03-12-2010, 14:11:50
Así explica Ibn Warraq lo de la apostasía. Es muy interesante:
Algunos ejemplos de otros que, como los de webislam, se empeñan en inventarse una religión y seguir llamándola islam.
El 3 de septiembre de 1992 Sadiq Abdul Karim Malallah, condenado por apostasía y blasfemia, fue decapitado públicamente en al-Qatif. Sadiq, un musulmán shií, había sido arrestado en 1988, acusado de haber arrojado piedras a un puesto de policía y, más tarde, de haber introducido ilegalmente una Biblia en el país. Se lo mantuvo incomunicado en una celda, donde fue torturado.
Uno de los reformistas más conocidos, que intentó meter el pensamiento racional en el islam, es el iraní Ali Dashi, con su libro Twenty-Three Years que publicó en los años 80. Dashi reclamaba la igualdad de mujer y varón, el derecho a pensar y a cambiar de creencias. Dashti murió en 1984 tras haber pasado tres años encerrado en las prisiones de Jomeini, donde sufrió torturas a pesar de su avanzada edad de ochenta y tres años.
Igual destino tuvo el teólogo sudanés Mahmud Muhammad Taha, que fue ahorcado con 76 años en 1985.
Cito a Ibn Warraq, el Apóstata:
Rachid Boudjedra, novelista, dramaturgo, ensayista, comunista y ateo confeso, y uno de los tipos más valientes que se enfrentan al islam desde dentro, tiene sobre su cabeza desde 1983 una fatwa condenándole a muerte. En el 92 llegó a comparar al partido FIS argelino con los nazis, y por supuesto le cayó otra condena a muerte. Él sigue viviendo en Argelia a pesar de las amenazas de muerte, donde trata de llevar una vida lo más normal posible y se desplaza de un lado a otro siempre oculto bajo un disfraz.
En abril de 1967, en la revista militar Jayash ash-Sha'b se publicó un artículo de Ibrahim Khalas, pidiendo el fin de las supersticiones. Tras gravísimos incidentes por las calles de Siria, Ibrahim Khalas y dos de sus colaboradores de la revista fueron juzgados por una corte marcial, que los declaró culpables y los condenó a prisión perpetua con trabajos forzados.
El sirio Sadiq al-Azm, un intelectual marxista que estudió en la Universidad Norteamericana de Beirut, se doctoró en filosofía en la Universidad de Yale y publicó un estudio sobre el filósofo inglés Berkeley, criticaba a los dirigentes árabes por no desarrollar las facultades críticas de su pueblo, y les reprochaba su propia actitud des-provista de crítica hacia el islamismo y su anacrónico modo de pensar. Se lo juzgó, pero tenía una familia muy rica e influyente (normal, era marxista) y terminó exiliándose de su país. Sadiq al-Azm ha defendido valientemente a Salman Rushdie en un artículo aparecido en Die Welt des Islams.
La blasfemia hacia Dios o su profeta se castiga con la muerte según la ley islámica. En la época actual, la blasfemia se ha convertido en una herramienta con la que los gobiernos silencian toda oposición o los individuos ajustan cuentas personales, o bien, como acabamos de ver, un medio para perseguir y castigar la «herejía». Un informe del Economist da cuenta de la manipulación que se efectúa en Pakistán con la «blasfemia»:
Quote:1.
La ley islámica no permite cambiar de religión a quien ha nacido en el seno de una familia musulmana. Haciendo uso de una doble moral, los musulmanes aceptan alegremente a los conversos de las demás religio nes, pero consideran una apostasía punible con la muerte la conversión de un musulmán a otra religión. El gran comentador Baydawi (ca. 1291) resuelve el tema como sigue: «A cualquiera que reniegue de su creencia, abierta o secretamente, matadlo dondequiera que lo encontréis, como a un infiel cualquiera. Apartaos siempre de él. No aceptéis interceder por él.»
2.
Por obvias razones, es difícil saber cuántos musulmanes se con vierten al cristianismo e incurren, por tanto, en apostasía. Hay un mito de que es imposible convertir a un musulmán, pero lo cierto es que hay pruebas bastante concluyentes de que, desde la Edad Media hasta nuestros días, miles de musulmanes han abandonado el islamismo para hacer se cristianos. Los casos más espectaculares fueron los de los príncipes de Marruecos y de Túnez en el siglo xvn y del monje Constantino el Africa no. El conde Rudt-Collenberg encontró en la Casa dei Gatecumini de Roma pruebas de 1087 conversiones ocurridas entre 1614 y 1798. Según A. T. Willis y otros, después de las masacres de comunistas perpetradas en Indonesia en 1965 —a las que nos referíamos en el capítulo 3—, entre dos y tres millones de musulmanes se convirtieron al cristianismo. Sólo en Francia, en la década de 1990 se convertían al cristianismo doscientos o trescientos musulmanes cada año. Según Ann E. Mayer,4 las conversio nes en Egipto «han estado ocurriendo con tal frecuencia que ello ha des pertado la ira de los clérigos musulmanes y ha hecho movilizar a los musulmanes conservadores para promulgar una ley que imponga la pena de muerte para los apóstatas». Mayer señala también que, en el pasado, muchas mujeres se vieron tentadas de abandonar el islamismo para mejorar su suerte.
3. Quienes se convierten al cristianismo y eligen quedarse en un país musulmán lo hacen a costa de un grave peligro. Al converso se le niegan casi todos sus derechos; con frecuencia se le deniegan sus documentos de identidad, con lo que tiene serias dificultades para dejar el país; se declara nulo e inválido su matrimonio; se le quitan los hijos para que sean criados por musulmanes, y pierde todos sus derechos de herencia. A menudo la propia familia se hace cargo del asunto y simplemente asesina al apóstata; por supuesto, nadie los castiga por ello.
Algunos ejemplos de otros que, como los de webislam, se empeñan en inventarse una religión y seguir llamándola islam.
El 3 de septiembre de 1992 Sadiq Abdul Karim Malallah, condenado por apostasía y blasfemia, fue decapitado públicamente en al-Qatif. Sadiq, un musulmán shií, había sido arrestado en 1988, acusado de haber arrojado piedras a un puesto de policía y, más tarde, de haber introducido ilegalmente una Biblia en el país. Se lo mantuvo incomunicado en una celda, donde fue torturado.
Uno de los reformistas más conocidos, que intentó meter el pensamiento racional en el islam, es el iraní Ali Dashi, con su libro Twenty-Three Years que publicó en los años 80. Dashi reclamaba la igualdad de mujer y varón, el derecho a pensar y a cambiar de creencias. Dashti murió en 1984 tras haber pasado tres años encerrado en las prisiones de Jomeini, donde sufrió torturas a pesar de su avanzada edad de ochenta y tres años.
Igual destino tuvo el teólogo sudanés Mahmud Muhammad Taha, que fue ahorcado con 76 años en 1985.
Cito a Ibn Warraq, el Apóstata:
Quote:Otro intento de reformar el islamismo desde dentro acabó también de un modo trágico. El teólogo sudanés Mahmud Muhammad Taha intentó restar importancia al Corán como fuente de la ley. Taha creía que era ya tiempo de elaborar nuevas leyes que satisficieran cumplidamente las necesidades de la gente en el siglo veinte. Para propagar sus ideas, Taha fundó una Hermandad Republicana. Las autoridades religiosas de Jartum no acogieron bien las ideas de Taha y en 1968 lo declararon culpable de apostasía, lo cual, según la ley islámica, se castiga con la muerte. Quema-ron todos sus escritos, pero Taha consiguió eludir la ejecución durante diecisiete años. Finalmente se le inició otro juicio y en enero de 1985, cuando contaba setenta y seis años, fue ahorcado en la plaza pública de Jartum.
Rachid Boudjedra, novelista, dramaturgo, ensayista, comunista y ateo confeso, y uno de los tipos más valientes que se enfrentan al islam desde dentro, tiene sobre su cabeza desde 1983 una fatwa condenándole a muerte. En el 92 llegó a comparar al partido FIS argelino con los nazis, y por supuesto le cayó otra condena a muerte. Él sigue viviendo en Argelia a pesar de las amenazas de muerte, donde trata de llevar una vida lo más normal posible y se desplaza de un lado a otro siempre oculto bajo un disfraz.
En abril de 1967, en la revista militar Jayash ash-Sha'b se publicó un artículo de Ibrahim Khalas, pidiendo el fin de las supersticiones. Tras gravísimos incidentes por las calles de Siria, Ibrahim Khalas y dos de sus colaboradores de la revista fueron juzgados por una corte marcial, que los declaró culpables y los condenó a prisión perpetua con trabajos forzados.
El sirio Sadiq al-Azm, un intelectual marxista que estudió en la Universidad Norteamericana de Beirut, se doctoró en filosofía en la Universidad de Yale y publicó un estudio sobre el filósofo inglés Berkeley, criticaba a los dirigentes árabes por no desarrollar las facultades críticas de su pueblo, y les reprochaba su propia actitud des-provista de crítica hacia el islamismo y su anacrónico modo de pensar. Se lo juzgó, pero tenía una familia muy rica e influyente (normal, era marxista) y terminó exiliándose de su país. Sadiq al-Azm ha defendido valientemente a Salman Rushdie en un artículo aparecido en Die Welt des Islams.
La blasfemia hacia Dios o su profeta se castiga con la muerte según la ley islámica. En la época actual, la blasfemia se ha convertido en una herramienta con la que los gobiernos silencian toda oposición o los individuos ajustan cuentas personales, o bien, como acabamos de ver, un medio para perseguir y castigar la «herejía». Un informe del Economist da cuenta de la manipulación que se efectúa en Pakistán con la «blasfemia»:
Quote:Un fallo del Tribunal Supremo de Lahore ha causado inquietud entre los cris-tianos de Pakistán. El tribunal decidió recientemente que las leyes pakistaníes sobre la blasfemia eran aplicables a todos los profetas del islamismo. Puesto que éste enseña que Jesús es un profeta, podría argüirse que los cristianos cometen blasfemia al adorarlo como el hijo de Dios. [...] Hay aproximadamen-te i.200.000 cristianos en Pakistán, en una población de 120 millones. Muchos de ellos pertenecen a una casta inferior y realizan trabajos de baja categoría. Algunos han sufrido por sus creencias. Tahir Iqbal, un mecánico de la fuerza aérea que se convirtió al cristianismo y fue acusado de blasfemia, murió misteriosamente en prisión mientras aguardaba su juicio. Manzoor Masih, acusado asimismo de blasfemia, fue puesto en libertad bajo fianza y resultó muerto de un tiro en la calle (7 de mayo de 1994).
