15-06-2007, 15:38:55
moreno, quería poner otro ejemplo de médicos, tal vez menor o a-lomojóun más cotidiano. Pero creo que las emociones con demasiada frecuencia se interpretan de modo injusto, sobre todo pensando en un caso tan excepcional como lo es este atentado.
A un familiar hace muchos años le trató por primera vez un dermatólogo que debía usar su título para adornar las paredes. Con toda la alegría del mundo le quemó lo que él dijo era una verruga en la nariz y le sentenció a muerte. En realidad era uno de esos cánceres de piel benévolos en lo suyo (no era un melanoma, que esos sí son siniestros), al que hubiera sobrevivido sin dificultad.
Años después comenzó su calvario entre sanitarios más profesionales, pero no pudieron hacer ya nada. El médico que le operó ni recuerdo ya cuántas veces fue quedándose con su cara año tras año: imagina una relación así, que llega a ser personal e incluso, lo quiera uno o no, emocional.
En una de las últimas operaciones el tío se enteró de todo. Andaban ya escarbando cerca del cerebro y el anestesista no le durmió bien. Él no sintió dolor, pero cuando en el postoperatorio el enfermo le contó al cirujano punto por punto la conversación que tenían en el quirófano mientras le operaban, el cirujano se echó a llorar. Dijo que ese anestesista no volvería a operar con él en la vida.
El que no lloró, seguro, fue el anestesista.
A un familiar hace muchos años le trató por primera vez un dermatólogo que debía usar su título para adornar las paredes. Con toda la alegría del mundo le quemó lo que él dijo era una verruga en la nariz y le sentenció a muerte. En realidad era uno de esos cánceres de piel benévolos en lo suyo (no era un melanoma, que esos sí son siniestros), al que hubiera sobrevivido sin dificultad.
Años después comenzó su calvario entre sanitarios más profesionales, pero no pudieron hacer ya nada. El médico que le operó ni recuerdo ya cuántas veces fue quedándose con su cara año tras año: imagina una relación así, que llega a ser personal e incluso, lo quiera uno o no, emocional.
En una de las últimas operaciones el tío se enteró de todo. Andaban ya escarbando cerca del cerebro y el anestesista no le durmió bien. Él no sintió dolor, pero cuando en el postoperatorio el enfermo le contó al cirujano punto por punto la conversación que tenían en el quirófano mientras le operaban, el cirujano se echó a llorar. Dijo que ese anestesista no volvería a operar con él en la vida.
El que no lloró, seguro, fue el anestesista.
