24-03-2008, 11:17:03
(This post was last modified: 24-03-2008, 21:34:59 by Mangeclous.)
Para evitar la dispersión, creo este hilo encabezado por la entrevista con la viuda de El Chino realizada por Antonio Rubio y publicada hoy por El Mundo.
El Mundo, 24 de marzo de 2008 Wrote:HABLA ROSA LA VIUDA DE JAMAL AHMIDAN ‘EL CHINO’
«El 11-M lo hicieron ellos pero seguro que alguien les ayudó»
«Yo no dudo de que mi marido estuviera en la logística del atentado, pero estoy segura de que nunca llegó a montar en los trenes y de que no fue uno de los autores materiales»
«Le dijo a su madre desde Leganés que no sabía que el atentado iba a ser de esa forma, que se le había ido de las manos. Puede que nos quisiera decir que él estaba en un tema que no controlaba»
«Jamal era un inútil en temas de bricolaje y mucho más para unir dos cables. Alguien les ayudó a montar las bombas porque ni él ni los hermanos Oulad tenían ningún conocimiento técnico»
ANTONIO RUBIO
MADRID.– Ya han pasado más de cuatro años de aquel fatídico 11-M y Rosa, la viuda de Jamal Ahmidan, El Chino, sigue recordando y torturándose por aquellas 191 víctimas. En ocasiones se considera culpable de aquellos atentados, por no haberse dado cuenta de lo que ocurría a su alrededor, y en otras considera que es imposible que ellos lo hicieran solos: «Alguien les tuvo que ayudar. Jamal era un inútil en temas de bricolaje y mucho más para unir dos cables. Alguien les ayudó a montar las bombas porque ni él ni los hermanos Oulad tenían ningún conocimiento técnico». Las dudas de cómo, cuántos y quiénes fueron los autores materiales de la masacre del 11 de Marzo aún están ahí, incluso después de la sentencia.
Páginas interiores:
Rosa, en compañía de EL MUNDO, ha recorrido aquellos fatídicos lugares y ha recuperado de su memoria todos los pasos que dio su marido antes, durante y después del 11-M. Y después de aquella fecha vino el 3 de abril de 2004, cuando Jamal y seis terroristas más se encerraron en un piso de la calle de Martín Gaite de Leganés. Aquél fue el último momento en que Rosa pudo hablar con su marido y saber lo que pensaba y estaba haciendo uno de los jefes del grupo islamista que días antes había matado a 191 personas y había dejado heridas a más de 1.500. Volver a aquellos instantes no es fácil para Rosa. Por eso, necesita de un par de profundas caladas de su cigarrillo rubio y de un largo trago de agua de la botella que tiene en su mano izquierda.
«Eran las seis de la tarde del 3 de abril de 2004 cuando, de repente, escucho en la tele que han rodeado un piso en Leganés y que dentro hay varios terroristas islamistas. No dicen que son los del 11-M. Comienzan a salir imágenes del edificio y suena el teléfono. Es la Policía que me pregunta: ‘¿Lo estás viendo? ¿Te ha llamado? ¿Ha contactado contigo?’».
Rosa sigue la descripción de aquellos tensos momentos: «Le digo a la poli que no, que Jamal no me ha llamado. Todo eso ocurrió sobre las seis de la tarde. Después se sucedió otra serie de llamadas, de mi cuñada y varios familiares».
Pregunta.– ¿Cuándo y cómo le llama su marido, Jamal?
Respuesta.– Jamal me llama por primera vez cuando ya estaba anocheciendo. En su primera llamada no logró articular ninguna palabra, todo eran sollozos. Lloraba y lloraba sin parar.
P.- ¿Cuánto tiempo pasa entre la primera y la siguiente llamada de Jamal?
R.- Apenas unos cinco minutos, pero él seguía sin poder hablar. Le pregunto si está en el piso de Leganés y me contesta que sí.
Rosa, que no acaba de saber lo que está pasando porque su marido no articula palabra, le lanza una batería de preguntas a Jamal:
– ¿Te puedes escapar?
– No.
– Voy para Leganés.
– No.
Entonces, Jamal deja de llorar y comienza a hablar de manera normal y a darle detalles a Rosa sobre la situación que estaba viviendo:
– Estamos rodeados. Cuida del niño y cuídate tú. Los dos tenéis un sitio en el paraíso a mi lado.
La conversación se corta y Rosa, abatida, comienza a llorar. Se encuentra fuera de Madrid, con su padre, y ahora es ella la que no articula palabra. Necesita alguna ayuda y comienza a tomar lo que tiene a mano: tazas de valeriana y tazas de tila. Jamal no se ha sincerado del todo con su mujer, pero sí lo hace con su madre, Rahma. A ella le cuenta todo y con ella se confiesa antes de saltar por los aires:
– No sabía que los atentados iban a ser de esa forma. No sabía que habría tantos muertos. No sabía que iban a detener a tanta gente. Se me ha ido de las manos.
Cuando la madre de Jamal recibe la llamada de desesperación de su hijo se encuentra en un taxi que va desde Tetuán (lugar donde nació Jamal Ahmidan) hasta Tánger. Rahma intenta convencer a su hijo para que se entregue a la Policía, pero Jamal ya tiene alrededor de su cuerpo un cinturón con explosivos. Todos aquellos trágicos momentos y la conversación entre madre e hijo fue contada después por Rahma a Rosa. Y Rosa la recupera para EL MUNDO:
– En el momento en que Jamal llama a su madre tiene puesto los explosivos en la cintura y su madre le pregunta: «Hijo, ¿has sido tú?. Entonces, Jamal le confesó a su madre que él no sabía que todo aquello iba a ocurrir de aquella forma y que iba a tener las consecuencias que estaba teniendo.
Rosa cuenta que su suegra iba escuchando la narración de Jamal entre sollozo y sollozo: [i]«Yo no sabía que iba a haber tantos muertos y que iban a detener a tanta gente. Me siento muy mal, muy mal».
La confesión del líder de la célula terrorista a su madre fue aún más lejos cuando, de manera contundente, le dice: «Se me ha ido de las manos, esto se me ha ido de las manos. Yo no pensaba que la cosa iba a ser tan grande».
Rosa intenta, una y otra vez, saber qué había detrás de las palabras de su marido a su madre. Pero por mucho que ha hablado con su suegra y con los hermanos de Jamal (son 14, cinco hombres y nueve mujeres), la viuda del terrorista islamista sigue sin tener una respuesta a esas dudas: «No sé lo que quería decir Jamal a su madre con aquellos comentarios y en aquellos momentos. Pero de lo que estoy segura es de que mi marido nunca llegó a montar en los trenes y que no fue uno de los autores materiales de los atentados».
P.- ¿Por qué piensa que Jamal no subió a los trenes?
R.- Yo no veo a Jamal colocando las bombas en los trenes. En los momentos difíciles él desaparecía de la escena. Nunca estaba presente cuando tenía que hacer una entrega o algo parecido. Y, además, cuando había alguna operación delicada desaparecía durante un mes y nadie sabía nada de él. En el 11-M, él no siguió esa pauta. Tras los atentados volvió a casa, estuvo con nosotros, celebramos el día del padre (19 de marzo) en la finca de Morata de Tajuña, donde se supone que montaron las bombas. No se le notaba intranquilo. Todo es muy raro e incomprensible.
P.- Pero él sí estuvo en los atentados del 11-M.
R.- Él nunca me reconoció que había participado en el 11-M, pero cuando me llamó desde Leganés sí reconoce que si se entrega se va a tirar toda su vida en la cárcel y que
nos iba a hacer unos desgraciados, a su hijo y a mí. Es indudable que ahí ya está asumiendo que de alguna manera había participado en el 11-M.
P.- Entonces, ¿cuál fue su papel en los atentados?
R.- Hasta el día de hoy nadie me ha podido demostrar que Jamal estuviera en los trenes. Yo no dudo de que él, después de lo que sabemos, estuviera en la logística del atentado y buscando cosas. Es decir, buscando los explosivos.
P.- ¿Pero también pudo montar las bombas?
R.- Estoy segura de que él no montó las bombas. Jamal era un inútil en temas de bricolaje, y mucho más para unir dos cables. Alguien les ayudó porque ni él ni los hermanos Oulad [Mohamed y Rachid] tenían ningún conocimiento técnico.
P.- ¿Quiénes eran los hermanos Oulad?
R.- Mohamed y Rachid Oulad también murieron en Leganés y siempre estaban con Jamal, ayudando y trabajando, pero eran de cultura y capacidad escasas.
P.- «Se me ha ido de las manos ». ¿Qué significa eso en boca de Jamal?
R.- Sólo tiene una respuesta posible. Que habían puesto en las bolsas o en las mochilas más dinamita de lo que habían previsto o pensado. Yo creo, hoy, que ellos querían dar un golpe, pero no cometer el atentado que cometieron y que el resultado final fueran tantas víctimas.
P.- ¿Cómo se puede dar un golpe con explosivos y que no haya muertos?
R.- Creo que metieron más explosivo de lo previsto y que iban a avisar de la colocación de las bombas y que después, no sé por qué, no lo hicieron.
La madre de Jamal, según la versión de Rosa, también informó a su hijo de que su hermano Mustafá, su propia mujer y otras personas habían sido detenidas por su culpa. Y Jamal, ante esa crítica materna, respondió: «Dios sabe la verdad. Dios sabe la verdad. Los soltarán y no pasará nada». Rosa y Mustafá Ahmidan quedaron libres, pero la verdad –que no la verdad judicial– del 11-M sigue siendo una incógnita.
Sin embargo, Rosa está convencida de que aquellas palabras de su marido también dan pie a diversas interpretaciones: «Puede ser que nos quisiera decir que él estaba en un tema que no controlaba. Hoy estoy segura de que lo hicieron ellos, pero que alguien les ayudó».
Rosa recupera, poco a poco, momentos de su última conversación telefónica con Jamal Ahmidan, cuando éste estaba en el piso de Leganés rodeado de explosivos y de policías, y no tiene la sensación de que estuviera hablando con un mártir de la causa yihadista:
– Cuando hablo por teléfono con él, por segunda vez, se le veía muy mal, muy mal. Pero yo no tengo la sensación de que él quiera morir, convertirse en un muyahid, irse al cielo y llevarse por delante a 40 policías.
P.- ¿Qué más le dijo en aquellos momentos y que todavía no haya contado?
R.- También me dijo que ya no podía hacer nada, que no podía dar un paso atrás y que tenía que ir, obligatoriamente, hacia adelante. Es más, me dijo que si se entregaba lo iban a matar y que iban a explotar todos, aunque él no quisiera.
P.- ¿Quién?
R.- No lo sé. Pero mi sensación es que no quería morir, que no quería reventar el cinturón de explosivos.
P.- ¿Y qué le dijo usted?
R.- Que se entregase. Y me contestó: «Tú estas loca. Si aquí van a morir todos. Ya no puedo hacer nada».
P.- ¿Cómo interpreta que no podía hacer nada?
R.- Él se sentía presionado por los que estaban en el piso y por eso él empieza a llamarnos a todos, a su madre, a su hermano y a mí, cuando se da cuenta de que ya no tiene escapatoria posible.
Rosa, que es española y de uno de los barrios más castizos de Madrid, también sabe árabe y en muchas ocasiones hablaba en ese idioma con su marido. Ese conocimiento le sirvió para detectar, a través del teléfono de Jamal, el ambiente que se respiraba en la casa de Leganés entre los miembros del comando terrorista:
– Entre los sollozos y las lágrimas de Jamal pude oír los gritos de desesperación, de pánico y de terror que salían de aquella casa. Estaban recitando el Corán, pero de forma desesperada [Rosa recita y repite en árabe uno de aquellos cánticos dirigidos a Alá el Grande]. Aquello era una locura. No puedo asegurar que estuvieran drogados, pero tenían una subida de adrenalina increíble»[/i].
En medio de todo aquel jaleo, gritos, rezos y cánticos, Rosa se atrevió a preguntar a Jamal por los sucesos que habían ocurrido el día anterior, el 2 de abril, en las vías del tren AVE Madrid-Sevilla, a la altura de Mocejón (Toledo). Un grupo de terroristas islamistas intentó colocar una bomba con 12 kilos de Goma 2 para hacer estallar el tren de alta velocidad y así producir una catástrofe de las mismas dimensiones que la del 11-M. La respuesta del líder terrorista fue clara y directa:
– Yo ya estaba encerrado en el piso. No tengo nada que ver con ese intento de atentado en las vías del tren. No sé nada de eso.
Rosa está convencida de que, en aquel momento, Jamal Ahmidan estaba diciendo la verdad y que no tenía nada que ver con ese segundo intento de atentado. Sin embargo, Rosa sí recuerda que en los últimos días que habló y vio a su marido le transmitió la sensación de que estaba inquieto: «Jamal me dijo que tenía mucha presión encima, que le estaban presionando y que se sentía muy agobiado. Yo pensé que sería por problemas económicos, pero me aclaró que no, que no debía dinero a nadie y que eran cosas suyas. Después intentó quitar tensión al momento y no volvimos a hablar más sobre esa cuestión».
Jamal Ahmidan y su madre, Rahma, se encontraban hablando cuando de repente se escuchó una fuerte explosión en el piso de la calle de Martín Gaite de Leganés. Rahma lo vivió y sintió a través del teléfono móvil que le unía a su hijo, mientras iba en el taxi que la llevaba desde Tetuán a Tánger. En décimas de segundo, Jamal Ahmidan y sus compañeros de comando, un total de seis (Serhane ben Abdelmajid, El Tunecino; Abdennabi Founjaa, Asir Rifaat, Alekema Lamari y los hermanos Mohamed y Rachid Oulad), saltaron por los aires y se llevaron con ellos la vida del policía de los GEO Javier Torronteras, que se encontraba junto a la puerta del piso de Leganés. Rosa está convencida, y así se lo ha confirmado la Policía Científica, de que su marido no hizo estallar el cinturón que llevaba puesto porque, entre otras cosas, su cuerpo estaba bastante entero:
– Él murió por el efecto dominó. Por la explosión de los cinturones de los otros que estaban con él y que sí accionaron la dinamita. Su cuerpo estaba más entero que el de los otros y eso demuestra que él no se esperaba la explosión. Jamal estaba hablando con su madre y de repente mi suegra escuchó, a través del teléfono, el boom de la explosión. La Policía también me dijo que debajo de la cama había otro cuerpo. Eso demuestra que todos no estaban de acuerdo en inmolarse. Con el suicidio de Jamal Ahmidan desaparecieron muchos de los secretos que aún rodean a los atentados del 11-M. Y entre esos muchos secretos se encontraban estas conversaciones que el 3 de abril de 2004 mantuvieron Rosa y su suegra, Rahma, con el líder de la célula terrorista. Hoy, EL MUNDO, con la ayuda de Rosa, ha recuperado aquellos trágicos, significativos y trascendentales momentos. La Policía, que tenía intervenido el teléfono de Rosa, la testigo protegida R-22, desde el mismo día en que fue detenida (25 de marzo de 2004), nunca aportó al sumario del 11-M la transcripción completa de estas llamadas telefónicas. La Unidad Central de Información Exterior (UCIE), que depende de la Comisaría General de Información de la Policía, se limitó, en días posteriores, a hacer una pequeña reseña de aquellos sucesos y siempre en boca de Rosa.
El 5 de abril de 2004, dos días después de que Jamal Ahmidan volara por los aires en Leganés, la Policía transcribe e incorpora al sumario, que instruía y que todavía instruye el juez Juan del Olmo, un mínimo comentario de Rosa con una mujer española. El registro de esa cinta marca las 19.35 horas y el contador de la grabadora va desde el 083 hasta el 347. Es decir, unos 30 minutos de conversación, aunque tan sólo aparecen siete líneas del siguiente tenor e importancia:
– Hablan de lo ocurrido a Jamal.
– Rosa le dice que llame a H…y le diga que está muy mal, que la han tenido que llevar al hospital. Comenta que Jamal le dijo a su madre que estaba muy arrepentido, que no sabía en lo que se había metido, también le dice que quiere cambiar el número de teléfono, que no lo hace ya por si la llama el juez.
Un día más tarde, el 6 de abril, la UCIE refleja otra conversación de Rosa con «X, hombre español». En esta ocasión, son las 13.58 horas y el contador de la grabadora indica que va desde el 096 al 218 (unos 15 minutos):
– Rosa le dice que es R-22, y le cuenta lo que habló con Jamal por teléfono antes de inmolarse, con ella y la familia, y le pregunta que si ha venido la familia a llevarse los restos.
El día 7 de abril las anotaciones de la UCIE indican: «10.39 horas. Llama X (mujer) a Rosa. Rosa le comenta que la llamó un ratito antes [se refiere a Jamal Ahmidan y a la explosión de Leganés]. También a su madre, a Marruecos. Rosa comenta que lo del AVE él no sabía nada porque ya estaba encerrado».
Este periódico ha podido saber que el tal «X, hombre español» era el policía con el que Rosa contactaba desde que fue detenida el 25 de marzo de 2004. Y que la identidad de la otra «X, mujer» corresponde a alguien que estaba inmerso en la investigación judicial.
Pero lo más curioso de esas llamadas y transcripciones es que al final de algunas de ellas figura un lacónico comentario del policía que transcribe las cintas y que es del siguiente tenor: «Sin interés».
Días antes de que llegara el cuarto aniversario del 11-M, ELMUNDO acompañó a Rosa a aquellos lugares donde se produjo la tragedia. Rosa, la viuda del terrorista Jamal Ahmidan El Chino, también se considera una víctima más de aquel atentado, porque «el apellido Ahmidan está maldito y es muy difícil vivir y criar a un hijo con esa losa a tus espaldas».
Rosa, la viuda y madre, es consciente de lo que ocurrió y es raro el día que no se siente culpable por todo aquello: «A veces me siento muy mal e, incluso, en algunos momentos me siento culpable. Soy consciente de que se estuvo tramando una terrible historia delante de mis narices y de que no me enteré de nada, de que vivía en otro mundo, que estaba ciega».
Rosa, poco a poco, baja las escaleras de la estación de Atocha Cercanías, se mezcla con la gente que va y viene y se encamina hacia el monumento que recuerda a las víctimas del 11-M. La puerta de entrada es pesada, por la presión que hace el aire que mantiene la membrana interior de la cúpula, pero llega hasta la sala central donde se respira silencio, tranquilidad y paz. La luz llega desde el exterior, ilumina las paredes vestidas de azul y permite ir leyendo algunas de las cientos de inscripciones o recordatorios que los ciudadanos han dedicado a las víctimas. Rosa, justo debajo de la cúpula, lee y relee algunas de ellas: «Hace falta mucha fantasía para soportar la realidad. Mis lágrimas no se ven porque llora mi corazón. Me gustaría que no hubiera ocurrido nunca; ahora lo que espero es que no se olvide. Sí a la esperanza de un mundo mejor».
Rosa necesita aire y subimos a la superficie, junto al parking de la estación. Desde allí se ven las vías del tren que hace cuatro años estaban llenas de cadáveres. La viuda de El Chino, que es auxiliar de clínica, estuvo allí aquel 11-M de 2004 como voluntaria ayudando a los heridos. Ella no sabía, ni imaginaba, que su marido era uno de los autores de aquella masacre.
Aún permanecen las incógnitas sobre los atentados del 11-M y las relaciones y amistades que tuvo Jamal Ahmidan en fechas anteriores a la masacre. Uno de esos personajes que aparecen junto a El Chino antes del 11-M se llama Mario Gascón. Gascón, ex director de discotecas y colaborador de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil, reveló a EL MUNDO que era amigo de Jamal Ahmidan y que se reunió con él sobre el 17 de marzo de 2004 para ultimar un negocio.
P.- ¿Usted llegó a conocer a Mario Gascón como uno de los amigos de Jamal Ahmidan?
R.- No. No sé quién es Mario Gascón.
P.- Era un colaborador de la Guardia Civil que quería montar un puticlub con su marido en Málaga.
R.- Me extraña mucho que Jamal quisiera montar un puticlub. Jamal se dedicaba a otro tipo de negocios, como era la compra y venta de vehículos y otras cosas.
P.- Esas otras cosas era el tráfico de hachís.
R.- Pues sí. Por eso estuvo en la cárcel.
P.- Mario Gascón también indicó a este periódico que Jamal Ahmidan estaba pendiente de cobrar una importante cantidad de dinero por un encargo que le habían hecho unos amigos del País Vasco. ¿Usted cree que los atentados del 11-M pudieron ser un encargo?
R.- Si Jamal participó en los atentados no fue por dinero. Pudo ser por cuestiones religiosas o ideales políticos, pero nunca lo haría por dinero. Él no tenía problemas de dinero, se buscaba la vida muy bien con sus trapicheos.
P.- Mario Gascón comentó a EL MUNDO que Jamal Ahmidan tenía amigos en la Policía.
R.- No lo sé, pero si Jamal tenía relaciones con algún policía sería porque era corrupto y estarían haciendo algún negocio. Vamos, nada bueno. Lo que le puedo asegurar es que Jamal odiaba a la Policía y que tuvo varios enfrentamientos serios con ellos porque le habían hecho mil perradas, y a veces le metieron o se tuvo que comer cosas que no eran suyas. También le puedo asegurar que de chivato no tenía nada.
P.- Su marido pudo contarle a algún amigo o socio en temas de hachís que iba a participar o había participado en el 11-M.
R.- No. Jamal era muy reservado, y hay que tener en cuenta que la única vez que admite que estaba en el 11-M es cuando habla con su madre y conmigo. Cuando está a punto de volar por los aires en el piso de Leganés. Jamal era muy reservado y no hablaba de sus cosas con nadie. Es evidente que cuando se encontraba en Leganés estaba impresionado y que no se podía creer dónde se había metido. Es más, estoy convencida de que él no tenía intención de inmolarse.
Sin embargo, entre octubre y noviembre de 2003 Jamal Ahmidan realiza dos acciones que años después resultan altamente sospechosas para Rosa, y a las que la viuda de El Chino todavía no ha encontrado una respuesta concreta.
P.- ¿Qué ocurrió por aquellas fechas?
R.- Sería por el mes de noviembre de 2003. Después de que Jamal alquilara la finca de Morata de Tajuña [la sentencia judicial recoge que allí se prepararon las mochilas bombas que después colocaron en los trenes de la muerte]. Jamal tenía que recoger a su hijo e íbamos a pasar el día en la finca. Pero no llamó en todo el día y por la noche, cuando hablamos, le eché la bronca por el plantón que nos había dado. Él estaba muy cabreado y me soltó que se había pasado todo el día metido en una puta jaula.
P.- ¿Qué era o significaba la jaula?
R.- Yo le dije: «Sí, ahora me vas a decir que estabas detenido». Y después le pregunté: «¿A qué jaula te refieres?».
P.- ¿Y qué contestó?
R.- Tan sólo se limitó a decir que no me podía explicar nada y que tenía mucha presión. Insistí y me cortó diciéndome que él sabía lo que se decía.
P.- ¿Llegó a saber qué era o significaba la jaula?
R.- No. Sigo sin saber qué podía ser la jaula o qué podía estar haciendo allí. Sólo sé que era en la finca de Morata. Ese hecho se lo conté a la Policía cuando me detuvieron, el 25 de marzo de 2004, pero no le dieron la mayor importancia y nunca me volvieron a preguntar sobre ello.
Tras ese incidente, y ya avanzado el mes de noviembre, hubo un segundo que aún era más sospechoso que el primero. Jamal Ahmidan y el asturiano Emilio Suárez Trashorras ya se habían visto en una hamburguesería McDonald’s de Madrid y habían llegado a un acuerdo sobre los explosivos.
P.- ¿Qué ocurrió por aquella época que le llamara la atención?
R.- De repente, una noche, sobre las 12, sale Jamal de la habitación vestido con una chaquetilla azul y con un pantalón del mismo color. Era como el traje de faena que llevan los porteros de las fincas. Vamos, un equipo de trabajo.
P.- ¿A dónde iba?
R.- Le pregunté que adónde iba a esas horas y vestido de esas guisas. Y me contestó que iba a la finca a trabajar con los chicos. Después supe que los chicos eran los que habían cogido el piso en Leganés y a los que en una ocasión les llevó un televisor, parte de una vajilla y cosas de cocina.
P.- ¿Llevaba algo más, algo para trabajar?
R.- Sí, llevaba una especie de pasamontañas en la cabeza. Era de lana y debajo del brazo llevaba como dos o tres monos o trajes de faena más que estaban metidos en bolsas de plástico transparentes. Se veía que eran nuevos.
P.- ¿Para qué podía ser todo aquello?
R.- Cuatro años después sigo sin saberlo, pero Jamal no hacía las cosas porque sí. También se lo conté a la Policía, pero no he sabido nada más.
Se ha cumplido el cuarto aniversario del 11-M y Rosa y su hijo intentan borrar de su memoria los hechos, pero el apellido Ahmidan está ahí.
P.- En la actualidad usted tiene el grado o calificación de testigo protegido.
R.- Sí. Soy testigo protegido, pero nunca me he sentido como tal. Nunca he tenido protección, ni ayuda de ningún tipo. Es más, en el sumario aparezco en un organigrama con mi nombre y mi foto. Eso fue un error de la instrucción del 11-M.
P.- En ese organigrama aparece que usted llamó en varias ocasiones a Serhane ben Abdelmajid, El Tunecino.
R.- Eso es incierto. La Policía me reconoció que pusieron esas llamadas porque suponían que las había realizado yo. Como se produjeron desde el teléfono fijo de mi casa dieron por supuesto que quien llamaba era yo. También aparecía en ese mismo gráfico que había hablado con los hermanos Oulad [Mohamed y Rachid Oulad se suicidaron en la casa de Leganés], y es mentira.
P.- ¿Ha conocido o ha tenido alguna relación con El Tunecino?
R.- No, ninguna. Sé que existía y que tenía relación con Jamal, pero nada más. El Tunecino era quien le calentaba la cabeza a Jamal y le decía que yo tenía que llevar pañuelo, que tenía que dejar de fumar y que mi hijo tenía que ir a la mezquita.
P.- ¿Ha recibido amenazas o alguien le ha increpado por ser la viuda de El Chino?
R.- He tenido pintadas en la fachada de mi casa y todos los musulmanes saben quién soy. Desde el 11-M tengo algo de paranoia y me asusto con facilidad. Nunca me siento de espaldas a una puerta y tanto mi hijo como yo hemos tenido tratamiento psicológico. Me considero una víctima más de los atentados. En realidad, no fueron 191, somos 193. Ese peso, esa presión, esa losa, esa situación la tendremos que llevar toda nuestra vida aunque no hayamos hecho nada. Por eso intento comprender a todos ellos, a las víctimas, a sus familias, a los heridos, a todos. Y también me gustaría que tuvieran un poco de compresión para mi hijo y para mí.
