29-08-2013, 09:38:23
Titadyn, el eterno retorno (LVI)
En breve pasaré a ilustrar mi argumentación con un detallado examen de la casuística española en materia de terrorismo de ETA, pero antes he de completar el cuadro de la posición que trato de rebatir, perfilando otro aspecto principal de ésta que a veces se introduce casi con carácter subsidiario, como vía de escape.
Por el momento, las consideraciones que hasta ahora he ofrecido se reflejan en la circunstancia de que ninguno de los expertos en explosivos que han declarado en alguno de los procesos relacionados directa o indirectamente con el 11-M han apoyado jamás la afirmación de que sea posible determinar analíticamente la marca de una dinamita a partir de restos explosionados. Todo lo contrario. Sólo quienes carecían de toda experiencia previa en el análisis de explosivos se han atrevido a indicar tal cosa. [1] Esta imposibilidad es lo que, desde el punto de vista oficial, podríamos denominar la vertiente negativa: lo que no es posible hacer. Entre quienes corroboraron esa imposibilidad se encuentra el mismo perito Manuel Escribano, que normalmente siempre ha gozado de la máxima credibilidad para quienes aborrecen la versión oficial. Sin embargo, sus declaraciones ante la juez instructora de la querella contra Sánchez Manzano abren la puerta a matizaciones relevantes para la discusión que nos ocupa, pues introducen ese otro elemento esencial de la formulación conspiracionista que procede reseñar. Es lo que, desde la perspectiva de algunos críticos, podríamos calificar de vertiente positiva y que se presenta en ocasiones a modo de subterfugio: lo que sí puede (al menos) hacerse.
En efecto, el día 18 de septiembre de 2009, el referido perito policial declaró ante la juez Coro Cillán. En un momento dado, la defensa de los querellados le preguntó sobre la posibilidad de determinar la marca del explosivo:
Antes de esta intervención, sin embargo, el perito había respondido al interrogatorio del letrado de la acusación (José María de Pablo), donde hizo el mismo comentario, pero añadió, a instancias del referido abogado de la AAV11-M, una consideración destacable:
Obsérvese, por cierto, el ligero matiz de disparidad entre la intervención de De Pablo y la respuesta del testigo. El abogado trata de llevar el agua a su molino, tras escuchar que es imposible hacer eso que él ha insistido (y, curiosamente, sigue insistiendo) que siempre puede hacerse: determinar el explosivo utilizado. Lo que él sugiere entonces es que, al menos, será posible “descartar dinamitas que no tengan esos componentes”. Lo que el letrado quiere decir es que es posible descartar que se haya utilizado, es decir, que haya explotado una determinada dinamita. La respuesta del perito, aun siendo afirmativa, se expresa en términos levemente distintos y en principio literalmente inapelables: lo que se puede descartar es que la sustancia en cuestión proceda de una dinamita que no la contiene. ¿Pero eso significa que puede descartarse el uso de tal dinamita? Un poco de lógica nos sugiere que, en realidad, no es así: es posible que se haya utilizado una determinada dinamita que no tiene una específica sustancia y que dicha sustancia problemática tenga otro origen, por ejemplo, una mezcla de explosivos o una alteración (léase, inter alia, contaminación) de las muestras.
Ciertamente, la idea de que encontrar sustancias en principio incompatibles con un explosivo nos lleva a descartar dicho explosivo no es en sí misma inmediatamente absurda; no es en abstracto irrazonable o inatendible y, por eso mismo, los contrarios a la versión oficial esgrimen con porfiada delectación el hallazgo de DNT y nitroglicerina en muestras de los focos de los trenes como una circunstancia que pone punto final a toda discusión: en los trenes no se utilizó Goma 2 ECO… y vale ya. Pero no vale. La solidez de este razonamiento depende obviamente de que se cumplan sus presupuestos de base, que nunca deben perderse de vista.
Todo ello se reduce a una consideración esencial: aun cuando partiéramos de que sólo se ha utilizado un único explosivo y por tanto pudiéramos excluir toda mezcla (algo que difícilmente puede hacerse a priori), cualquier conclusión que pretendamos extraer de la aparición de una sustancia en un análisis depende, para su validez, de que esa sustancia proceda realmente del explosivo empleado. Es decir, debemos estar seguros de que la sustancia procede del explosivo cuya identidad deseamos averiguar, y no de cualquier otro elemento ajeno, ya sea concomitante o posterior a la explosión. Esto puede expresarse de manera más clara con un par de ejemplos.
El ANFO es un explosivo que consiste, básicamente, en una mezcla de nitrato amónico y combustible derivado del petróleo, desde gasolinas a aceites de motor. Si un químico de la policía encuentra combustible al analizar los restos de un coche bomba, ¿cómo sabe que procede de un artefacto a base de ANFO y no del depósito del propio vehículo? Estas dudas pueden surgir también con el nitrato de amonio. Es sabido que dicho compuesto forma parte de fertilizantes agrícolas y multitud de terroristas han hecho uso de esta fuente de aprovisionamiento. De hecho, Anders Breivik adquirió toneladas de fertilizantes, legalmente comprados en el mercado, para preparar su terrible matanza en Noruega. Cuando un artefacto hace explosión en una zona ajardinada, el analista forense puede encontrar un nitrato amónico de cuyo origen le quepan dudas: ¿es un componente del explosivo o procede de la vegetación? Me consta que esta consideración no es meramente hipotética. He tenido ocasión de charlar con un facultativo de la policía española que se enfrentó exactamente a esta duda en un atentado de ETA; duda que sólo pudo resolver con cierto ingenio y bastante buena suerte.
Lo anterior es lo que podría constituir una interferencia concomitante a la explosión. Pero existe otro tipo de problema que puede aparecer más tarde y que ya he referido bajo la etiqueta de alteración de las muestras: si el elemento o los elementos ajenos a un determinado explosivo se han incorporado a las muestras en un momento posterior a su recogida, tales elementos no proceden de la explosión y nada nos dicen sobre el material empleado. Bien se ve que acabo de plantear el nudo de una discusión que se ha desarrollado con notable intensidad en las investigaciones de todo tipo (periodísticas y policiales) en torno a los explosivos del 11-M, y que enfrentó acaloradamente a los peritos que intervinieron ante el tribunal presidido por Gómez Bermúdez. Sobre esta cuestión habré de extenderme cumplidamente en su momento, pero aquí procede anticipar algunos de los puntos esenciales.
Los conspiracionistas se aferran a la detección de DNT en las muestras de los focos de los trenes y de NG (en una sola muestra) para dictaminar rotundamente que, sea lo que sea que explotara, no puede ser Goma 2 ECO, pues dicha dinamita no contiene las sustancias mencionadas. Esta es la postura de mínimos: el rechazo de la Goma 2 ECO; otros, como sabemos, van más lejos y se atreven a afirmar que se utilizó Titadyn. Los peritos oficiales, en cambio, estiman que esas sustancias problemáticas son producto de una alteración (contaminación) de las muestras. Como he dicho, no entraré ahora a debatir la consistencia de una u otra postura, aunque mi posición es adivinable. Lo que pretendo hacer a continuación es desarrollar esa especie de reducción al absurdo que sugerí al inicio de este bloque argumental. Sin abordar por el momento el fondo de la postura conspiracionista, pretendo mostrar que un contraste de ésta con la práctica policial y judicial presenta (o presentaría) llamativas disfunciones.
Para ello, enlazo nuevamente con la exposición precedente relativa a la cuestión general de si era o no posible determinar la marca comercial de una dinamita que ha hecho explosión. El recorrido por los antecedentes etarras (y la correspondiente jurisprudencia) que enseguida iniciaré servirá para remachar ese punto, al tiempo que incidirá en este nuevo aspecto relativo a la aparición de sustancias en principio ajenas a la composición de un concreto explosivo.
Las primeras referencias, sin embargo, no son mías, sino de un periódico que, pese a sus preferencias ideologicas, no siguió el juego de El Mundo y compañía en materia de 11-M.
Sin excepción… salvo alguna cosa
El último domingo de agosto (día 27) de 2006, en una carta dominical de abrumador título (“De los GAL al 11-M”), Pedro J. Ramírez, en el asunto que más directamente nos atañe, ofreció una desabrida y habitual valoración:
Sea como fuere, y quizá para dejar en evidencia estas manifestaciones un tanto frívolas por parte de quien ha tenido responsabilidades de gobierno, el diario ABC publicó el 15 de septiembre un artículo que señalaba que “La Policía no pudo determinar el explosivo usado en 9 atentados de ETA con el PP en el poder”. Se trataba, en efecto, de nueve acciones terroristas (específicamente, con coches bomba) en las que los análisis de las fuerzas de seguridad habían sido incapaces de identificar la sustancia empleada por los criminales. Sin embargo, subrayaba el periódico, “la Audiencia Nacional condenó a sus autores y dio por esclarecidos los hechos”, mientras que:
El artículo de ABC provocó reacciones despectivas, y muy similares en su esencia, por parte de los principales críticos de la versión oficial. Así, Luis del Pino, en su blog (15.9.2006):
Para empezar, sólo hay que leer las primeras palabras del texto de ABC para darse cuenta de que el diario habla de “al menos nueve atentados”. Es obvio que no ha hecho una búsqueda exhaustiva, sino meramente ilustrativa. Pero lo más relevante es que, en los casos de los que habla el diario de Vocento, no se pudo determinar ni siquiera el tipo de explosivo, en efecto, pero eso no es lo que ocurre en el 11-M, donde el tipo siempre se ha sabido: dinamita. Lo que se ignora es la marca concreta de dinamita. Aquí nos tropezamos, pues, con la sempiterna ofuscación de los conspiracionistas, que confunden los términos, ya sea por negligencia deplorable o de manera intencionada.
El diario ABC cita, por tanto, nueve ocasiones (entre muchas otras, sin duda) en las que la situación respecto al explosivo empleado en una acción terrorista fue incluso más deficiente que en el caso del 11-M. Y no pasó nada.
A los presentes efectos, la referencia de ABC nos invita a profundizar en los antecedentes de atentados etarras para iluminar de manera más cabal el panorama de las conclusiones a las que la práctica judicial ha llegado en materia de explosivos. Ya sabemos que en algunos casos no puede siquiera esclarecerse el tipo de sustancia empleada, pero ¿qué ocurre cuando aparentemente las resoluciones judiciales sí consideran acreditada la utilización de un explosivo concreto? ¿Cómo realizan los tribunales esa determinación? ¿Hay realmente una diferencia entre el 11-M y los demás casos de terrorismo a este respecto?
Lo mínimo que puede decirse es que algunos comentaristas no necesitan leer, ni mucho menos tratar de rebatir, a sus críticos. En un mundo de referencias cruzadas a fuentes endogámicas y escaso de genuino esfuerzo documental, Javier Somalo seguía con la copla habitual recién concluidas las sesiones del juicio (Debates en Libertad, 5.7.2007; min. 16:50):
Juzguémoslo.
NOTA
[1]: Por cierto, el Sr. Iglesias admitió tanto en el juicio del 11-M como en su declaración como testigo de la defensa en el procedimiento iniciado por Sánchez Manzano contra El Mundo que antes del 11-M nunca había analizado explosivos (reconocimiento que siempre hizo visiblemente molesto ante el requerimiento de que informara sobre sus antecedentes). Sin embargo, declarando como testigo de cargo ante la juez instructora de la querella contra Sánchez Manzano, este perito pasó a afirmar que sí contaba con experiencia previa en la materia, anterior al juicio sobre los atentados. La defensa de los querellados, sorprendida por esta novedad, pidió conocer esos precedentes, pero Iglesias se resistió a responder, aduciendo supuestos deberes de confidencialidad. La juez Coro Cillán acudió (otra vez) en apoyo del perito, frente a las objeciones de los letrados de Sánchez Manzano y la agente 17.632. Ningún medio informativo consideró reseñable este incidente, en un proceso donde el testigo volátil declaraba en apoyo de la acusación contra dos policías por, precisamente, falso testimonio, entre otros desmanes.
En breve pasaré a ilustrar mi argumentación con un detallado examen de la casuística española en materia de terrorismo de ETA, pero antes he de completar el cuadro de la posición que trato de rebatir, perfilando otro aspecto principal de ésta que a veces se introduce casi con carácter subsidiario, como vía de escape.
Por el momento, las consideraciones que hasta ahora he ofrecido se reflejan en la circunstancia de que ninguno de los expertos en explosivos que han declarado en alguno de los procesos relacionados directa o indirectamente con el 11-M han apoyado jamás la afirmación de que sea posible determinar analíticamente la marca de una dinamita a partir de restos explosionados. Todo lo contrario. Sólo quienes carecían de toda experiencia previa en el análisis de explosivos se han atrevido a indicar tal cosa. [1] Esta imposibilidad es lo que, desde el punto de vista oficial, podríamos denominar la vertiente negativa: lo que no es posible hacer. Entre quienes corroboraron esa imposibilidad se encuentra el mismo perito Manuel Escribano, que normalmente siempre ha gozado de la máxima credibilidad para quienes aborrecen la versión oficial. Sin embargo, sus declaraciones ante la juez instructora de la querella contra Sánchez Manzano abren la puerta a matizaciones relevantes para la discusión que nos ocupa, pues introducen ese otro elemento esencial de la formulación conspiracionista que procede reseñar. Es lo que, desde la perspectiva de algunos críticos, podríamos calificar de vertiente positiva y que se presenta en ocasiones a modo de subterfugio: lo que sí puede (al menos) hacerse.
En efecto, el día 18 de septiembre de 2009, el referido perito policial declaró ante la juez Coro Cillán. En un momento dado, la defensa de los querellados le preguntó sobre la posibilidad de determinar la marca del explosivo:
Quote:Letrada de la defensa: Y si hubiera habido mezcla de explosivos, ¿es cierto que sería imposible determinar la marca comercial?Algo que resulta evidente, como ya hemos visto. La explicación de este perito se queda, no obstante, algo corta, pues el problema no deriva sólo de que haya identidad de composición, sino del hecho de que no siempre es posible identificar todos los componentes.
Sr. Escribano: Eso lo contesté antes al señor letrado: efectivamente, no solamente aunque hubiera mezcla de varios explosivos y tal, sino aunque no hubiera [mezcla] en los restos de explosivos, la marca es imposible. Uno puede decir cuál es la composición pero la marca no porque repito que puede haber varias marcas comerciales con la misma composición. […]
Antes de esta intervención, sin embargo, el perito había respondido al interrogatorio del letrado de la acusación (José María de Pablo), donde hizo el mismo comentario, pero añadió, a instancias del referido abogado de la AAV11-M, una consideración destacable:
Quote:Letrado de la acusación: O sea, por su experiencia de estos largos años analizando restos de explosivos y también […] analizando restos de explosivos explosionados, ¿es posible determinar de alguna manera la marca de una dinamita?Hasta aquí nada nuevo, pero entonces el autor de “La Cuarta Trama” aprovecha un resquicio:
Sr. Escribano: La marca comercial, imposible. Eso es imposible debido a que puede haber varias marcas comerciales con los mismos componentes.
Letrado de la acusación: Con los mismos componentes.
Sr. Escribano: Con lo cual, usted no puede decir jamás a través de un resto de explosión –aunque la analítica sea muy perfecta y hubiera muchos restos y todo eso– decir exactamente la marca de la dinamita, eso es imposible puesto que hay varias marcas que pueden tener los mismos componentes.
Quote:Letrado de la acusación: Pero sí por ejemplo [se] puede acotar.En efecto, hasta ahora he centrado mi exposición en las dificultades que surgen para el argumento conspiracionista a partir de las circunstancias de que existen explosivos con idénticas o muy similares composiciones y de que no suele ser posible hallar todos los componentes. Sin embargo, lo que no he abordado es este aspecto: ¿qué pasa cuando aparecen sustancias que no pertenecen a la composición de un explosivo postulado? Esa es la baza de los críticos que conviene añadir a la discusión.
Sr. Escribano: Sí, eso sí.
Letrado de la acusación: Es decir, que [en] un resto de explosivo explosionado es posible, por ejemplo, si es una dinamita, encontrar nitroglicerina y encontrar dinitrotolueno y, por lo tanto, se pueden descartar dinamitas como la Goma 2 que no tengan estos componentes.
Sr. Escribano: Efectivamente. Por ejemplo, si encontramos nitroglicerina sabemos que la nitroglicerina jamás puede proceder de Goma 2 ECO, puesto que en la composición de la Goma 2 ECO no entra la nitroglicerina. Si encontramos DNT, sabemos que el DNT jamás puede proceder de la Goma 2 ECO.
Obsérvese, por cierto, el ligero matiz de disparidad entre la intervención de De Pablo y la respuesta del testigo. El abogado trata de llevar el agua a su molino, tras escuchar que es imposible hacer eso que él ha insistido (y, curiosamente, sigue insistiendo) que siempre puede hacerse: determinar el explosivo utilizado. Lo que él sugiere entonces es que, al menos, será posible “descartar dinamitas que no tengan esos componentes”. Lo que el letrado quiere decir es que es posible descartar que se haya utilizado, es decir, que haya explotado una determinada dinamita. La respuesta del perito, aun siendo afirmativa, se expresa en términos levemente distintos y en principio literalmente inapelables: lo que se puede descartar es que la sustancia en cuestión proceda de una dinamita que no la contiene. ¿Pero eso significa que puede descartarse el uso de tal dinamita? Un poco de lógica nos sugiere que, en realidad, no es así: es posible que se haya utilizado una determinada dinamita que no tiene una específica sustancia y que dicha sustancia problemática tenga otro origen, por ejemplo, una mezcla de explosivos o una alteración (léase, inter alia, contaminación) de las muestras.
Ciertamente, la idea de que encontrar sustancias en principio incompatibles con un explosivo nos lleva a descartar dicho explosivo no es en sí misma inmediatamente absurda; no es en abstracto irrazonable o inatendible y, por eso mismo, los contrarios a la versión oficial esgrimen con porfiada delectación el hallazgo de DNT y nitroglicerina en muestras de los focos de los trenes como una circunstancia que pone punto final a toda discusión: en los trenes no se utilizó Goma 2 ECO… y vale ya. Pero no vale. La solidez de este razonamiento depende obviamente de que se cumplan sus presupuestos de base, que nunca deben perderse de vista.
Todo ello se reduce a una consideración esencial: aun cuando partiéramos de que sólo se ha utilizado un único explosivo y por tanto pudiéramos excluir toda mezcla (algo que difícilmente puede hacerse a priori), cualquier conclusión que pretendamos extraer de la aparición de una sustancia en un análisis depende, para su validez, de que esa sustancia proceda realmente del explosivo empleado. Es decir, debemos estar seguros de que la sustancia procede del explosivo cuya identidad deseamos averiguar, y no de cualquier otro elemento ajeno, ya sea concomitante o posterior a la explosión. Esto puede expresarse de manera más clara con un par de ejemplos.
El ANFO es un explosivo que consiste, básicamente, en una mezcla de nitrato amónico y combustible derivado del petróleo, desde gasolinas a aceites de motor. Si un químico de la policía encuentra combustible al analizar los restos de un coche bomba, ¿cómo sabe que procede de un artefacto a base de ANFO y no del depósito del propio vehículo? Estas dudas pueden surgir también con el nitrato de amonio. Es sabido que dicho compuesto forma parte de fertilizantes agrícolas y multitud de terroristas han hecho uso de esta fuente de aprovisionamiento. De hecho, Anders Breivik adquirió toneladas de fertilizantes, legalmente comprados en el mercado, para preparar su terrible matanza en Noruega. Cuando un artefacto hace explosión en una zona ajardinada, el analista forense puede encontrar un nitrato amónico de cuyo origen le quepan dudas: ¿es un componente del explosivo o procede de la vegetación? Me consta que esta consideración no es meramente hipotética. He tenido ocasión de charlar con un facultativo de la policía española que se enfrentó exactamente a esta duda en un atentado de ETA; duda que sólo pudo resolver con cierto ingenio y bastante buena suerte.
Lo anterior es lo que podría constituir una interferencia concomitante a la explosión. Pero existe otro tipo de problema que puede aparecer más tarde y que ya he referido bajo la etiqueta de alteración de las muestras: si el elemento o los elementos ajenos a un determinado explosivo se han incorporado a las muestras en un momento posterior a su recogida, tales elementos no proceden de la explosión y nada nos dicen sobre el material empleado. Bien se ve que acabo de plantear el nudo de una discusión que se ha desarrollado con notable intensidad en las investigaciones de todo tipo (periodísticas y policiales) en torno a los explosivos del 11-M, y que enfrentó acaloradamente a los peritos que intervinieron ante el tribunal presidido por Gómez Bermúdez. Sobre esta cuestión habré de extenderme cumplidamente en su momento, pero aquí procede anticipar algunos de los puntos esenciales.
Los conspiracionistas se aferran a la detección de DNT en las muestras de los focos de los trenes y de NG (en una sola muestra) para dictaminar rotundamente que, sea lo que sea que explotara, no puede ser Goma 2 ECO, pues dicha dinamita no contiene las sustancias mencionadas. Esta es la postura de mínimos: el rechazo de la Goma 2 ECO; otros, como sabemos, van más lejos y se atreven a afirmar que se utilizó Titadyn. Los peritos oficiales, en cambio, estiman que esas sustancias problemáticas son producto de una alteración (contaminación) de las muestras. Como he dicho, no entraré ahora a debatir la consistencia de una u otra postura, aunque mi posición es adivinable. Lo que pretendo hacer a continuación es desarrollar esa especie de reducción al absurdo que sugerí al inicio de este bloque argumental. Sin abordar por el momento el fondo de la postura conspiracionista, pretendo mostrar que un contraste de ésta con la práctica policial y judicial presenta (o presentaría) llamativas disfunciones.
Para ello, enlazo nuevamente con la exposición precedente relativa a la cuestión general de si era o no posible determinar la marca comercial de una dinamita que ha hecho explosión. El recorrido por los antecedentes etarras (y la correspondiente jurisprudencia) que enseguida iniciaré servirá para remachar ese punto, al tiempo que incidirá en este nuevo aspecto relativo a la aparición de sustancias en principio ajenas a la composición de un concreto explosivo.
Las primeras referencias, sin embargo, no son mías, sino de un periódico que, pese a sus preferencias ideologicas, no siguió el juego de El Mundo y compañía en materia de 11-M.
Sin excepción… salvo alguna cosa
El último domingo de agosto (día 27) de 2006, en una carta dominical de abrumador título (“De los GAL al 11-M”), Pedro J. Ramírez, en el asunto que más directamente nos atañe, ofreció una desabrida y habitual valoración:
Quote:[L]a suma de engaños, trampas y chapuzas de paternidad fácilmente detectable ha situado a la Policía, la Fiscalía y el juez instructor en la insostenible posición de acudir a la vista oral alegando que, pese a la existencia de 12 focos de explosión –dos de ellos controlados–, nunca se podrá saber cuál fue el tipo de dinamita utilizado porque no se han podido identificar sus componentes. Bullshit, que dirían los británicos.A partir de ahí, el discurso periodístico no hizo sino escalar. El mes de septiembre de 2006 fue especialmente activo en materia de relatos intrigantes sobre el 11-M. Las confidencias de Trashorras a El Mundo, la mochila “manipulada” en el IFEMA, el asunto del ácido bórico, el libro de Lavandera y Fernando Múgica, las insólitas referencias del ex director general de la Policía, Díaz de Mera, a no se sabe qué informe supuestamente oculto sobre ETA y el 11-M… un continuo sinvivir (de hecho, sólo hubo dos días en todo el mes sin que el 11-M se mencionara en portada y ni uno solo sin que se tratara en páginas interiores). Dentro de este alboroto, el 12 de septiembre, Mariano Rajoy fue entrevistado en la COPE y, naturalmente, no faltaron las referencias esperables. Según indicaba Libertad Digital ese mismo día:
Quote:El líder del PP citó otros de los asuntos que rodean los atentados de Madrid. En concreto, aludió a la incógnita del explosivo que estalló en los trenes. Como ministro del Interior, vivió “muchos atentados” y aseguró que “a las 24 horas se sabía” la composición de las bombas “sin excepción”. Después de que Pedro J. Ramírez le recordara que en un caso no se llegó a saber qué explosivo estalló (el atentado en Santander en 2002, cuando estalló un coche bomba robado en el callejón donde Suárez Trashorras tenía su garaje), Rajoy matizó que él “no era ministro” en ese momento.La mención por parte del director de El Mundo del atentado de Santander tiene su interés. Por un lado, demuestra la falacia de la continua afirmación según la cual siempre es posible determinar la marca de lo que ha explotado y demuestra que determinados periodistas eran conscientes de ello. Por otro lado, la forma en que el Sr. Ramírez y su periódico utilizaron en su día este caso es muy llamativa por lo que tiene de oportunista y tornadiza, como indicaré más adelante, en la entrega 58.
Sea como fuere, y quizá para dejar en evidencia estas manifestaciones un tanto frívolas por parte de quien ha tenido responsabilidades de gobierno, el diario ABC publicó el 15 de septiembre un artículo que señalaba que “La Policía no pudo determinar el explosivo usado en 9 atentados de ETA con el PP en el poder”. Se trataba, en efecto, de nueve acciones terroristas (específicamente, con coches bomba) en las que los análisis de las fuerzas de seguridad habían sido incapaces de identificar la sustancia empleada por los criminales. Sin embargo, subrayaba el periódico, “la Audiencia Nacional condenó a sus autores y dio por esclarecidos los hechos”, mientras que:
Quote:Ahora, el portavoz popular en el Congreso, Eduardo Zaplana, y algunos medios de comunicación se extrañan de que no se haya podido concretar el explosivo que estalló en los trenes el 11-M.ABC aludía a una intervención de Zaplana en el Congreso de 13.9.2006 ( DSCD, Pleno y Diputación Permanente, nº 198, de 13.9.06, p. 9983), de la que El Mundo se hizo eco cumplidamente en su edición del día siguiente (EM, 14.9.2006):
Quote:Cuesta creer que tras doce explosiones en lugares distintos no sea posible encontrar restos para determinar científicamente qué fue lo que estalló. Cuesta creerlo, pero puede ser. Cuesta creer que tras una explosión, señor ministro, no se encuentren restos. Cuesta creer que tras dos explosiones no se encuentren restos suficientes, pero tras doce explosiones, dos de ellas siendo controladas por los Tedax, a los que suponemos, sin duda, cierta experiencia, no es que cueste creerlo, es que no puede ser, simplemente no puede ser.[La discusión en el Congreso obedecía a su vez a una interpelación urgente formulada por el Grupo Popular, al hilo, según palabras del portavoz del PP, de “las incesantes revelaciones sobre los atentados que golpearon nuestra democracia el 11 de marzo de 2004”.]
El artículo de ABC provocó reacciones despectivas, y muy similares en su esencia, por parte de los principales críticos de la versión oficial. Así, Luis del Pino, en su blog (15.9.2006):
Quote:Dice hoy el ABC, para justificar que no se haya podido determinar el explosivo de los trenes, que en los ocho años de gobierno del PP hubo nueve ocasiones en que no se pudo averiguar el explosivo utilizado por ETA. ¡Nueve ocasiones! ¡Nueve ocasiones entre centenares de artefactos explosivos!Y el director de El Mundo (EM, 16.9.2006):
Quote:En relación a una información publicada ayer por ABC, Pedro J. Ramírez aseguró que «se afirma que en nueve atentados [de ETA] no se pudo determinar cuál fue el explosivo utilizado. En nueve, de ¿cuántos atentados? Por lo menos de 50 o 70». Y se preguntó: «Alguien cree que es posible que, de 12 explosiones, dos de ellas controladas, no se pueda determinar qué tipo de explosivo emplearon los terroristas?». «Es absolutamente inverosímil la versión oficial de que no se sabe ni se va a saber qué tipo de explosivo fue utilizado en los atentados», se respondió.Las debilidades de estas objeciones se reflejan en muchos planos, incluyendo algún problema sobre la idea de lo que son sucesos estadísticamente independientes, pero no hace falta entrar en disquisiciones técnicas para estimar las principales fallas de las críticas. Ya hubo quienes las señalaron certeramente en su día y basta destacar dos de ellas especialmente notorias.
El director de EL MUNDO criticó que el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, eludiese en el Pleno del Congreso del pasado miércoles estas cuestiones […].
Para empezar, sólo hay que leer las primeras palabras del texto de ABC para darse cuenta de que el diario habla de “al menos nueve atentados”. Es obvio que no ha hecho una búsqueda exhaustiva, sino meramente ilustrativa. Pero lo más relevante es que, en los casos de los que habla el diario de Vocento, no se pudo determinar ni siquiera el tipo de explosivo, en efecto, pero eso no es lo que ocurre en el 11-M, donde el tipo siempre se ha sabido: dinamita. Lo que se ignora es la marca concreta de dinamita. Aquí nos tropezamos, pues, con la sempiterna ofuscación de los conspiracionistas, que confunden los términos, ya sea por negligencia deplorable o de manera intencionada.
El diario ABC cita, por tanto, nueve ocasiones (entre muchas otras, sin duda) en las que la situación respecto al explosivo empleado en una acción terrorista fue incluso más deficiente que en el caso del 11-M. Y no pasó nada.
A los presentes efectos, la referencia de ABC nos invita a profundizar en los antecedentes de atentados etarras para iluminar de manera más cabal el panorama de las conclusiones a las que la práctica judicial ha llegado en materia de explosivos. Ya sabemos que en algunos casos no puede siquiera esclarecerse el tipo de sustancia empleada, pero ¿qué ocurre cuando aparentemente las resoluciones judiciales sí consideran acreditada la utilización de un explosivo concreto? ¿Cómo realizan los tribunales esa determinación? ¿Hay realmente una diferencia entre el 11-M y los demás casos de terrorismo a este respecto?
Lo mínimo que puede decirse es que algunos comentaristas no necesitan leer, ni mucho menos tratar de rebatir, a sus críticos. En un mundo de referencias cruzadas a fuentes endogámicas y escaso de genuino esfuerzo documental, Javier Somalo seguía con la copla habitual recién concluidas las sesiones del juicio (Debates en Libertad, 5.7.2007; min. 16:50):
Quote:Lo que no cabe en ninguna cabeza es que un país en el que llevamos 40 años de terrorismo… estamos acostumbrados a que después de un atentado de ETA enseguida nos digan de qué estaba compuesto el explosivo, que nos enseñen trocitos del detonador y que tengamos la información clarísima y llegue el 11 de marzo y los restos sean vagones de tren y desaparezcan y no tengamos ni idea de cuál es el explosivo.Y no menos llamativa, pero sí más insidiosa, fue la desnortada observación, un mes antes, de quien pasaba por dedicarse a eso de la investigación (F. Múgica, EM, 3.6.2007):
Quote:Algunos peritos han afirmado ante el tribunal que después de una explosión de dinamita es imposible saber su tipo. Entonces, ¿nos han mentido en todos los comunicados tras cualquiera de los atentados de ETA?
Juzguémoslo.
NOTA
[1]: Por cierto, el Sr. Iglesias admitió tanto en el juicio del 11-M como en su declaración como testigo de la defensa en el procedimiento iniciado por Sánchez Manzano contra El Mundo que antes del 11-M nunca había analizado explosivos (reconocimiento que siempre hizo visiblemente molesto ante el requerimiento de que informara sobre sus antecedentes). Sin embargo, declarando como testigo de cargo ante la juez instructora de la querella contra Sánchez Manzano, este perito pasó a afirmar que sí contaba con experiencia previa en la materia, anterior al juicio sobre los atentados. La defensa de los querellados, sorprendida por esta novedad, pidió conocer esos precedentes, pero Iglesias se resistió a responder, aduciendo supuestos deberes de confidencialidad. La juez Coro Cillán acudió (otra vez) en apoyo del perito, frente a las objeciones de los letrados de Sánchez Manzano y la agente 17.632. Ningún medio informativo consideró reseñable este incidente, en un proceso donde el testigo volátil declaraba en apoyo de la acusación contra dos policías por, precisamente, falso testimonio, entre otros desmanes.
