15-08-2008, 17:33:44
Salió como anexo a un texto de Acorrecto en Hispalibertas
Una investigación periodística
Una de las mayores farsas que hemos aguantado los españoles en torno a los atentados del 11-M ha sido la actividad de «los pocos medios que hemos investigado el 11-M», vulgo El Mundo, Libertad Digital, CityFM... No me refiero tanto al contenido conspiranoico de sus noticias e informaciones, ni a los altos niveles de disparate con que a menudo nos deleitaron o las brutales campañas de acoso e injurias emprendidas contra servidores públicos, cuanto a la simple y llana afirmación de que lo que han hecho ha sido investigar el 11-M.
Cualquiera que les haya prestado atención durante más de cinco minutos sabe que su investigación ha consistido, en un 99% de los casos y un 99% del tiempo, en un vulgar comentario de texto. Cogieron en su día la parte accesible del sumario, las actas de la comisión parlamentaria de investigación o cualesquiera otros documentos, y se pusieron dale que te pego a revisar su contenido en busca de errores, contradicciones y demás anomalías tras las que pudiera adivinarse la verdad.
Partían del absurdo principio de que la verdad del 11-M estaba encerrada en los textos de la versión oficial, escondida en ellos, quizá cifrada en alguna errata o en un numerito bailado, en un apodo cambiado o en un domicilio inexacto, en un teléfono comunicando o en una furgoneta milagrosa, y que solo era cuestión de tiempo y paciencia —por eso llevan dos años barajando una y otra vez exactamente las mismas cartas: siete de copas, dos de oros, cinco de espadas— averiguar el centésimo nombre de Alá que les permitiera entrar en el Paraíso. La partida legal ha expirado y siguen con sus naipes ajados, inasequibles al desaliento, investigando: siete de copas, dos de oros, cinco de espadas, dos de oros, cinco de espadas, siete de copas... Eso que se entiende como investigación de campo les pillaba a trasmano.
No ha sido, desde luego, su único punto de partida macarrónico: véase también que, pese a que la versión oficial afirmara —y haya concluido— que los atentados fueron obra de terroristas islámicos, los investigadores del 11-M simplemente no prestaron la más mínima atención a la parte islamista del sumario, llegando algunos incluso a no mencionarla nunca. Estaban demasiado ocupados mirando de pringar al PRISOE. Es cierto, por otro lado, que cuando se han atrevido a escribir o decir algo referente al yihadismo, ha sido tal su inepcia y tan cruda su ignorancia que a lo mejor hasta es de agradecer que no se hayan prodigado. Bastante tenemos algunos con aguantar que sigan insistiendo en que los terroristas islámicos siempre se suicidan o que es insólito que se suiciden siete para matar a uno o que no comen jamón ni beben vino.
Algunos de los investigadores se morirán —esperemos que muy tarde— sin saber qué es una investigación periodística. Ayer por la mañana, por ejemplo, Fernando Múgica, un soberano embustero y enredador cum laude en lo del 11-M, dijo en grabación emitida por la COPE sentirse avergonzado por no haber llegado a descubrir la verdad. Se lo dijo a varios —Jiménez Losantos, Luis del Pino y Dieter Brandau; algo menos Pedro J. Ramírez— que tras la sentencia del TS proclamaban el tropecientosgésimo derrumbamiento de la versión oficial, conocida por su gran tendencia a derrumbarse mientras va acumulando sentencias favorables. En una delirante sucesión no sé si de ignorancia o del más rampante mercantilismo, desinformaron a la audiencia sobre el contenido de la sentencia, interpretando cosas que no afirma y callando otras que sí dice, sin omitir, por supuesto, las habituales paranoias. Y rematándolo todo, la célebre cantinela con que he abierto esta nota: «los pocos medios que hemos investigado el 11-M». En realidad, cualquier semejanza de lo suyo con una verdadera investigación periodística es mera coincidencia. Pero es posible traer un par de ejemplos que ayuden a comprender.
El 11-S es el equivalente estadounidense del 11-M. También allí hubo una comisión de investigación, incomparablemente mejor que la española. También allí han proliferado los conspiranoicos negadores de evidencias e inventores de patrañas, y así como aquí se apunta el dedo acusador hacia el PRISOE, allí se apunta hacia Bush, los neocones y el Nuevo Orden Mundial. Pero en EE.UU. ninguna prensa seria les ha dado pábulo y ni mucho menos ha formado parte de la conspiranoia ni ha sido su motor, que es lo específico del caso español. En lugar de dedicarse al injurioso comentario de textos so capa de perfeccionismo, los investigadores periodísticos han querido saber cómo pudo producirse el 11-S y qué falló en la seguridad nacional. En vez de criticar una instrucción judicial, allí se ha querido averiguar quién hizo qué. Aquí los medios encargaron el trabajo a ex ufólogos como Múgica o a ex nadies como del Pino, incapaces ambos de entender siquiera un vulgar auto judicial. Allí, en cambio, varios sabuesos de buena raza han logrado destripar la increíble sucesión de errores, negligencias y malfunctions que permitió que ocurrieran unos atentados que pudieron ser abortados en innúmeras ocasiones entre 1995 y 2001. A eso mismo pudieron dedicarse aquí «los pocos medios que hemos investigado el 11-M», a descubrir los errores, negligencias y malfunctions del sistema, pero en los años a investigar gobernaba el PP y querían encontrar a los GAL.
Son bastantes los trabajos que podría recomendar, pero como es natural tengo mis preferencias. Una de ellas es la obra de Peter Lance 1000 Years for Revenge (2003, 558 pags), no solo por el elegante inglés en que está escrita o su contundencia expositiva sino, sobre todo, por su impecable documentación. Lance, jurista y periodista —¿se ve la diferencia?—, fue mucho más allá que la comisión del 11-S y dibujó con claridad la conexión entre el atentado contra el World Trade Center de 1993 y los atentados de septiembre de 2001:
The evidence I uncovered established a direct connection between those two events—a dotted line of intelligence that ran like a hot circuit cable from Afghanistan to New York to the Philippines and back to New York again. Each dot on that line represented a lost opportunity for the U.S. intelligence community to stop Osama bin Laden and his al Qaeda juggernaut. While many were culpable, the evidence now suggests that the agency most responsible was the FBI.
Más espectacular y concienzudo es, si cabe, el segundo trabajo que me atrevo a recomendar: The Looming Tower: Al Qaeda and the Road to 9/11 (2006, 500 pags.), de Lawrence Wright, periodista, jurista y profesor en la Universidad Americana de El Cairo —¿qué, se nota la diferencia o no?—, que obtuvo el Premio Pulitzer en su categoría General Nonfiction por este libro.
Su lectura, además de nutritiva en distintos campos —se documenta la historia de Al Qaeda empezando por Sayid Qutb, inspirador teológico de Bin Laden—, resulta deslumbrante. Y los esfuerzos del autor por contrastar hasta el mínimo detalle —visitando Egipto, Arabia, Pakistán, Afganistán, Sudán, Alemania, Francia, Reino Unido... y España (donde se entrevistó, entre otros, con Gustavo de Arístegui, Juan Cotino, Fernando Lázaro [El Mundo], José María Irujo [El País] y Ramón Pérez Maura [ABC])— causan admiración en cualquiera que haya visto la «calidad» de las fuentes anónimas y la pésima documentación de las que han hecho gala nuestros investigadores indígenas desde 2004. Creo recordar que cuando Fernando Múgica fue por primera vez a Asturias en 2004, El Mundo publicó un breve al respecto: «No hemos reparado en gastos».
Ambos trabajos presentan graves contraindicaciones, sin embargo: permiten comprobar el paupérrimo nivel del periodismo en España, el de investigación y el otro. Por lo demás, a quien los lea ya nadie podrá estafarle con «pelanas de Lavapiés» y otras muestras de supina ignorancia. Con la obra de Wright aprenderá que los «pelanas» son parte inherente del terrorismo islámico, y con la de Lance que la ignorancia supina es lo que distingue a sus víctimas.
Manel Gozalbo
El resaltado en negrita habría que tallarlo en piedra y estampárselo en plena cara a tanto investigador de Google.
Una investigación periodística
Una de las mayores farsas que hemos aguantado los españoles en torno a los atentados del 11-M ha sido la actividad de «los pocos medios que hemos investigado el 11-M», vulgo El Mundo, Libertad Digital, CityFM... No me refiero tanto al contenido conspiranoico de sus noticias e informaciones, ni a los altos niveles de disparate con que a menudo nos deleitaron o las brutales campañas de acoso e injurias emprendidas contra servidores públicos, cuanto a la simple y llana afirmación de que lo que han hecho ha sido investigar el 11-M.
Cualquiera que les haya prestado atención durante más de cinco minutos sabe que su investigación ha consistido, en un 99% de los casos y un 99% del tiempo, en un vulgar comentario de texto. Cogieron en su día la parte accesible del sumario, las actas de la comisión parlamentaria de investigación o cualesquiera otros documentos, y se pusieron dale que te pego a revisar su contenido en busca de errores, contradicciones y demás anomalías tras las que pudiera adivinarse la verdad.
Partían del absurdo principio de que la verdad del 11-M estaba encerrada en los textos de la versión oficial, escondida en ellos, quizá cifrada en alguna errata o en un numerito bailado, en un apodo cambiado o en un domicilio inexacto, en un teléfono comunicando o en una furgoneta milagrosa, y que solo era cuestión de tiempo y paciencia —por eso llevan dos años barajando una y otra vez exactamente las mismas cartas: siete de copas, dos de oros, cinco de espadas— averiguar el centésimo nombre de Alá que les permitiera entrar en el Paraíso. La partida legal ha expirado y siguen con sus naipes ajados, inasequibles al desaliento, investigando: siete de copas, dos de oros, cinco de espadas, dos de oros, cinco de espadas, siete de copas... Eso que se entiende como investigación de campo les pillaba a trasmano.
No ha sido, desde luego, su único punto de partida macarrónico: véase también que, pese a que la versión oficial afirmara —y haya concluido— que los atentados fueron obra de terroristas islámicos, los investigadores del 11-M simplemente no prestaron la más mínima atención a la parte islamista del sumario, llegando algunos incluso a no mencionarla nunca. Estaban demasiado ocupados mirando de pringar al PRISOE. Es cierto, por otro lado, que cuando se han atrevido a escribir o decir algo referente al yihadismo, ha sido tal su inepcia y tan cruda su ignorancia que a lo mejor hasta es de agradecer que no se hayan prodigado. Bastante tenemos algunos con aguantar que sigan insistiendo en que los terroristas islámicos siempre se suicidan o que es insólito que se suiciden siete para matar a uno o que no comen jamón ni beben vino.
Algunos de los investigadores se morirán —esperemos que muy tarde— sin saber qué es una investigación periodística. Ayer por la mañana, por ejemplo, Fernando Múgica, un soberano embustero y enredador cum laude en lo del 11-M, dijo en grabación emitida por la COPE sentirse avergonzado por no haber llegado a descubrir la verdad. Se lo dijo a varios —Jiménez Losantos, Luis del Pino y Dieter Brandau; algo menos Pedro J. Ramírez— que tras la sentencia del TS proclamaban el tropecientosgésimo derrumbamiento de la versión oficial, conocida por su gran tendencia a derrumbarse mientras va acumulando sentencias favorables. En una delirante sucesión no sé si de ignorancia o del más rampante mercantilismo, desinformaron a la audiencia sobre el contenido de la sentencia, interpretando cosas que no afirma y callando otras que sí dice, sin omitir, por supuesto, las habituales paranoias. Y rematándolo todo, la célebre cantinela con que he abierto esta nota: «los pocos medios que hemos investigado el 11-M». En realidad, cualquier semejanza de lo suyo con una verdadera investigación periodística es mera coincidencia. Pero es posible traer un par de ejemplos que ayuden a comprender.
El 11-S es el equivalente estadounidense del 11-M. También allí hubo una comisión de investigación, incomparablemente mejor que la española. También allí han proliferado los conspiranoicos negadores de evidencias e inventores de patrañas, y así como aquí se apunta el dedo acusador hacia el PRISOE, allí se apunta hacia Bush, los neocones y el Nuevo Orden Mundial. Pero en EE.UU. ninguna prensa seria les ha dado pábulo y ni mucho menos ha formado parte de la conspiranoia ni ha sido su motor, que es lo específico del caso español. En lugar de dedicarse al injurioso comentario de textos so capa de perfeccionismo, los investigadores periodísticos han querido saber cómo pudo producirse el 11-S y qué falló en la seguridad nacional. En vez de criticar una instrucción judicial, allí se ha querido averiguar quién hizo qué. Aquí los medios encargaron el trabajo a ex ufólogos como Múgica o a ex nadies como del Pino, incapaces ambos de entender siquiera un vulgar auto judicial. Allí, en cambio, varios sabuesos de buena raza han logrado destripar la increíble sucesión de errores, negligencias y malfunctions que permitió que ocurrieran unos atentados que pudieron ser abortados en innúmeras ocasiones entre 1995 y 2001. A eso mismo pudieron dedicarse aquí «los pocos medios que hemos investigado el 11-M», a descubrir los errores, negligencias y malfunctions del sistema, pero en los años a investigar gobernaba el PP y querían encontrar a los GAL.
Son bastantes los trabajos que podría recomendar, pero como es natural tengo mis preferencias. Una de ellas es la obra de Peter Lance 1000 Years for Revenge (2003, 558 pags), no solo por el elegante inglés en que está escrita o su contundencia expositiva sino, sobre todo, por su impecable documentación. Lance, jurista y periodista —¿se ve la diferencia?—, fue mucho más allá que la comisión del 11-S y dibujó con claridad la conexión entre el atentado contra el World Trade Center de 1993 y los atentados de septiembre de 2001:
The evidence I uncovered established a direct connection between those two events—a dotted line of intelligence that ran like a hot circuit cable from Afghanistan to New York to the Philippines and back to New York again. Each dot on that line represented a lost opportunity for the U.S. intelligence community to stop Osama bin Laden and his al Qaeda juggernaut. While many were culpable, the evidence now suggests that the agency most responsible was the FBI.
Más espectacular y concienzudo es, si cabe, el segundo trabajo que me atrevo a recomendar: The Looming Tower: Al Qaeda and the Road to 9/11 (2006, 500 pags.), de Lawrence Wright, periodista, jurista y profesor en la Universidad Americana de El Cairo —¿qué, se nota la diferencia o no?—, que obtuvo el Premio Pulitzer en su categoría General Nonfiction por este libro.
Su lectura, además de nutritiva en distintos campos —se documenta la historia de Al Qaeda empezando por Sayid Qutb, inspirador teológico de Bin Laden—, resulta deslumbrante. Y los esfuerzos del autor por contrastar hasta el mínimo detalle —visitando Egipto, Arabia, Pakistán, Afganistán, Sudán, Alemania, Francia, Reino Unido... y España (donde se entrevistó, entre otros, con Gustavo de Arístegui, Juan Cotino, Fernando Lázaro [El Mundo], José María Irujo [El País] y Ramón Pérez Maura [ABC])— causan admiración en cualquiera que haya visto la «calidad» de las fuentes anónimas y la pésima documentación de las que han hecho gala nuestros investigadores indígenas desde 2004. Creo recordar que cuando Fernando Múgica fue por primera vez a Asturias en 2004, El Mundo publicó un breve al respecto: «No hemos reparado en gastos».
Ambos trabajos presentan graves contraindicaciones, sin embargo: permiten comprobar el paupérrimo nivel del periodismo en España, el de investigación y el otro. Por lo demás, a quien los lea ya nadie podrá estafarle con «pelanas de Lavapiés» y otras muestras de supina ignorancia. Con la obra de Wright aprenderá que los «pelanas» son parte inherente del terrorismo islámico, y con la de Lance que la ignorancia supina es lo que distingue a sus víctimas.
Manel Gozalbo
El resaltado en negrita habría que tallarlo en piedra y estampárselo en plena cara a tanto investigador de Google.
