de una ponencia en Santander, alguien le preguntó por su experiencia vital como instructor de las diligencias del 11-M y, quizás por no parecer maleducado y dar la callada por respuesta, contestó, con voz quebrada por la emoción y un punto de ironía: «El estímulo fue por desgracia demasiado intenso». El juez hendido por el rayo sentía reabrirse la cicatriz con la sola mención del asunto.
Dos años después de su retorno a la tierra que lo vio nacer, Del Olmo ha alcanzado, casi, su máxima aspiración en estos momentos: pasar desapercibido. El 'casi' se deriva de algunas circunstancias no controlables, como la reciente resolución de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional sobre el 'caso Egunkaria', que le recuerdan, como en una recurrente pesadilla, que una vez formó parte de esa institución y que algunas decisiones de entonces siguen ahora, años después, atrayendo sobre su persona el fogonazo de los flashes y los micrófonos de los periodistas.
«Respeto las resoluciones judiciales; no voy a hacer más comentarios», se ha limitado a señalar hace unos días respecto del tremendo varapalo que sus ex compañeros madrileños le han asestado, en forma de sentencia, al asegurar que cerró de forma injustificada el diario Egunkaria, en el 2003, por creerlo un instrumento de ETA.
Quienes afirman conocerlo están convencidos de que la dura resolución habrá herido en algún sitio recóndito a este magistrado, pero no por ese mal entendido orgullo de algunos jueces que no soportan que nadie les enmiende la plana, sino porque desde siempre, desde que aprobó las oposiciones a la carrera judicial en 1985 y recibió su primer destino en Durango (Vizcaya), «no otra aspiración tuvo que aplicar el Derecho con rigor, entendido esto como exactitud y no como contundencia». A trabajar con rigor, además de como un burro. Ya en el Juzgado de lo Penal número 3 de Murcia, desde el que dio el salto a Madrid para reemplazar al juez -de mal recuerdo- Gómez de Liaño, dictaba 700 sentencias anuales, mientras otros difícilmente alcanzaban el medio millar, y permitía que se extendieran un par de horas unos juicios que los más se ventilaban en diez minutos.
Considerado «un poco raro» por algunos de sus colegas murcianos, escasamente sociable y nada dado a las fiestas o a los saraos, ni siquiera a tomarse un vino con los compañeros, resulta evidente que caben en una mano aquéllos que puede presumir de haber alcanzado cierto grado de intimidad con Del Olmo.
De todas maneras, y pese a que su gesto adusto se ha endurecido tras su paso por la Audiencia Nacional, parece que tal cualidad no es adquirida, sino intrínseca. «Ya siendo estudiante de Derecho era igual; como si hubiera nacido con toga».
Serio, discreto, riguroso... Sí, pero no desabrido, malencarado, ni mucho menos maleducado. Es bastante más que correcto y en algunos casos puede mostrarse incluso cercano, aunque la suavidad de sus maneras no le resta un ápice de determinación. Si dice que no, por muy dulcemente que lo diga, a nadie le cabe duda de que al final será que no.
¿Otras secuelas de su aventura madrileña? Ya apenas se le ve empuñando el bastón que por muchos años lo acompañó -recuerdo de un accidente de coche en Durango que le dejó algunas secuelas-, y se ha dejado crecer una barba escasa y canosa, quizá buscando que ni los acusados a quien ahora juzga alcancen a reconocerlo. Una lástima, porque siempre habrá algún 'ceporro' a quien la pena de cárcel le resultará más leve dictada por mano de tan ilustre magistrado. «A mí me condenó el juez del 11-M, ¿sabes? ¡Qué fuerte, colega!».
La mentira tiene las patas cortas, pero calza zancos al lado de las exclusivas conspiracionistas
