Más sobre el nuevo tema estrella para esta legislatura: El manifiesto bórico.
http://www.publico.es/estaticos/pdf/06072008.pdf
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Quote:Ignacio escolar
La lengua se rompe.
Uno de los objetivos
de esta operación
política es vender
periódicos
No es novedad que en
las escuelas públicas
catalanas los niños
estudian en catalán
Este debate sólo rebrota
cuando la derecha
nacionalista española
no está en el poder
Hay dos teorías sobre
cómo vender diarios a
toda costa. Los periodistas
ingleses del sensacionalista
Daily Mirror
aseguran que no existe ninguna
noticia, por importante o llamativa
que sea, que merezca repetir en primera
plana más de dos días consecutivos;
que el lector, a la tercera portada,
se aburre y bajan las ventas. En
España, la escuela es justo la contraria.
Los sensacionalistas patrios han
demostrado que la mejor fórmula para
vender periódicos, si la ética profesional
no es un problema, consiste
en encontrar un tema bandera y perseverar
en él hasta que, por insistencia,
la noticia adquiera la importancia
necesaria como para que se note
en el quiosco, en la convivencia y, si
es posible, en el Congreso de los Diputados.
¿Sólo dos portadas? Todo lo
contrario: doscientas si hacen falta.
“Si no pasa nada, tendremos que hacer
algo para remediarlo: inventar la
realidad”, decía el ciudadano Kane,
William Randolph Hearst. Si resulta
que España no se rompe, si la mochila
de la conspiración ya no es bórica,
si después de presumir de poner y
quitar presidentes del Gobierno ya no
podemos ni con el líder de la oposición…
tendremos que hacer algo para
remediarlo. Tú pon el manifiesto
que ya te traigo yo a los intelectuales.
Vamos a descubrir el Mediterráneo y
después nos indignaremos porque el
agua está salada.
Inventar la realidad y en ello están.
Aunque parezca increíble escuchando
según qué radios y leyendo según
qué diarios, el modelo educativo bilingüe
con el idioma menos conocido
como lengua vehicular no fue un invento
de catalanes, gallegos, mallorquines,
valencianos o vascos. Décadas
antes de que naciesen las ikastolas,
la clase alta española ya enviaba
a sus hijos a colegios donde el profesor
no se dirigía a ellos en castellano,
sino en italiano, francés, inglés o alemán.
Esperanza Aguirre, por ejemplo,
estudió en uno de estos centros
de élite, el Instituto Británico de Madrid,
y gracias a eso hoy puede presumir
de hablar un inglés muy superior
a la media de nuestros políticos,
sin que por ello se haya convertido en
una analfabeta en su lengua materna.
La teoría pedagógica era entonces
la misma que ahora: como el entorno
en el que crece el niño es castellanoparlante,
la mejor manera para
que aprenda bien dos idiomas es que
use el otro durante las siete horas al
día que pasa en la escuela.
Los mismos que consiguieron que
media España se hiciese experta en
los componentes explosivos de la Goma
2 ECO, ahora han descubierto escandalizados,
con unos cuantos años
de retraso, que en las escuelas públicas
catalanas los niños son escolarizados
en catalán. Como si fuese una
novedad, como si no fuese un modelo
educativo que –con sus pros y sus
contras– no hubiese arrancado en
1980. Estos planes de estudios llevan
en marcha 28 años y hace ya más
de una década que todos los alumnos
catalanes están escolarizados en
catalán. El desarrollo de este modelo
llegó a su plenitud precisamente
cuando gobernaba el Partido Popular,
en unos años en los que Esperanza
Aguirre y Mariano Rajoy eran ministros
de Educación, cuando José
María Aznar presidía el Gobierno y
hablaba catalán en la intimidad.
Cuando nació este modelo educativo,
provocó un encendido debate.
Se argumentaba que los estudiantes
catalanes serían analfabetos en castellano,
que se resentiría la convivencia,
que se crearían ciudadanos de primera
y de segunda, que sufrirían las clases
más desfavorecidas. Hoy se sigue
diciendo lo mismo con una
gran diferencia: que ya no se discute
sobre un modelo teórico
por probar, sino acerca de una
realidad donde los resultados
no son los que los agoreros pronosticaron
hace casi tres décadas. Los
estudiantes catalanes llegan a la selectividad
con un nivel de castellano
similar a los de otras comunidades
autónomas con una sola lengua.
Nadie que haya pasado por
Barcelona más de media hora puede
decir sin mentir que exista un solo
alumno catalán que no sepa castellano,
esa lengua perseguida que
todo el mundo habla, en la que se
publican la mayoría de los diarios,
que está en casi todos los canales de
la radio y la televisión.
Dice el manifiesto por la supremacía
del castellano que “son los
ciudadanos quienes tienen derechos
lingüísticos, no los territorios”.
Y a renglón seguido pide para
el castellano una serie de ventajas
exclusivas en el territorio español.
No es la única contradicción,
ni siquiera la más grave. Lo más indignante
de este debate recurrente,
que como muchos otros rebrota sólo
cuando no manda la derecha nacionalista
española en la Moncloa, es
que las supuestas víctimas de la supuesta
opresión lingüística –los catalanes,
los vascos, los gallegos– por
quien se sienten mayoritariamente
agredidos es, precisamente, por
aquellos en Madrid que dicen ser sus
defensores. En toda Catalunya, hay
23 padres, entre más de un millón de
alumnos, que han pedido oficialmente
que sus hijos sean escolarizados en
castellano. Mientras tanto, en el País
Valenciano, hay 93.700 alumnos de
primaria que estudian en castellano a
pesar de que escogieron el catalán.
Pero el modelo educativo catalán
o vasco no sólo es defendible porque
allí donde se aplica sea respaldado por
la gran mayoría de los ciudadanos.
Una política no se vuelve acertada sólo
porque casi todos estén de acuerdo
–aunque sí por ello se legitima democráticamente,
que no es poco–. Hay
otros argumentos. El fundamental:
¿cuál es la alternativa? ¿Crear
colegios para castellanoparlantes
y colegios para catalanoparlantes?
¿Una escuela para los niños de fuera
y otra para los del pueblo,
y que queden los domingos
para jugar entre ellos un partido
de fútbol? No creo que
ésta sea la mejor receta para
cohesionar una sociedad y ayudar
a la integración de los menos
favorecidos, los inmigrantes.
Rasgarse las vestiduras porque
de nuevo viene el lobo y el castellano
se rompe no es sólo una operación
para vender periódicos. Como
la mayoría de las campañas de la
derecha mediática, también tiene
su tiro político y, en este caso, la carambola
es triple. Por un lado, sirve
para mantener prietas las filas de la
derecha –no me sorprendería que
la próxima manifestación del siglo
en la madrileña plaza de Colón tenga
como lema “¡Pujol, enano, habla
castellano”!–. Por el otro, sirve
como palanca para el juego interno
del PP, para impedir el giro moderado
de Mariano Rajoy y evitar que
se acerque a los nacionalistas.
La tercera carambola se llama
UPyD, que es la que pone los intelectuales
–los primeros abajofirmantes
son casi los mismos
que ya bendijeron el manifiesto
fundacional del partido de
Rosa Díez– y quien preocupa
de verdad al PP.
El momento en el que se lanza
esta campaña tampoco es
casual. El manifiesto surge pocos
días después de que Rajoy
haya ganado el espinoso congreso
del PP casi por goleada,
cuando intenta cambiar su
discurso para bajar del monte,
alentado desde los mismos
medios que perdieron en el intento
de moverle del sillón.
El líder del PP tiene un papel
complicado, es el Michael
Corleone de El Padrino III, ese
de “justo cuando pensé que
ya estaba fuera, me vuelven a
arrastrar hacia dentro”.
Mariano Rajoy tiene dos opciones:
dejarse arrastrar a una
campaña que sabe que de nuevo
condenará a su partido a la marginalidad
política en aquellos sitios
donde el bilingüismo es algo que
se conoce de primera mano y no
por boca de los tertulianos y los columlistas,
o permitir que sea UPyD
quien rentabilice esta guerra en la
España monolingüe. La decisión
es difícil si sólo se valora la mera
eficacia electoral, si no se reflexiona
también sobre el daño que estos
incendios provocados tienen
sobre la convivencia. Con campañas
así, con la lengua por bandera
con la que atizar al otro, es como de
verdad se rompe España.
