25-03-2012, 21:58:25
Caramba, es verdad, se me pasó y lo acababa de encontrar, pero Quetza se me ha adelantado diligentemente. Para facilitar las cosas, lo pego aquí:
Quote:Víctimas y vigilantes en el lugar del crimen
JOAQUÍN MANSO ESPAÑA| Pág. 19
06/06/2011
Madrid
«Tuve una pesadilla, mamá, que te mordía el perro. Se tiraba encima de ti y te mordía». Violeta se despertó el 11 marzo 2004 sobresaltada por la zozobra de su hijo de cuatro años, víctima de un mal sueño, preludio de otro peor. Papá salió de casa como todos los días para tomar desde Alcalá el Cercanías que le llevaba a la obra; esta vez, mamá no cogió el mismo tren para ir a Majadahonda a hacer la limpieza. Se quedó 10 minutos más hasta que el niño dejó de llorar. A él le pilló la explosión en Atocha; a ella, en Santa Eugenia.
Siete años después, los dos están bien, son españoles de nuevo cuño y siguen trabajando duro para construir su futuro lejos de Rumanía. El suyo es un caso insólito: los dos heridos en los atentados, pero en dos trenes distintos. Ahora, además, se pasan la vida en los Cercanías: son guardias de seguridad de las líneas del centro de Madrid.
Violeta fue la que más sufrió el impacto. Tiene lesiones en el oído izquierdo, su mano derecha no se ha recuperado del todo y padeció estrés postraumático durante largo tiempo. «Pasé cinco o seis meses sin comer carne. En cuanto veía algo de sangre me ponía enferma, todo me olía a carne quemada», recuerda.
El relato que mantiene del atentado sigue vívido en su memoria: «El tren arrancó y, un segundo después, ocurrió todo. La explosión vino de frente, del vagón de al lado. La gente corría y gritaba. Salí y cogí a una chica que estaba conmigo. Nos sentamos sin saber qué pasaba, ni que había sido una bomba. Pero había una carnicería abajo. Parecía que era una pesadilla. Los heridos andaban como sonámbulos».
Volvió a casa horas después, todavía en medio del desconcierto. «Me quité toda la ropa y me senté desnuda en la cama con las manos en la cabeza. '¿Qué ha pasado, pero qué ha pasado?'». Fue su marido, también herido, el que tuvo que convencerla para que fuese al hospital. Todavía no tenían papeles.
Desde ese día, Violeta inició una actividad frenética para superar su trauma y sacar a sus dos hijos adelante. «No vinimos de Rumanía para quedarnos en casa lamentándonos. Tenía que levantar la cabeza». Primero, puso un locutorio y fue una de las hadas madrinas del barrio. «La gente venía y me preguntaba por su trabajo, por el permiso de residencia, por certificados de la embajada. Muchas veces me gastaba mi propio dinero. Cuando llegaban rumanos que no tenían casa, los llevaba a la mía a que comiesen y se duchasen».
La popularidad que alcanzó llevo al partido Solidaridad Democrática a contar con ella como candidata en las municipales de Alcalá en 2007. Incluso dio varios mítines.
Después, ella y su marido se sacaron el título de guardia de seguridad. Les contrató la empresa LPM, que da servicio a Renfe en varias líneas de Madrid. Violeta ya no temió que podría vivir un mal recuerdo en los Cercanías: «Siempre me sobresalto cuando veo una mochila en el tren, pero gracias a mis compañeros y a mi inspector, José Manuel Hermelo, siempre pienso en positivo».
