Hermann Tersch Wrote:Mi delito había sido declarar en televisión que yo tenía un mar de dudas sobre el trasfondo del atentado del 11-M. No esbocé una tesis propia ni me adherí a ninguna otra con o sin conspiraciones que me parecen disparatadas. Sólo dije que dudaba. Mi puñetera manía de albergar dudas sobre la verdad decretada.
Todo el artículo rezuma tendenciosidad y sectarismo, pero me quedo con este párrafo, porque ilustra la inaceptable desidia intelectual de los pseudoescépticos de pacotilla: "yo solo digo que tengo dudas". No digo cuáles son, ni su naturaleza, ni en qué están fundadas, porque eso me obligaría a confesar que mis dudas no tienen otra fuente que mi animosidad y mis prejuicios contra ciertos políticos. Como los detesto, me autorizo a mí mismo a pensar de ellos cualquier ignominia, por acción u omisión, y así lo hago. Por supuesto, tampoco articulo esas dudas en un discurso racional, rebatible: teniendo esa fuente, es algo que sencillamente no puedo hacer.
Pero, ¡ojo!, no me mezclen con la chusma conspiranoica: io zoi un hintelertual, hoygan. Pertenezco a la elite, y lo que hago es noble y elevado: practico el escepticismo; dudo de la verdad "decretada". Y como único argumento, ahí les menciono un atentado que no es lo que parecía. Así, de paso, ven lo culto que soy y cuánta historia sé. Pero tampoco establezco ningún paralelismo, tengan ustedes mucho cuidado, que soy muy listo y por ahí no me van a pillar.
Así que inicio un diálogo imaginario con el autor del artículo:
Ocurre, Hermann, que eso que usted llama la verdad “decretada” no ha sido decretado por nadie (díganos por quién, si no es así), sino que es el fruto del trabajo duro, durísimo, mal pagado y menos reconocido, de un montón de gente. Gente que ha dado lo mejor de sí mismo, en unas condiciones muy difíciles, para encontrar a los responsables del peor atentado de nuestra historia, entregarlos a la justicia, juzgarlos y condenarlos. Son humanos, y por lo tanto, su labor es falible, perfeccionable y criticable: son los primeros en reconocerlo; lo hacen en la misma sentencia, que culmina, de momento, su trabajo. Pero para criticarlos hay que tener un mínimo de decencia intelectual: para empezar, hay que usar argumentos, no subterfugios baratos.
Y permítame que le diga que no es serio, ni decente, eso de subirse a un pedestal para comunicarles que no se han enterado de nada (bueno, usted dice que tiene “un mar de dudas sobre el trasfondo” del atentado. Es una mera cautela retórica, pero entendemos lo que les quiere decir: que no han descubierto lo esencial).
Y es completamente ridículo anunciarles desde ese pedestal que habrá una Gran Revelación que demostrará que ellos estaban equivocados y usted, sin haber gastado un solo minuto en investigar el atentado, está en lo cierto (sí, usted lo dice también de forma atenuada: “(...) estoy seguro de que algún día se tendrá que volver a hablar del 11- M. Y no desde la marginalidad o el interés por un titular forzado.”, pero hoy tiene un mal día, y se le entiende todo: cual vulgar peoncito, de esos con los que no quiere mezclarse, está augurando el Advenimiento de la Verdad Verdadosa).
También ocurre, señor Tertsch, que usted sí que es culpable de algo, y de algo grave, desde un punto de vista intelectual: su narcisismo le hace creer que sus humanas, demasiado humanas, filias y fobias son importantes, y deben ser comunicadas coram populo. Pues no, se equivoca, son tan irrelevantes como que a mí me caiga bien el Deportivo y mal el Santander (es un poner). ¿A que a usted le importa un pimiento? Pues a mí también me importa un pimiento que a usted le caiga mal Zapatero, los progres o lo que sea que le disguste.
Y comete otro pecado: su soberbia intelectual le lleva a emparentar esas filias y fobias con el escepticismo. Pero sus dudas nada tienen que ver con Descartes o Hume, por mucho que usted lo intente, sino que, en el fondo, tienen el mismo origen y comparten naturaleza con el alarido del hincha beodo contra el árbitro, o los insultos de la chusma sectaria contra los políticos que no son de su cuerda. Nacen de lo peor de usted mismo, aunque no tenga la valentía y la honestidad de reconocerlo.
Claro, para consolarse, puede pensar que en esos pecadillos no está usted solo. Y tiene razón: muchos de los que escriben o hablan en nuestros medios de comunicación no hacen otra cosa que rendir pleitesía, servilmente y con muy poca honradez intelectual, a sus propios prejuicios. Con catalogarlos a ustedes como prescindibles, y abstenerse de leerles o escucharles, estaría todo resuelto. Y es la receta que sigo. Pero cuando, queriendo o sin querer, echan ustedes mierda sobre gente a la que debemos estar todos agradecidos con sus dichosas, estúpidas, infundadas e irrelevantes dudas, me permitirá que me indigne.
