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presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar, una semana larga. Un grupo terrorista sin apoyo popular ni influencia política alguna estaba poniendo en vilo al Estado, que hasta el momento no había hecho otra cosa que reafirmar su imagen de impotencia para recuperar el control de la situación.
Aquella tarde fría y lluviosa de enero Rodolfo Martín Villa, el hombre a quien el Gobierno de Adolfo Suárez había encomendado la labor más ingrata y comprometida de la transición democrática, estaba muy nervioso. Todos lo notaron cuando fueron entrando en su despacho, convocados a toda prisa para una reunión urgente, y le estrecharon la mano.
El grupo encabezado por el subsecretario de Orden Público, Hernández Gil, lo integraban los máximos responsables de la seguridad pública; es decir, dos o tres altos cargos de la Guardia Civil, el Cuerpo Superior de Policía y la Policía Armada. Aunque no era necesario, el ministro, que no dejaba de mover las manos, hizo un análisis muy crudo del difícil momento que se estaba viviendo.
La conclusión era sencilla y clara: se estaba fracasando en la liberación de los dos secuestrados. Y había que encontrados, además, inmediatamente. Los secuestradores habían hecho llegar una nota a un periódico en la que advertían que ejecutaría a Oriol y Villaescusa si no se accedía a sus pretensiones, algo que el Gobierno no podía aceptar. En realidad, explicó el ministro, el Gobierno estaba acorralado, con presiones por todas partes y sin otro recurso que la eficacia que pudiesen demostrar las fuerzas policiales, algo que hasta ese momento había brillado por su ausencia.
Roberto Conesa, el enigmático e implacable comisario que durante muchos años había desempeñado las funciones de estratega en la tristemente recordada Brigada Político Social, principal órgano de represión política de la dictadura, no participaba en la reunión, pero después de un buen rato de discusiones, hizo llegar al director de la Policía una información con algunos datos interesantes que al parecer acababa de obtener.
El general Sáenz de Santa María, que de Conesa no tenía buen concepto personal, encontró sin embargo muy interesante su aportación:
-Nos informó de que habían identificado al autor del comunicado que los GRAPO habían dejado en los servicios del bar Carrión, en la avenida …//…
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…//…de Aragón. Un estudio grafológico de la letra demostraba que el autor había sido uno de los fundadores de la organización, un taciturno periodista gallego de nombre Pío Moa. Aquel pequeño avance supuso a su vez un cierto alivio para todos. Al menos existía una pista. Hasta ese momento teníamos la impresión de estar completamente perdidos.
Tanto alivió el ambiente, que incluso hubo un cuchicheo cargado de asistentes: «Coño, yo creí que Pío sólo había uno: Pio Cabanillas>>
cuchicheó uno. «¡Qué dices! En Galicia hay bastantes», le aclaró el vecino. <<Bueno, y en Roma también», concedió el primero.
<<Si pero en Roma suelen ser papas», cerró el diálogo el segundo.
-Conesa que era muy maquiavélico, sabía de los GRAPO bastante, quizá más de lo que revelaba, y para mí que el tal Pío Moa era un infiltrado suyo- relató Sáenz de Santa María-. No lo sé. Pero fue muy sorprendente que pocos meses después de todo aquello apareciese escribiendo en ABC, ¡nada menos que en ABC! Conesa nunca lo confirmó, aunque ya sabe que esas cosas no se divulgan. Informó que lo tenían detenido y que en el interrogatorio había declarado que a Oriol lo habían cambiado de sitio varias veces pero que en ese momento lo tenían junto con Villaescusa en un piso de Alcorcón. Y yo pensé: «¡Joder con Alcorcón! Primero los de ETA y ahora los GRAPO». Pío Moa había dado alguna orientación sobre el barrio, pero aseguró que desconocía el lugar exacto…//…
En la página 175 continúa hablando de PIO MOA y dice lo siguiente:
…//…-Pasaban tantas cosas que uno enseguida se olvidaba de lo que acababa de ocurrir (se refiere a la liberación de los secuestrados, la cursiva es mia). Lo más sorprendente, y la verdad es que no sé como se las apañó Conesa, fue que Pio Moa, a quién se acusaba de ser el autor del escrito de chantaje, estuvo detenido muy poco tiempo, creo que no llegó a ser procesado, y cuando hemos querido darnos cuenta nos lo hemos encontrado por ahí ejerciendo de muñidor de la extrema derecha. La transición está repleta de misterios y para mí, este es uno de ellos, aunque quizá no lo sea tanto- concluyó el General.
presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar, una semana larga. Un grupo terrorista sin apoyo popular ni influencia política alguna estaba poniendo en vilo al Estado, que hasta el momento no había hecho otra cosa que reafirmar su imagen de impotencia para recuperar el control de la situación.
Aquella tarde fría y lluviosa de enero Rodolfo Martín Villa, el hombre a quien el Gobierno de Adolfo Suárez había encomendado la labor más ingrata y comprometida de la transición democrática, estaba muy nervioso. Todos lo notaron cuando fueron entrando en su despacho, convocados a toda prisa para una reunión urgente, y le estrecharon la mano.
El grupo encabezado por el subsecretario de Orden Público, Hernández Gil, lo integraban los máximos responsables de la seguridad pública; es decir, dos o tres altos cargos de la Guardia Civil, el Cuerpo Superior de Policía y la Policía Armada. Aunque no era necesario, el ministro, que no dejaba de mover las manos, hizo un análisis muy crudo del difícil momento que se estaba viviendo.
La conclusión era sencilla y clara: se estaba fracasando en la liberación de los dos secuestrados. Y había que encontrados, además, inmediatamente. Los secuestradores habían hecho llegar una nota a un periódico en la que advertían que ejecutaría a Oriol y Villaescusa si no se accedía a sus pretensiones, algo que el Gobierno no podía aceptar. En realidad, explicó el ministro, el Gobierno estaba acorralado, con presiones por todas partes y sin otro recurso que la eficacia que pudiesen demostrar las fuerzas policiales, algo que hasta ese momento había brillado por su ausencia.
Roberto Conesa, el enigmático e implacable comisario que durante muchos años había desempeñado las funciones de estratega en la tristemente recordada Brigada Político Social, principal órgano de represión política de la dictadura, no participaba en la reunión, pero después de un buen rato de discusiones, hizo llegar al director de la Policía una información con algunos datos interesantes que al parecer acababa de obtener.
El general Sáenz de Santa María, que de Conesa no tenía buen concepto personal, encontró sin embargo muy interesante su aportación:
-Nos informó de que habían identificado al autor del comunicado que los GRAPO habían dejado en los servicios del bar Carrión, en la avenida …//…
Página 173
…//…de Aragón. Un estudio grafológico de la letra demostraba que el autor había sido uno de los fundadores de la organización, un taciturno periodista gallego de nombre Pío Moa. Aquel pequeño avance supuso a su vez un cierto alivio para todos. Al menos existía una pista. Hasta ese momento teníamos la impresión de estar completamente perdidos.
Tanto alivió el ambiente, que incluso hubo un cuchicheo cargado de asistentes: «Coño, yo creí que Pío sólo había uno: Pio Cabanillas>>
cuchicheó uno. «¡Qué dices! En Galicia hay bastantes», le aclaró el vecino. <<Bueno, y en Roma también», concedió el primero.
<<Si pero en Roma suelen ser papas», cerró el diálogo el segundo.
-Conesa que era muy maquiavélico, sabía de los GRAPO bastante, quizá más de lo que revelaba, y para mí que el tal Pío Moa era un infiltrado suyo- relató Sáenz de Santa María-. No lo sé. Pero fue muy sorprendente que pocos meses después de todo aquello apareciese escribiendo en ABC, ¡nada menos que en ABC! Conesa nunca lo confirmó, aunque ya sabe que esas cosas no se divulgan. Informó que lo tenían detenido y que en el interrogatorio había declarado que a Oriol lo habían cambiado de sitio varias veces pero que en ese momento lo tenían junto con Villaescusa en un piso de Alcorcón. Y yo pensé: «¡Joder con Alcorcón! Primero los de ETA y ahora los GRAPO». Pío Moa había dado alguna orientación sobre el barrio, pero aseguró que desconocía el lugar exacto…//…
En la página 175 continúa hablando de PIO MOA y dice lo siguiente:
…//…-Pasaban tantas cosas que uno enseguida se olvidaba de lo que acababa de ocurrir (se refiere a la liberación de los secuestrados, la cursiva es mia). Lo más sorprendente, y la verdad es que no sé como se las apañó Conesa, fue que Pio Moa, a quién se acusaba de ser el autor del escrito de chantaje, estuvo detenido muy poco tiempo, creo que no llegó a ser procesado, y cuando hemos querido darnos cuenta nos lo hemos encontrado por ahí ejerciendo de muñidor de la extrema derecha. La transición está repleta de misterios y para mí, este es uno de ellos, aunque quizá no lo sea tanto- concluyó el General.
