28-08-2012, 14:30:09
El editorial de hoy de El Mundo se las apaña para nombrar dos veces el 11-M e incluir todas esas tonterías de Santano y de la destrucción de muestras. Son tremendos:
Quote:Alguien tiene que pagar este error policial
EL MISTERIO de la desaparición en octubre del año pasado de los niños cordobeses Ruth y José dio ayer un giro que puede ser definitivo para el esclarecimiento del caso, si bien no deja en buen lugar a la Policía Científica. Después de diez meses de investigación, han sido dos antropólogos privados quienes han desenmascarado al criminal. Los acontecimientos se precipitaron ayer cuando se filtró un informe forense, encargado por la madre y aceptado por el juez, en el que el profesor de Medicina Legal Francisco Etxeberria acreditaba que los restos óseos hallados en una hoguera en la finca del padre eran de niños de corta edad. Ello refutaba la conclusión de que pertenecían a «pequeños animales», a la que llegaron los peritos de la Policía Científica tras analizar las muestras el pasado mes de noviembre. Tras la lógica conmoción causada por el descubrimiento, el ministro del Interior, de acuerdo con el juez, desveló los detalles de la investigación de un suceso que tiene pocos precedentes en la historia de la criminología española. Jorge Fernández dio a conocer un tercer análisis, realizado por Bermúdez de Castro, el paleontólogo que dirige las excavaciones de Atapuerca, que confirma que los restos pertenecen a un niño de 6 años. Precisamente la edad de la pequeña Ruth desaparecida junto a su hermano.
Estamos ante un crimen espeluznante cuya investigación es tanto más compleja cuanto que el padre, encarcelado desde días después de que él mismo denunciara la desaparición de los niños, puso en marcha un plan premeditado para quemar en el fuego las pruebas y engañar a la Policía con pistas falsas. Hizo creer que los podía haber dado en adopción. Los policías sobre el terreno siempre pensaron que Bretón era la clave y que en la finca hallarían las pruebas. La conclusión de sus propios peritos, que no detectaron elementos humanos en los restos de la hoguera orientaron las investigaciones en otra dirección. Hay que advertir que las muestras evidenciaban que el fuego pudo alcanzar los 800 grados y que Bretón usó una placa metálica para lograr efectos similares a los de un horno.
La complejidad del caso no puede justificar, en modo alguno, el error palmario y garrafal de los peritos de la Policía Científica, dirigida en aquel momento por el comisario Santano, más preocupado por cuestiones políticas que por su labor profesional, como demostró en la manipulación de la investigación del 11-M. El ministro quitó hierro a la equivocación, pero depurar responsabilidades se antoja imprescindible, porque da miedo pensar en las consecuencias de la chapuza. El crimen podría no haberse esclarecido nunca, si no fuera por el empeño de la madre de los niños y la pericia de dos científicos de talla internacional, como Etxeberria y Bermúdez de Castro. Al menos esta vez se habían conservado intactos los restos para que pudieran ser sometidos al peritaje de expertos privados, algo que no sucedió con las muestras del 11-M.
El caso nos lleva a la conclusión -tremendamente inquietante- de que muchas veces los ciudadanos se ven obligados a recurrir a la iniciativa privada para el esclarecimiento de unos delitos que los servidores del Estado no son capaces de resolver.
