22-03-2007, 18:25:59
No sé dónde colgar esto, ni en qué foro ni en qué hilo, por eso le abro uno nuevo.
Es un fragmento de una novela de Umberto Eco de la que probablemente muchos habrán oído hablar o que habrán leído. Además, en algún otro sitio de Internet lo he colgado ya, hace tiempo, pero no me resisto a compartirlo de nuevo con aquellos que no lo conozcan
Ahí va:
«Recordaba una frase que me había dicho Lia en la sierra, cuando me reprochó que hubiésemos inventado un juego feo:
- La gente está sedienta de planes, si le ofreces uno se arroja sobre él como una manada de lobos. Tú inventas, y ellos creen. No hay que crear más imaginario del que hay.
(…)
Conclusión, nosotros inventamos un Plan inexistente y Ellos, no sólo se lo tomaron en serio, sino que también se convencieron de que hacía mucho tiempo que formaban parte de él, o sea que tomaron los fragmentos de sus proyectos, desordenados y confusos, como momentos de nuestro Plan, estructurado conforme a una irrefutable lógica de la analogía, de la apariencia, de la sospecha.
Pero si se inventa un plan y los otros lo realizan, es como si el Plan existiese, más aún, ya existe.
A partir de ese momento, enjambres de diabólicos recorrerán el mundo en busca del mapa.
Ofrecimos el mapa a unas personas que estaban empeñadas en superar alguna oscura frustración. ¿Cuál? Me lo había sugerido el último file de Belbo: si realmente existiese el Plan, no habría fracaso. Derrota, sí, pero no por culpa nuestra. El que sucumbe ante una conspiración cósmica no tiene por qué avergonzarse. No es un cobarde, es un mártir.
No nos lamentamos de ser mortales, presa de mil microorganismos que no dominamos, no somos responsables de nuestros pies poco prensiles, ni de haber perdido la cola, ni de que no vuelvan a salirnos los dientes ni a crecernos los cabellos, ni de las neuronas que vamos dejando por el camino, ni de las venas que se van endureciendo. Todo culpa de los Ángeles Envidiosos.
Y lo mismo vale para la vida de todos los días. Como los desastres bursátiles. Se producen porque cada uno adopta una decisión equivocada, y la suma de todas las decisiones equivocadas crea el pánico. Después el que no tiene nervios de acero se pregunta: ¿Quién ha urdido esta conspiración? ¿A quién beneficia? Y pobre del que no logre descubrir un enemigo que haya conspirado, porque se sentiría culpable. Mejor dicho, como se siente culpable, inventa una conspiración, inventa muchas. Y para desbaratarlas tiene que organizar su conspiración propia».
El Péndulo de Foucault, 1988
Tú inventas, y ellos creen.
Enjambres de diabólicos recorrerán el mundo en busca del mapa.
Si realmente existiese el Plan, no habría fracaso. Derrota, sí, pero no por culpa nuestra.
... no habría fracaso. Derrota, sí, pero no por culpa nuestra.
Parece que Eco los conociera.
Es un fragmento de una novela de Umberto Eco de la que probablemente muchos habrán oído hablar o que habrán leído. Además, en algún otro sitio de Internet lo he colgado ya, hace tiempo, pero no me resisto a compartirlo de nuevo con aquellos que no lo conozcan

Ahí va:
«Recordaba una frase que me había dicho Lia en la sierra, cuando me reprochó que hubiésemos inventado un juego feo:
- La gente está sedienta de planes, si le ofreces uno se arroja sobre él como una manada de lobos. Tú inventas, y ellos creen. No hay que crear más imaginario del que hay.
(…)
Conclusión, nosotros inventamos un Plan inexistente y Ellos, no sólo se lo tomaron en serio, sino que también se convencieron de que hacía mucho tiempo que formaban parte de él, o sea que tomaron los fragmentos de sus proyectos, desordenados y confusos, como momentos de nuestro Plan, estructurado conforme a una irrefutable lógica de la analogía, de la apariencia, de la sospecha.
Pero si se inventa un plan y los otros lo realizan, es como si el Plan existiese, más aún, ya existe.
A partir de ese momento, enjambres de diabólicos recorrerán el mundo en busca del mapa.
Ofrecimos el mapa a unas personas que estaban empeñadas en superar alguna oscura frustración. ¿Cuál? Me lo había sugerido el último file de Belbo: si realmente existiese el Plan, no habría fracaso. Derrota, sí, pero no por culpa nuestra. El que sucumbe ante una conspiración cósmica no tiene por qué avergonzarse. No es un cobarde, es un mártir.
No nos lamentamos de ser mortales, presa de mil microorganismos que no dominamos, no somos responsables de nuestros pies poco prensiles, ni de haber perdido la cola, ni de que no vuelvan a salirnos los dientes ni a crecernos los cabellos, ni de las neuronas que vamos dejando por el camino, ni de las venas que se van endureciendo. Todo culpa de los Ángeles Envidiosos.
Y lo mismo vale para la vida de todos los días. Como los desastres bursátiles. Se producen porque cada uno adopta una decisión equivocada, y la suma de todas las decisiones equivocadas crea el pánico. Después el que no tiene nervios de acero se pregunta: ¿Quién ha urdido esta conspiración? ¿A quién beneficia? Y pobre del que no logre descubrir un enemigo que haya conspirado, porque se sentiría culpable. Mejor dicho, como se siente culpable, inventa una conspiración, inventa muchas. Y para desbaratarlas tiene que organizar su conspiración propia».
El Péndulo de Foucault, 1988
Tú inventas, y ellos creen.
Enjambres de diabólicos recorrerán el mundo en busca del mapa.
Si realmente existiese el Plan, no habría fracaso. Derrota, sí, pero no por culpa nuestra.
... no habría fracaso. Derrota, sí, pero no por culpa nuestra.
Parece que Eco los conociera.
