PASCUA CRISTIANA.
Supongo que éstas cosas no las lee nadie, pero el caso es que tengo escrita una historia novelada de la Pasión y lo que vino después, de título "EL GRAN HEREJE". Un currazo. Más de 200 folios explicando lo que cuenta el NT. Por esas cosas de los ordenadores no sé cómo sacar el archivo completo y sólo he colgado en la red un relato de la crucifixión. Es éste:
Primer códex: Judea-Palestina
Rapsodia I: EL PERSA. "Amicvs Plato, sed magis amica veritas"
DECLARACIÓN:
La personalidad del obispo y santo Dionisio, llamado el Grande, es absolutamente histórica. Discípulo del gran mártir Orígenes (185-253 D.C.), llegó al obispado de Alejandría. La fecha de la que habla en el texto, 264 de nuestra era, fue el año de su muerte.
El padre de Orígenes es el también mártir, san Leónidas (126-202 D.C.), a cuyo padre parece que Dionisio III el Persa dirige la presente obra, siendo todavía sólo un niño. El posible parentesco entre san Dionisio de Alejandría (247-264 E.C.) y el supuesto antepasado, Dionisio el Persa (12 D.C.? - 118 D.C.?), es, cuanto menos congruente y posible.
Sobre Orígenes (santo en el Oriente ortodoxo y casi anatema en Roma, pese a los reiterados intentos de rehabilitación), resulta unánime reconocer la inmensidad de su figura y su obra como una de las cumbres del pensamiento humano. No tendrá la Civilización una cabeza tan lúcida hasta la llegada de Agustín de Hipona.
RAPSODIA II :
“EL ESCARNIO DE JERUSALÉN”
(ECCE HOMO)
Levantamos el campamento al amanecer. Próculo, silencioso y eficiente, me despertó; ya tenía preparado un cazo con el gustatitium caliente y se disponía a mezclarlo con miel para el desayuno. A mi lado una hermosa copa de bronce esperaba a que hiciera las primeras libaciones de hidromiel al Padre Helios-Sol.
Nota: El “mulsum”, o vino con miel, era recomendación de los médicos, que, como dice Plinio el Viejo con humor: “siempre se lucen con alguna novedad.” (Plin. XIV, 143). No obstante, el “gustatitium”, una especie de “mulsum”, se generalizó como aperitivo a partir de Tiberio. Vamos, que esa afición nuestra por el vino, viene de antigüo...
Tomamos la pequeña colación y, con los caballos y acémilas cargadas partimos con presteza. Atrás quedaba el infierno de Esdrelón y su tórrida llanura. Habíamos seguido el curso del Jordán y visto aquellos hondos que descubrió mi padre: muy por debajo del nivel del mar.
El paisaje cambiaba a cada paso. Matorral y cañas, entre romeros y alcornoques. Respiraba el Mare Nostrum, creo que subimos más de mil metros. Se notaba el aire fresco. Allí estaba la Ciudad Santa, Jerusalén.
Entramos por la puerta Este, nadie hizo ni caso. La llamaban Puerta de la Fuente, con la Torre de Siloé y su correspondiente piscina de la ciudad baja. Preguntando a los soldados que entendían mi lengua fuimos callejeando, (casi todos eran palestinos no judíos reclutados en los alrededores, con un particular odio a los judíos). Alcanzamos el acueducto que, según nos dijeron, nos llevaría hasta el Pórtico Real y la muralla interior. Ésta es la que unía el palacio de Herodes con el Atrio de los Gentiles. Hoy en día no queda nada de aquello, apenas algunos sillares amontonados y algún trozo de muro. Me planté en el Templo antes de las diez de la mañana. Presenté mis cartas a una extraña guardia, mitad legionarios, mitad bárbaros; al instante apareció una figura que me llamaba en griego. Desde nuestra posición veía a mi izquierda, en la esquina, la Fortaleza Antonia. El muro ante mí tendría 200 metros y había 4 entradas o portales. En el pórtico principal destacaban dos gigantescas columnas de bronce (4 ó 5 hombres para rodearlas con los brazos), y los sillares del muro eran de ¡5 metros de longitud por 2 metros de altura y 2 de grosor!
• -Nota: Lo cual nos indica que, el actual muro de las lamentaciones, de sillares mucho más discretos, no formaba parte del Templo original. Así lo constató el médico español Maimónides. Muerto en 1.204, dejó escrito que Jerusalén era una tierra arrasada y estéril, pero sobre todo, que del Templo no quedaba ni una sola piedra no destruida. Tal y como profetizó Jesús, y ejecutó Tito.
Levanté mi mano derecha e intenté sonreír mientras avanzaba. Ante mí, un sacerdote de unos sesenta años; enjuto, alto, con marcado rostro judío. Una tupida barba le cubría todo el pecho y la cara, así que no supe si sonreía o no.
.-“Salve hermano Dionisos, la paz sea contigo. Soy Nicodemo.”
Era el amigo de mi padre, tras los saludos y las preguntas de cortesía pasó a decirme que llegaba en muy mal momento. Me invitó a entrar, de modo que dejé a Próculo con las monturas y me interné con Nicodemo por el Patio de los Gentiles. Al pasar delante de un portal pude ver a lo lejos el de los Sacerdotes a través de la parte para mujeres. Aquellos sillares eran tan grandes como los que había visto en los sepulcros de Alejandría, esos parecidos a nuestros zigurats pero terminados en punta de oro.
.-“Es un momento muy triste, amigo mío, justo de madrugada prendieron al hombre que querías conocer”.
Entonces me di cuenta de que profundas ojeras marcaban su cara; sin duda había pasado una noche muy movida. Le pregunté qué pasaba y porqué.
.-“Su grupo de seguidores se estaba convirtiendo en un gran problema para todos; aunque les faltó tiempo para salir huyendo y dejarlo sólo... Bueno, quedan con Él las Discípulas, pero siendo mujeres, una docena, es lo mismo que si no tuviera a nadie. Sabes que hace ya casi tres años tuvimos un gran alboroto con su hermano... o su pariente, el Bautista, ¿recuerdas?”
.-“Sí, creo que hacías referencia a él en una carta. ¿Lo decapitó el Tetrarca, no es así?”
.-“Efectivamente, amigo mío. Aquel era un hombre santo, y el pueblo se soliviantó muchísimo, sin embargo ahora todo es diferente. Los fariseos intentamos mantener nuestra causa y costumbres, los saduceos rivalizan, los celotas nos acosan con sus atentados, y cada vez son más los jóvenes que se pierden en sectas o que salen al desierto con los esenios. Pecamos de elitismo, y este Yehoshúa ha sabido poner el dedo en la llaga de nuestra hipocresía: las formas están borrando el contenido. Hace unos días, derribó las mesas de los cambistas y los vendedores de palomas. Algunos corderos salieron huyendo del patio y nadie se atrevió a decirle nada. Tenía razón. Pero luego añadió algo de que si arrasaban el Templo, Él lo levantaría en tres días. ¿Te imaginas? Derribar este Templo... ¿Quién puede imaginarlo? Puso en evidencia a Caifás y a su suegro.
Decidieron acabar con su vida”.
.-“Entonces ¿ha muerto?”
Creí que se me caía el mundo encima. Llevaba hechos más de mil kilómetros para conocer al Rabí de la Profecía, y había llegado tarde. Nicodemo alzó los hombros pareciendo comprenderme. Venía de muy lejos en busca de una leyenda que, hace 40 años descubrió mi padre. Él era quien me enviaba. Venía para acabar su obra y su vida. Quería saber si toda su esperanza era una creencia vana. Nicodemo me miró fijo a los ojos:
.-“No, está vivo. Podía haber huido a Cesárea como la otra vez, pero no; prefirió quedarse y lo han arrestado hoy. Hace apenas un rato que la multitud clamaba como hienas para que lo crucificaran. El Gobernador, Pilatos, ha dado el placet. Lo han condenado por perduellio, aducen alta traición, lo acusan de querer reinar”.
Yo no comprendía nada de lo que me estaba hablando. ¿El Profeta atentando contra la maiestas? ¿Como si fueran las intrigas contra Cinna de hace tantos años? Nicodemo me expresó su propia desazón.
.-“Así es. Crimen maiestatis populi Romani imminutae, agravado por ser Él mismo la figura monárquica. El ipso facto romano ha funcionado mejor que nunca: el sinedrio se ha encargado de ello. Como sabes, el derecho romano exige cumplimiento inmediato de la justicia, pero hasta los no ciudadanos tienen un abogado para su defensa”.
Tomó un manto, y dando unas órdenes a algunos siervos que transportaban fardos, salió conmigo y con Próculo para acompañarnos al Pretorio. Intentaría siquiera ver a aquel hombre antes de morir. Por el camino me informó de que todos sus discípulos habían huido. Sabía que sólo algunas mujeres y un joven esperaban para asistirle en el final. Él, por su parte, ya había hablado con José el de Arimatea, miembro de un sinedrio menor, y pensaban cargar los costes de sepultura a la comunidad. Aquello me extrañó, lo lógico era dejar que las aves devoraran los cuerpos crucificados, o tirarlos al río, pero una curiosa costumbre local lo impedía. Por lo visto, tenían miedo a la impureza del cadáver...siempre los fariseos, en fin. Entramos en un patio militar, pero quedaban dos esclavos y una guardia; la flagelación ya había terminado. Recordé que desde Catón que no se aplicaba el flagellum a ningún ciudadano romano. Uno de los esclavos tenía en la mano el horrible instrumento de cuero; limpiaba las puntas con huesos ensartados y bolas de plomo. En la púa de cada bola quedaban colgajos de carne, pelos y piel que extraían minuciosamente con unos palitos. Nos dijeron que le habían dado casi cuarenta, tuvieron que parar para no crucificarlo muerto. La columna a la que le ataron estaba llena de sangre; aquello era la escena de una carnicería. El suelo con vómitos, grumos de carne y sangre, orines, suciedad y todo el salvajismo que Roma era capaz de emplear. Dos soldados bromeaban a propósito de “una corona para el rey”, entre carcajadas apremiaban al esclavo para que limpiase rápido. No pude contenerme y les pregunté qué era aquella historia de reyes y coronas. El legionario me contestó con una maligna sonrisa que le habían clavado una corona de espinos desgarrándole la cabeza... Al fin y al cabo, el cartel de madera colgado en su cuello decía:
• -Nota: Incluso en un error típico de la época, escribieron Nazarino, en lugar de Nazareno; una falta de ortografía que, aún hoy, puede apreciarse en la mitad conservada del “Titvlvs”, recuperada por la santa madre de Constantino, junto al madero y otras reliquias.
Salimos del Pretorio. Una mujerzuela bromeaba con los soldados. Preguntamos por las mujeres y el joven discípulo que le seguía.
.-“¿Discípulo? No, no; había un joven que presenció todo entre lágrimas, y luego estaba el galileo, un pescador”.
Le pedí una aclaración, y al parecer un hombre de mediana edad había estado con ellos cuando encendieron lumbre por la mañana. Su acento no dejaba lugar a dudas, el dialecto galileo se hacía notar entre el arameo de la capital. Le acusaron de ser discípulo del Rabí, pero lo negó enérgicamente y después huyó. Nicodemo confirmaba lentamente con la cabeza, nos miramos y marchamos de allí. Al enfilar la primera cuesta iba narrándome la amnistía de Pascua. ¡Dioses! Era viernes; por la mañana le habían dado la libertad a un reo de muerte. Entre el Nazareno y un celota asesino llamado Barrabás, el gentío prefirió condenar al justo y salvar al delincuente. La chusma obligó a Pilatos per acclamationem a soltar a Barrabás y crucificar a quien obró milagros entre ellos.
NOTA: Es, cuanto menos curioso, que el celota indultado tuviese por nombre "Barrabás". "Abba"(Padre) es uno de los Nombres de Dios; Bar-Abbas significa literalmente Hijo de Dios, como si el Padre huiera querido dejarnos mensajes en cada uno de los actos que, de otro modo, resultarían incomprensibles.
Unos guardas y dos sacerdotes bajaban hacia nosotros, gesticulaban y daban grandes voces. Se disponían indignados a informar al sinedrio del cartel que colgaba del cuello del condenado. ¡Era una ofensa para el pueblo de David! ¡No se podía permitir! La misma acusación que ellos hicieron se les volvía en contra: los romanos se disponían a crucificar a un reo “rey de los judíos”. Años después recordé aquella escena al ver un hombre dando la vuelta al anfiteatro con una tabla escrita sólo en latín que anunciaba: “este es Átalo, el cristiano”, momentos antes de ser devorado por las fieras. Seguimos subiendo, el segundo grupo que vimos estaba formado en su mayor parte por mujeres.
Le seguía una muchedumbre de pueblo y de mujeres, que se lamentaban y le lloraban. Vuelto hacia ellas dijo Yesúa:
.-"Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí. Llorad más bien por vosotras mismas y por vuestros hijos. Porque van a venir días en que se dirá: “Dichosas las estériles y las entrañas que no engendraron, y los pechos que no criaron”. Entonces se podrá decir a las montañas: “caed sobre nosotros” y a los collados: “sepultadnos”. Porque si en el leño verde se hace esto ¿ qué sucederá en el seco?"
Llevaban también a otros dos malhechores para ser ajusticiados con Él.
Pasaban de las doce del mediodía. La calle, poco antes de su fin, tuerce a la izquierda, se ensancha y sube un poco; por ella pasa un acueducto subterráneo que viene del monte Sión. Antes de la subida hay un hoyo, que tiene siempre agua y lodo; por eso hay puesta una gran piedra para facilitar el paso. La piedra estaba ensangrentada, y distinguí claramente un golpe dado en ella con un leño. Astillas y sangre se mezclaban sobre el lodazal. La subida hasta el Gólgota no podía tener más de 700 metros, pero todo eran callejuelas intrincadas y estrechas. Estaban evitando el centro para no causar tumultos.
En la puerta de una muralla vieja, interior de la ciudad; delante de una plaza con tres calles, encontramos tres mujeres acurrucadas. Una, sentada, lloraba fuera de sí. Las otras dos pudieron explicarnos lo ocurrido. Había caído allí, en el centro de la plaza. El madero transversal que soportaba, era excesivo para Él. Nos dijeron que se veían sus huesos a través de las heridas del flagellum. Hubo algún tumulto; no podían poner a Yesúa de pie y los fariseos dijeron a los soldados:
.-“No podemos llevarlo vivo si no buscáis a alguien que le ayude a portar el travesaño”.
Vieron a poca distancia un pagano, un tal Simón Cirineo, acompañado de sus tres hijos, que llevaba bajo el brazo un haz de ramas menudas, pues era jardinero. Venía de trabajar en la muralla oriental de la ciudad, y no podía salir de en medio de la multitud.
“Después que se burlaron de Él, le quitaron el manto púrpura, le pusieron sus vestidos y cargando sobre Sí la cruz, salió hacia el sitio llamado Calvario, que en hebreo se dice Gólgota (calavera). Cuando salían encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, al cual requirieron para que cargase su cruz.”
Aquel peñasco parecía en verdad un cráneo, y se decía que el de Adán, “el Hombre”, estaba enterrado allí debajo.
Como los soldados reconocieron sus vestimentas paganas y de clase inferior, le mandaron ayudar al Nazareno. Primero rehusó, le repugnaba aquel espectáculo e incluso aquel hombre lleno de suciedad y sangre. Finalmente accedió. Era un hombre robusto, y el ajusticiado yacía de rodillas con los ojos en lágrimas; pero con una mirada llena de piedad. Por un instante, Simón, tuvo la sensación de que era él quien inspiraba ternura al condenado. Con sus 40 años no tuvo dificultad alguna para cargar el brazo de la cruz. Detrás venían sus hijos, Rufo y Alejandro, que más tarde serían discípulos, sobre todo Rufo que se hizo muy famoso en Roma por su amistad con Pablo de Tarso. También había uno pequeño que vi después con Esteban, antes de que lo lapidaran.
La otra mujer, la que no hablaba, se acurrucaba en el portalón con un paño apretado en su pecho. Les pregunté qué le ocurría. Era Serafia, mujer de Sirac el del Consejo del Templo. Más adelante, el mundo la conocería como Verónica, de Vera Icon (Retrato Verdadero), a causa de lo que hizo ese día. Verónica había preparado un vino aromatizado, con intención de dárselo a beber al Mesías para fortalecerlo. Salió con su velo y un paño sobre los hombros. Tenía una hija adoptada de 9 años que se escondió con el vaso. Ella se adelantó a trompicones entre la multitud y se presentó paño en mano, pidiendo que la dejaran limpiarle la cara. Era costumbre aceptada limpiar la sangre y el sudor de los condenados. Yesúa tomó el paño con manos temblorosas, lo aplicó sobre su rostro ensangrentado y se lo devolvió dándole las gracias. Ella lo metió en sus mangas mientras la niña se acercaba con el vaso rebosando vino y miel. Los soldados les vieron y uno lanzó la bota contra la niña, el condenado se interpuso y con estruendo cayeron todos al suelo. El tumulto siguiente de blasfemias y golpes sirvió para escabullirse entre la gente; se apartaron de la calle y como pudo se cobijo con la chiquilla en el portalón. Cuando desapareció el gentío, abrió el paño... segundos después caía desmayada por tierra. La niña gritó hasta que vinieron las vecinas. Aquel sudario de fina lana, tres veces más largo que ancho, formaba una imagen clara en sus hilos con el rostro del Hijo del Hombre.
Yo estaba muy afectado. Con mis 18 años, pese a ser versado en filosofía y oratoria, pese a las artes y ciencias en el palacio de mi padre y mi experiencia en Alejandría, aquella situación empezaba a escapárseme de las manos. Mi siervo, Próculo, que nunca abría la boca, demostraba su evidente nerviosismo mirando a izquierda y derecha. Estábamos a cierta distancia de la puerta Sudoeste, y arrebatado, increpé a Nicodemo:
.-“Pero ¿qué significa todo esto? No entiendo porqué la gente llora a uno que los maestros condenan. ¿Acaso no son ciertos los prodigios?”
.-“Joven Dionisos, debes comprender... ¡Claro que los prodigios son ciertos! Ese es el problema. Cuando afirma algo, lo avala con un poder que no es humano. No dice hablar “en nombre de”; dice ser de Él mismo la autoritas. El Sumo Sacerdote y los demás ligados al poder no lo pueden permitir. En Jerusalén asesinamos a los profetas para después honrarlos. Y éste, es más que un profeta.
Antes de lo del mercado, en el Templo hizo otras cosas diferentes... algunas no las mencioné en mis cartas. Hijo de Balthazaar, escúchame: todavía esta fresca en mi memoria la imagen de Lázaro; ¡Él lo resucitó! ¡RESUCITÓ A UN HOMBRE! Estaba muerto, dejó pasar los días para que el cuerpo oliese; y ahora, ha tenido que huir de su ciudad porque su sola presencia es tomada como una blasfemia. ¡Una abominación! Estuvo muerto, y ahora ¡camina entre nosotros!”
.-“Rabbí, eres un maestro sabio, yo lo sé, pero dices cosas sin sentido.”
“Muchos de los judíos, que habían venido a casa de Marta y Mariam, vieron lo que hizo, creyeron en Él; pero algunos de ellos fueron a los fariseos y les contaron lo que había hecho Yesúa. Entonces los príncipes de los sacerdotes y los fariseos convocaron al sanedrín y dijeron:
.-“¿Qué hacemos? Este hombre hace muchas maravillas, si le dejamos así, todos creerán en Él, y vendrán los romanos y destruirán nuestro Templo y nuestra nación.”
Pero uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo:
.- “Vosotros no sabéis nada ni consideráis que conviene que muera un solo hombre por el pueblo, y no toda la nación por él.”
Eso no lo dijo por sí mismo, sino que profetizó que Yesúa había de morir por el pueblo, y no solo por el pueblo, sino para unir en uno a todos los hijos de Dios dispersos. Desde aquel día tomaron la determinación de matarlo.”
Supongo que éstas cosas no las lee nadie, pero el caso es que tengo escrita una historia novelada de la Pasión y lo que vino después, de título "EL GRAN HEREJE". Un currazo. Más de 200 folios explicando lo que cuenta el NT. Por esas cosas de los ordenadores no sé cómo sacar el archivo completo y sólo he colgado en la red un relato de la crucifixión. Es éste:
Primer códex: Judea-Palestina
Rapsodia I: EL PERSA. "Amicvs Plato, sed magis amica veritas"
DECLARACIÓN:
Quote:"Yo, Dionisio de Alejandría, Obispo de Nuestro Señor, he decidido dejar copia manuscrita de un documento remitido a mí por un gran amigo y maestro: Orígenes, hijo de Leónidas de Alejandría. Al parecer, el abuelo de Orígenes conoció en su infancia a un hombre, un antepasado mío llamado Dionisio III, el Persa. Éste, hijo del Mago oriental Baltazaar, redactó un Evangelio que le dejó en herencia al hijo de su amigo y a la vez su propio hijo adoptivo: Leónidas, futuro padre de Orígenes, santos como es sabido el padre como el hijo. El manuscrito lo heredó pues, Leónidas, el cual, fallecido mártir, lo transmitió a su primogénito: el grandísimo sabio, caído en desgracia con la Iglesia pese a haber muerto por ella, mi amigo y mejor maestro, Orígenes.• -Nota: La expresión "Evangelio" no consta en el original, sino su sentido expreso: "Nuevo Mensaje", que no otra cosa es "eu-angelio".
Hoy, en el año 1.018 del Imperio, 234 años desde la resurrección de Cristo, y teniendo en mi poder dicho documento sin poderlo dar a conocer; decido dejarlo escondido en el Arca Sagrada del Sancta Sanctorum de ésta Basílica. Sé que me ronda la muerte y no puedo hacer nada más. Que los Santos Padres que me sucedan vean la forma de usarlo a la mayor Gloria de Dios.
Que la Gracia de Jesús Nuestro Señor, ilumine el camino de este escrito. Amen".
La personalidad del obispo y santo Dionisio, llamado el Grande, es absolutamente histórica. Discípulo del gran mártir Orígenes (185-253 D.C.), llegó al obispado de Alejandría. La fecha de la que habla en el texto, 264 de nuestra era, fue el año de su muerte.
El padre de Orígenes es el también mártir, san Leónidas (126-202 D.C.), a cuyo padre parece que Dionisio III el Persa dirige la presente obra, siendo todavía sólo un niño. El posible parentesco entre san Dionisio de Alejandría (247-264 E.C.) y el supuesto antepasado, Dionisio el Persa (12 D.C.? - 118 D.C.?), es, cuanto menos congruente y posible.
Sobre Orígenes (santo en el Oriente ortodoxo y casi anatema en Roma, pese a los reiterados intentos de rehabilitación), resulta unánime reconocer la inmensidad de su figura y su obra como una de las cumbres del pensamiento humano. No tendrá la Civilización una cabeza tan lúcida hasta la llegada de Agustín de Hipona.
RAPSODIA II :
“EL ESCARNIO DE JERUSALÉN”
(ECCE HOMO)
Levantamos el campamento al amanecer. Próculo, silencioso y eficiente, me despertó; ya tenía preparado un cazo con el gustatitium caliente y se disponía a mezclarlo con miel para el desayuno. A mi lado una hermosa copa de bronce esperaba a que hiciera las primeras libaciones de hidromiel al Padre Helios-Sol.
Nota: El “mulsum”, o vino con miel, era recomendación de los médicos, que, como dice Plinio el Viejo con humor: “siempre se lucen con alguna novedad.” (Plin. XIV, 143). No obstante, el “gustatitium”, una especie de “mulsum”, se generalizó como aperitivo a partir de Tiberio. Vamos, que esa afición nuestra por el vino, viene de antigüo...
Tomamos la pequeña colación y, con los caballos y acémilas cargadas partimos con presteza. Atrás quedaba el infierno de Esdrelón y su tórrida llanura. Habíamos seguido el curso del Jordán y visto aquellos hondos que descubrió mi padre: muy por debajo del nivel del mar.
El paisaje cambiaba a cada paso. Matorral y cañas, entre romeros y alcornoques. Respiraba el Mare Nostrum, creo que subimos más de mil metros. Se notaba el aire fresco. Allí estaba la Ciudad Santa, Jerusalén.
Entramos por la puerta Este, nadie hizo ni caso. La llamaban Puerta de la Fuente, con la Torre de Siloé y su correspondiente piscina de la ciudad baja. Preguntando a los soldados que entendían mi lengua fuimos callejeando, (casi todos eran palestinos no judíos reclutados en los alrededores, con un particular odio a los judíos). Alcanzamos el acueducto que, según nos dijeron, nos llevaría hasta el Pórtico Real y la muralla interior. Ésta es la que unía el palacio de Herodes con el Atrio de los Gentiles. Hoy en día no queda nada de aquello, apenas algunos sillares amontonados y algún trozo de muro. Me planté en el Templo antes de las diez de la mañana. Presenté mis cartas a una extraña guardia, mitad legionarios, mitad bárbaros; al instante apareció una figura que me llamaba en griego. Desde nuestra posición veía a mi izquierda, en la esquina, la Fortaleza Antonia. El muro ante mí tendría 200 metros y había 4 entradas o portales. En el pórtico principal destacaban dos gigantescas columnas de bronce (4 ó 5 hombres para rodearlas con los brazos), y los sillares del muro eran de ¡5 metros de longitud por 2 metros de altura y 2 de grosor!
• -Nota: Lo cual nos indica que, el actual muro de las lamentaciones, de sillares mucho más discretos, no formaba parte del Templo original. Así lo constató el médico español Maimónides. Muerto en 1.204, dejó escrito que Jerusalén era una tierra arrasada y estéril, pero sobre todo, que del Templo no quedaba ni una sola piedra no destruida. Tal y como profetizó Jesús, y ejecutó Tito.
Levanté mi mano derecha e intenté sonreír mientras avanzaba. Ante mí, un sacerdote de unos sesenta años; enjuto, alto, con marcado rostro judío. Una tupida barba le cubría todo el pecho y la cara, así que no supe si sonreía o no.
.-“Salve hermano Dionisos, la paz sea contigo. Soy Nicodemo.”
Era el amigo de mi padre, tras los saludos y las preguntas de cortesía pasó a decirme que llegaba en muy mal momento. Me invitó a entrar, de modo que dejé a Próculo con las monturas y me interné con Nicodemo por el Patio de los Gentiles. Al pasar delante de un portal pude ver a lo lejos el de los Sacerdotes a través de la parte para mujeres. Aquellos sillares eran tan grandes como los que había visto en los sepulcros de Alejandría, esos parecidos a nuestros zigurats pero terminados en punta de oro.
.-“Es un momento muy triste, amigo mío, justo de madrugada prendieron al hombre que querías conocer”.
Entonces me di cuenta de que profundas ojeras marcaban su cara; sin duda había pasado una noche muy movida. Le pregunté qué pasaba y porqué.
.-“Su grupo de seguidores se estaba convirtiendo en un gran problema para todos; aunque les faltó tiempo para salir huyendo y dejarlo sólo... Bueno, quedan con Él las Discípulas, pero siendo mujeres, una docena, es lo mismo que si no tuviera a nadie. Sabes que hace ya casi tres años tuvimos un gran alboroto con su hermano... o su pariente, el Bautista, ¿recuerdas?”
.-“Sí, creo que hacías referencia a él en una carta. ¿Lo decapitó el Tetrarca, no es así?”
.-“Efectivamente, amigo mío. Aquel era un hombre santo, y el pueblo se soliviantó muchísimo, sin embargo ahora todo es diferente. Los fariseos intentamos mantener nuestra causa y costumbres, los saduceos rivalizan, los celotas nos acosan con sus atentados, y cada vez son más los jóvenes que se pierden en sectas o que salen al desierto con los esenios. Pecamos de elitismo, y este Yehoshúa ha sabido poner el dedo en la llaga de nuestra hipocresía: las formas están borrando el contenido. Hace unos días, derribó las mesas de los cambistas y los vendedores de palomas. Algunos corderos salieron huyendo del patio y nadie se atrevió a decirle nada. Tenía razón. Pero luego añadió algo de que si arrasaban el Templo, Él lo levantaría en tres días. ¿Te imaginas? Derribar este Templo... ¿Quién puede imaginarlo? Puso en evidencia a Caifás y a su suegro.
Decidieron acabar con su vida”.
.-“Entonces ¿ha muerto?”
Creí que se me caía el mundo encima. Llevaba hechos más de mil kilómetros para conocer al Rabí de la Profecía, y había llegado tarde. Nicodemo alzó los hombros pareciendo comprenderme. Venía de muy lejos en busca de una leyenda que, hace 40 años descubrió mi padre. Él era quien me enviaba. Venía para acabar su obra y su vida. Quería saber si toda su esperanza era una creencia vana. Nicodemo me miró fijo a los ojos:
.-“No, está vivo. Podía haber huido a Cesárea como la otra vez, pero no; prefirió quedarse y lo han arrestado hoy. Hace apenas un rato que la multitud clamaba como hienas para que lo crucificaran. El Gobernador, Pilatos, ha dado el placet. Lo han condenado por perduellio, aducen alta traición, lo acusan de querer reinar”.
Yo no comprendía nada de lo que me estaba hablando. ¿El Profeta atentando contra la maiestas? ¿Como si fueran las intrigas contra Cinna de hace tantos años? Nicodemo me expresó su propia desazón.
.-“Así es. Crimen maiestatis populi Romani imminutae, agravado por ser Él mismo la figura monárquica. El ipso facto romano ha funcionado mejor que nunca: el sinedrio se ha encargado de ello. Como sabes, el derecho romano exige cumplimiento inmediato de la justicia, pero hasta los no ciudadanos tienen un abogado para su defensa”.
Tomó un manto, y dando unas órdenes a algunos siervos que transportaban fardos, salió conmigo y con Próculo para acompañarnos al Pretorio. Intentaría siquiera ver a aquel hombre antes de morir. Por el camino me informó de que todos sus discípulos habían huido. Sabía que sólo algunas mujeres y un joven esperaban para asistirle en el final. Él, por su parte, ya había hablado con José el de Arimatea, miembro de un sinedrio menor, y pensaban cargar los costes de sepultura a la comunidad. Aquello me extrañó, lo lógico era dejar que las aves devoraran los cuerpos crucificados, o tirarlos al río, pero una curiosa costumbre local lo impedía. Por lo visto, tenían miedo a la impureza del cadáver...siempre los fariseos, en fin. Entramos en un patio militar, pero quedaban dos esclavos y una guardia; la flagelación ya había terminado. Recordé que desde Catón que no se aplicaba el flagellum a ningún ciudadano romano. Uno de los esclavos tenía en la mano el horrible instrumento de cuero; limpiaba las puntas con huesos ensartados y bolas de plomo. En la púa de cada bola quedaban colgajos de carne, pelos y piel que extraían minuciosamente con unos palitos. Nos dijeron que le habían dado casi cuarenta, tuvieron que parar para no crucificarlo muerto. La columna a la que le ataron estaba llena de sangre; aquello era la escena de una carnicería. El suelo con vómitos, grumos de carne y sangre, orines, suciedad y todo el salvajismo que Roma era capaz de emplear. Dos soldados bromeaban a propósito de “una corona para el rey”, entre carcajadas apremiaban al esclavo para que limpiase rápido. No pude contenerme y les pregunté qué era aquella historia de reyes y coronas. El legionario me contestó con una maligna sonrisa que le habían clavado una corona de espinos desgarrándole la cabeza... Al fin y al cabo, el cartel de madera colgado en su cuello decía:
Quote:“Iesus Nazarinus Rex Iudeorum”Efectivamente, el “Titvlvs Crvcis” de Iesus-Yesúa, decía textualmente “Jesús Nazareno, Rey de los Judíos”. Estaba escrito de derecha a izquierda siguiendo el uso oriental, y en tres lenguas diferentes: el latín, lengua del imperio; el hebreo que se hablaba en esa zona; y el idioma clásico internacional, el griego.
• -Nota: Incluso en un error típico de la época, escribieron Nazarino, en lugar de Nazareno; una falta de ortografía que, aún hoy, puede apreciarse en la mitad conservada del “Titvlvs”, recuperada por la santa madre de Constantino, junto al madero y otras reliquias.
Salimos del Pretorio. Una mujerzuela bromeaba con los soldados. Preguntamos por las mujeres y el joven discípulo que le seguía.
.-“¿Discípulo? No, no; había un joven que presenció todo entre lágrimas, y luego estaba el galileo, un pescador”.
Le pedí una aclaración, y al parecer un hombre de mediana edad había estado con ellos cuando encendieron lumbre por la mañana. Su acento no dejaba lugar a dudas, el dialecto galileo se hacía notar entre el arameo de la capital. Le acusaron de ser discípulo del Rabí, pero lo negó enérgicamente y después huyó. Nicodemo confirmaba lentamente con la cabeza, nos miramos y marchamos de allí. Al enfilar la primera cuesta iba narrándome la amnistía de Pascua. ¡Dioses! Era viernes; por la mañana le habían dado la libertad a un reo de muerte. Entre el Nazareno y un celota asesino llamado Barrabás, el gentío prefirió condenar al justo y salvar al delincuente. La chusma obligó a Pilatos per acclamationem a soltar a Barrabás y crucificar a quien obró milagros entre ellos.
NOTA: Es, cuanto menos curioso, que el celota indultado tuviese por nombre "Barrabás". "Abba"(Padre) es uno de los Nombres de Dios; Bar-Abbas significa literalmente Hijo de Dios, como si el Padre huiera querido dejarnos mensajes en cada uno de los actos que, de otro modo, resultarían incomprensibles.
Unos guardas y dos sacerdotes bajaban hacia nosotros, gesticulaban y daban grandes voces. Se disponían indignados a informar al sinedrio del cartel que colgaba del cuello del condenado. ¡Era una ofensa para el pueblo de David! ¡No se podía permitir! La misma acusación que ellos hicieron se les volvía en contra: los romanos se disponían a crucificar a un reo “rey de los judíos”. Años después recordé aquella escena al ver un hombre dando la vuelta al anfiteatro con una tabla escrita sólo en latín que anunciaba: “este es Átalo, el cristiano”, momentos antes de ser devorado por las fieras. Seguimos subiendo, el segundo grupo que vimos estaba formado en su mayor parte por mujeres.
Le seguía una muchedumbre de pueblo y de mujeres, que se lamentaban y le lloraban. Vuelto hacia ellas dijo Yesúa:
.-"Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí. Llorad más bien por vosotras mismas y por vuestros hijos. Porque van a venir días en que se dirá: “Dichosas las estériles y las entrañas que no engendraron, y los pechos que no criaron”. Entonces se podrá decir a las montañas: “caed sobre nosotros” y a los collados: “sepultadnos”. Porque si en el leño verde se hace esto ¿ qué sucederá en el seco?"
Llevaban también a otros dos malhechores para ser ajusticiados con Él.
Pasaban de las doce del mediodía. La calle, poco antes de su fin, tuerce a la izquierda, se ensancha y sube un poco; por ella pasa un acueducto subterráneo que viene del monte Sión. Antes de la subida hay un hoyo, que tiene siempre agua y lodo; por eso hay puesta una gran piedra para facilitar el paso. La piedra estaba ensangrentada, y distinguí claramente un golpe dado en ella con un leño. Astillas y sangre se mezclaban sobre el lodazal. La subida hasta el Gólgota no podía tener más de 700 metros, pero todo eran callejuelas intrincadas y estrechas. Estaban evitando el centro para no causar tumultos.
En la puerta de una muralla vieja, interior de la ciudad; delante de una plaza con tres calles, encontramos tres mujeres acurrucadas. Una, sentada, lloraba fuera de sí. Las otras dos pudieron explicarnos lo ocurrido. Había caído allí, en el centro de la plaza. El madero transversal que soportaba, era excesivo para Él. Nos dijeron que se veían sus huesos a través de las heridas del flagellum. Hubo algún tumulto; no podían poner a Yesúa de pie y los fariseos dijeron a los soldados:
.-“No podemos llevarlo vivo si no buscáis a alguien que le ayude a portar el travesaño”.
Vieron a poca distancia un pagano, un tal Simón Cirineo, acompañado de sus tres hijos, que llevaba bajo el brazo un haz de ramas menudas, pues era jardinero. Venía de trabajar en la muralla oriental de la ciudad, y no podía salir de en medio de la multitud.
“Después que se burlaron de Él, le quitaron el manto púrpura, le pusieron sus vestidos y cargando sobre Sí la cruz, salió hacia el sitio llamado Calvario, que en hebreo se dice Gólgota (calavera). Cuando salían encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, al cual requirieron para que cargase su cruz.”
Aquel peñasco parecía en verdad un cráneo, y se decía que el de Adán, “el Hombre”, estaba enterrado allí debajo.
Como los soldados reconocieron sus vestimentas paganas y de clase inferior, le mandaron ayudar al Nazareno. Primero rehusó, le repugnaba aquel espectáculo e incluso aquel hombre lleno de suciedad y sangre. Finalmente accedió. Era un hombre robusto, y el ajusticiado yacía de rodillas con los ojos en lágrimas; pero con una mirada llena de piedad. Por un instante, Simón, tuvo la sensación de que era él quien inspiraba ternura al condenado. Con sus 40 años no tuvo dificultad alguna para cargar el brazo de la cruz. Detrás venían sus hijos, Rufo y Alejandro, que más tarde serían discípulos, sobre todo Rufo que se hizo muy famoso en Roma por su amistad con Pablo de Tarso. También había uno pequeño que vi después con Esteban, antes de que lo lapidaran.
La otra mujer, la que no hablaba, se acurrucaba en el portalón con un paño apretado en su pecho. Les pregunté qué le ocurría. Era Serafia, mujer de Sirac el del Consejo del Templo. Más adelante, el mundo la conocería como Verónica, de Vera Icon (Retrato Verdadero), a causa de lo que hizo ese día. Verónica había preparado un vino aromatizado, con intención de dárselo a beber al Mesías para fortalecerlo. Salió con su velo y un paño sobre los hombros. Tenía una hija adoptada de 9 años que se escondió con el vaso. Ella se adelantó a trompicones entre la multitud y se presentó paño en mano, pidiendo que la dejaran limpiarle la cara. Era costumbre aceptada limpiar la sangre y el sudor de los condenados. Yesúa tomó el paño con manos temblorosas, lo aplicó sobre su rostro ensangrentado y se lo devolvió dándole las gracias. Ella lo metió en sus mangas mientras la niña se acercaba con el vaso rebosando vino y miel. Los soldados les vieron y uno lanzó la bota contra la niña, el condenado se interpuso y con estruendo cayeron todos al suelo. El tumulto siguiente de blasfemias y golpes sirvió para escabullirse entre la gente; se apartaron de la calle y como pudo se cobijo con la chiquilla en el portalón. Cuando desapareció el gentío, abrió el paño... segundos después caía desmayada por tierra. La niña gritó hasta que vinieron las vecinas. Aquel sudario de fina lana, tres veces más largo que ancho, formaba una imagen clara en sus hilos con el rostro del Hijo del Hombre.
Yo estaba muy afectado. Con mis 18 años, pese a ser versado en filosofía y oratoria, pese a las artes y ciencias en el palacio de mi padre y mi experiencia en Alejandría, aquella situación empezaba a escapárseme de las manos. Mi siervo, Próculo, que nunca abría la boca, demostraba su evidente nerviosismo mirando a izquierda y derecha. Estábamos a cierta distancia de la puerta Sudoeste, y arrebatado, increpé a Nicodemo:
.-“Pero ¿qué significa todo esto? No entiendo porqué la gente llora a uno que los maestros condenan. ¿Acaso no son ciertos los prodigios?”
.-“Joven Dionisos, debes comprender... ¡Claro que los prodigios son ciertos! Ese es el problema. Cuando afirma algo, lo avala con un poder que no es humano. No dice hablar “en nombre de”; dice ser de Él mismo la autoritas. El Sumo Sacerdote y los demás ligados al poder no lo pueden permitir. En Jerusalén asesinamos a los profetas para después honrarlos. Y éste, es más que un profeta.
Antes de lo del mercado, en el Templo hizo otras cosas diferentes... algunas no las mencioné en mis cartas. Hijo de Balthazaar, escúchame: todavía esta fresca en mi memoria la imagen de Lázaro; ¡Él lo resucitó! ¡RESUCITÓ A UN HOMBRE! Estaba muerto, dejó pasar los días para que el cuerpo oliese; y ahora, ha tenido que huir de su ciudad porque su sola presencia es tomada como una blasfemia. ¡Una abominación! Estuvo muerto, y ahora ¡camina entre nosotros!”
.-“Rabbí, eres un maestro sabio, yo lo sé, pero dices cosas sin sentido.”
“Muchos de los judíos, que habían venido a casa de Marta y Mariam, vieron lo que hizo, creyeron en Él; pero algunos de ellos fueron a los fariseos y les contaron lo que había hecho Yesúa. Entonces los príncipes de los sacerdotes y los fariseos convocaron al sanedrín y dijeron:
.-“¿Qué hacemos? Este hombre hace muchas maravillas, si le dejamos así, todos creerán en Él, y vendrán los romanos y destruirán nuestro Templo y nuestra nación.”
Pero uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo:
.- “Vosotros no sabéis nada ni consideráis que conviene que muera un solo hombre por el pueblo, y no toda la nación por él.”
Eso no lo dijo por sí mismo, sino que profetizó que Yesúa había de morir por el pueblo, y no solo por el pueblo, sino para unir en uno a todos los hijos de Dios dispersos. Desde aquel día tomaron la determinación de matarlo.”
